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Mercaderes
Existen congregaciones que parecen más empresas
que ministerios. Se identifican como ministerios de fe, sin darse cuenta de que
realmente predican más vanidad que fe. Vanidad es sinónimo de pompa, de
ostentación, de jactancia y de vanagloria. Sus pastores se jactan de ser
prósperos, y motivan a sus congregaciones a crear riquezas. No hay nada malo en
ser rico, sino todo lo contrario; pero usar la Palabra de Dios para enseñar
esto es una doctrina equivocada. Para eso están las universidades y colegios
que enseñan economía y finanzas. La Iglesia del Señor fue establecida para
predicar el evangelio; esa es la labor principal de sus pastores. La fe no es
para hacernos ricos, sino para, por
medio de ella, alcanzar la salvación.
La Palabra de
Dios dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.
(Ef. 2:8) Las Sagradas Escrituras denuncian el peligro del corazón vanidoso que
confía en las riquezas. Cuando confiamos en Dios no necesitamos riquezas pues
Él nos suplirá todas nuestras necesidades. El apóstol Pablo dice: “Mi Dios,
pues, suplirá todo lo que os falta, conforme a sus riquezas en gloria, en
Cristo Jesús”. El poseedor de riquezas puede ensoberbecerse por ello hasta el
punto que el Señor Jesús señala la dificultad de la salvación de algunos ricos.
Por eso Pablo dice: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni
pongan la esperanza en las riquezas que son inciertas, sino en el Dios vivo.
Que hagan bien; que sean ricos en buenas obras, dadivosos y generosos.”
Y pone como
ejemplo al Señor Jesús, al decir: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor
Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que con su
pobreza fueseis enriquecidos”. La iglesia vendida al mundo y envanecida por
sus pretendidos logros, poder y riquezas es denunciada por Cristo como
absolutamente miserable, andando en total desventura, pobreza, ceguera y
desnudez” (Ap. 3:17) Hagamos eco mas bien a las palabras del Proverbista: “Vanidad
y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas. Mantenme del
pan necesario”. (Pr. 30:8)
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