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CUENTOS
El Rinconcito de los Cuentos es un espacio para todos los cuentistas alrededor del mundo.
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En esta edición de
Cuentistas "Amerispanos"
Junio del 2001
UNO, DOS, TRES, CUATRO
Paco Piquer Vento (1945)
SU NOMBRE, JULIA
René Rodríguez Soriano (1950)
LA CAMA DE BRONCE
Diana Poblet (1954)
AYAHUASCA
Adela Pasarín Llácer (1954)
SILVIE Y SU RECIÉN CREADA PIEL DE CADA MAÑANA
Fernando Valerio Holguín (1956)
PANES…, y AZARES.
Otto Oscar Milanese (1959)
FALSA CRÓNICA DE UNA LIBRETA
Salvador García Lima (1959)
LOS SILENCIOS DE LEO
Santiago Parres
NULIDAD
Iván de Paula
ESE INFIERNO TAN DULCE
Luis García
Selección de
José López Campusano
para
www.elsalvajerefinado.com
Los textos son propiedad intelectual de sus autores.
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UNO, DOS, TRES, CUATRO
Resultaba un juego fácil con que entretener las largas horas en que, por sus continuos viajes, se veía obligado a permanecer en las salas de espera de los aeropuertos. Se trataba de sentarse cerca de cualquiera persona elegida al azar y que, como él, aguardaban la salida del avión. Tan cerca como permitiese observar todos los detalles de la vestimenta, los accesorios, el equipaje de mano que pudiesen llevar consigo y con estos ingredientes confeccionar un imaginario retrato robot de dicha persona. Como últimamente casi todo el mundo utilizaba teléfonos móviles, el hecho de poder escuchar la mitad de alguna conversación, obviamente sólo se oía hablar al interlocutor observado, proporcionaba elementos adicionales con los que, y con un mucho de imaginación, inventaba personajes, profesiones de los mismos e, incluso, situaciones anímicas, con toda probabilidad, sustancialmente alejadas de la realidad.
Aquella mañana UNO se había fijado en un hombre de mediana edad, unos cincuenta o cincuenta y cinco años, calculaba, algo calvo y con abundantes canas que había ocupado un asiento en el banco opuesto, casi enfrente suyo. El hombre vestía un traje color marrón y una camisa crema con corbata. Sus zapatos eran asimismo marrones y aunque en conjunto su vestimenta parecía de calidad, el estado en que se hallaban las prendas denotaba un cierto descuido, como la persona que hubiese realizado un viaje de ida y vuelta en la misma jornada y no se hubiese podido cambiar en muchas horas: arrugas en los pantalones, la corbata no estaba bien anudada y en el borde del cuello de la camisa se adivinaban rastros de suciedad.
Se le notaba un tanto inquieto. Agitado. Leía absorto unos papeles que sacaba de un gran sobre blanco, cuyo membrete no alcanzaba a distinguir desde aquella distancia que introdujo, una vez leídos, en una vieja cartera de piel, que mantenía abierta a su lado. En un momento determinado se echó hacia atrás, recostando su espalda en el banco, cerró los ojos y suspiró largamente. Parecía meditar sobre el contenido de aquellos papeles, como si lo escrito en los mismos le hubiese impresionado extraordinariamente.
En un momento dado abrió los ojos, como si despertase de un mal sueño y se le quedó mirando fijamente. UNO se sintió incómodo, como si le hubiese descubierto en su secreta observación y apartó la vista, enfrascándose en la revista que tenía en sus manos. Le siguió observando a hurtadillas, mientras cambiaba de posición fingiendo buscar mejor iluminación para la lectura. Se disponía a continuar con el juego cuando anunciaron por la megafonía el embarque del vuelo. Se levantó sobresaltado y recogiendo su maletín se dirigió hacia la zona de salidas.
El teléfono portátil del hombre sonó en el momento en que UNO pasaba frente a el.
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Hacía ya un buen rato que DOS se sentía observado por el desconocido que se sentaba frente a él. Comenzaba a incomodarle la actitud de aquel individuo, al que no recordaba haber visto jamás. La información que acababa de leer le había sumido en una gran agitación. Se daba cuenta de que, no por menos esperada, había quedado muy impresionado por la confirmación de sus sospechas. ¿De qué manera su futuro inmediato se vería alterado por el significado de los documentos que contenía aquel sobre y que guardaba celosamente en la cartera?
De pronto UNO se levantó y pasó junto a él.
El teléfono móvil de DOS sonó en ese momento y éste contestó a la llamada.
-¿Diga? ¡ Ah ! Eres tú, TRES.
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-No. No estoy en la ciudad. Pero regreso hoy mismo. Esta noche.
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-Creo que lo mejor será que nos veamos mañana en la oficina. Yo también tengo que comunicarte algo importante. Hasta mañana. Buenas noches.
Se guardó distraidamente el teléfono en el bolsillo y tomando la cartera se dirigió cansinamente hacia la puerta de embarque de su vuelo, que hacía unos momentos habían anunciado.
Mientras entregaba su tarjeta, advirtió que el hombre que le observaba en la sala de espera se hallaba entre los pasajeros que compartirían su destino.
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TRES colgó el teléfono y se reclinó en la butaca del despacho. Repasó mentalmente la breve conversación que había mantenido con DOS, tratando de imaginarse cual sería el asunto de importancia que aquel le había anunciado tratarían al día siguiente. Las cosas en la empresa no funcionaban ni medianamente bien en los últimos tiempos y pensó que tendría algo que ver con el bache que atravesaban. No acababa de comprender bien aquel repentino viaje de su socio. Normalmente planeaban juntos los desplazamientos de cada uno para cubrir adecuadamente los asuntos de la oficina, pero, en aquella oportunidad, DOS había viajado a la capital sin advertirle y sin darle la más mínima explicación de los motivos del viaje.
En aquel momento llamaron a la puerta del despacho y su secretaria le anunció la visita de CUATRO, la esposa de DOS.
TRES rodeó la mesa y acudió a recibirla, en presencia aún de la empleada, que mantenía la puerta abierta. La saludó cortésmente tendiéndole la mano, que CUATRO estrechó. En cuanto quedaron solos, la mujer le abrazó y le besó apasionadamente.
-Por favor, CUATRO -dijo mientras la apartaba suavemente-. Debemos ser prudentes. Mi secretaria puede entrar en cualquier momento.
La mujer se sentó nerviosamente en una de las butacas, mientras encendía un cigarrillo.
-Perdóname -dijo-. Necesitaba verte. DOS ha desaparecido. Anoche no durmió en casa.
-Tranquilízate mujer -respondió TRES-. Acabo de hablar con él y regresa esta noche. También yo he estado preocupado, pero, al parecer, ha debido efectuar una gestión importante en la capital. No me ha adelantado nada. Sólo que mañana nos encontraremos en el despacho para hablar del tema que, al parecer, es importante.
DOS y TRES compartían aquella empresa. DOS, bastante mayor que éste, la había fundado unos años antes invirtiendo en ella todos sus conocimientos, su entusiasmo y casi todo el patrimonio de su mujer. TRES aportó su recién estrenado título y su ambición. Gracias al esfuerzo de DOS, el negocio floreció rapidamente aprovechándose de la favorable coyuntura y de las múltiples relaciones de TRES, que abrieron puertas infranqueables para su socio, que se dejó llevar hasta límites que rozaban la ilegalidad. El enriquecimiento fue cuestión de pocos años. La caída que se barruntaba podía ser cuestión de meses, incluso de días. Por aquellas fechas, además de las numerosas deudas, compartían también a CUATRO.
CUATRO ignoraba por completo la situación económica por la que atravesaban y ni a DOS ni TRES les interesaba que ella conociese la misma. Al primero porque su ignorancia permitía seguir disponiendo eventualmente del ya considerablemente menguado capital de su mujer, para financiar determinadas operaciones y TRES necesitaba, aunque hastiado ya, continuar su relación con aquella hermosa mujer, aburrida y desencantada de su matrimonio, que le había permitido convertirse en socio de la empresa sin aportar ni un céntimo, gracias a la influencia de CUATRO sobre su marido.
-Estoy más tranquila -dijo CUATRO levantándose de la butaca y disponiéndose a salir-. Pero es que últimamente noto a DOS muy extraño y a veces pienso que sospecha algo de lo nuestro -le besó suavemente en los labios-. ¿Nos veremos mañana?
-Por supuesto -respondió TRES tomándola del brazo y acompañándola hasta la puerta-
Donde siempre.
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UNO había recibido un completo dossier con la información exacta sobre el trabajo que debía efectuar. Así pues, conocía perfectamente que las personas que debía eliminar se encontraban en aquel hotel, donde se veían regularmente todos los jueves por la tarde. Conocía, así mismo, el número de la habitación. El trabajo que habían realizado sus intermediarios era perfecto. Así daba gusto. Trabajos limpios y sin complicaciones. Sin sobresaltos inútiles.
Con un maletín en la mano, cruzó decididamente el "hall" y se dirigió hacia los ascensores, consciente de que no llamaría la atención, confundido entre las numerosas personas que, a aquellas horas, poblaban el establecimiento. Solo en el ascensor y mientras subía, extrajo de su portafolios aquella sofisticada pistola desmontable y ligera que había adquirido unos años antes y que nunca le había fallado. Ajustó a la misma el silenciador y la ocultó en el bolsillo de su abrigo. Saliendo del ascensor, comprobó que no había nadie en el pasillo. Frente a la habitación y ya con el arma en la mano, llamó suavemente.
-Servicio de habitaciones -anunció.
-Un momento, por favor -respondió al cabo de unos segundos la voz de un hombre.
TRES abrió la puerta, envuelto en un albornoz blanco. El ruido del disparo, amortiguado por el potente silenciador, fue apenas audible. Un pequeño orificio apareció en su frente y cayó de espaldas sobre la gruesa moqueta. UNO comprobó que estaba muerto y escuchó atentamente.
CUATRO apareció de pronto en la puerta del cuarto de baño, con una toalla alrededor de su cuerpo.
-¿Quién era ....? -La respuesta quedó incompleta.
El disparo la alcanzó en el corazón. Cayó al suelo con una ligera convulsión. La remató con un segundo disparo en la sien.
UNO comprobó que no había dejado huellas, desmontó el silenciador y guardó la pistola en el maletín. Al salir de la habitación colocó en la puerta el cartel de "no molestar". - siempre venía bien ganar algo de tiempo retrasando en lo posible el descubrimiento de los cuerpos - y tomando de nuevo el ascensor descendió directamente al garaje del hotel en donde horas antes había aparcado un vehículo de alquiler. Así le gustaban los trabajos: limpios y sin complicaciones. Los que confiaban en él sabían que era el mejor. Ahora solo le quedaba cobrar su trabajo y regresar a casa. Aquella misma noche.
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DOS contemplaba la ciudad a través del amplio ventanal de su despacho. Con actitud sombría repasaba mentalmente los últimos acontecimientos. La tumultuosa entrevista que se había producido horas antes en aquella misma habitación. No dejó apenas opción a que TRES intentase explicarle las últimas operaciones que habían abocado a la empresa hacia una quiebra irremediable. Las múltiples irregularidades, los sobornos, los falsos documentos contables, puestos ahora al descubierto por alguno de sus más importantes clientes, no tenían justificación posible. Y CUATRO, su mujer. ¿Como habían podido traicionarle así? Era el fin. De su empresa y de su amistad. Que asco de vida. En unas horas todas sus ilusiones se habían venido abajo. Meditabundo, se sentó en su mesa y volvió a leer aquellos informes que había recibido en su viaje a la capital.
Su secretaria le anunció la visita que estaba esperando.
UNO entró en el despacho y al reconocer a DOS como el hombre al que había estado observando, víctima de su pasatiempo, en el aeropuerto, se estremeció vagamente. También DOS hizo un amago de reaccionar ante aquella coincidencia. Ninguno de los dos hizo mención al hecho de su fortuito encuentro.
-Bien -dijo DOS-. Si como me han confirmado, el trabajo ha sido realizado como se acordó con su intermediario, no me resta más que pagarle -y depositó sobre la mesa un grueso sobre-. Le ruego que lo cuente.
En silencio UNO contó los billetes y al finalizar se dirigió por primera vez a DOS.
-Es más de lo acordado -dijo.
-La cantidad que sobra servirá para pagar el resto del encargo -contestó DOS-. Esta última parte es una petición mía directa -continuó-. Acaban de diagnosticarme una enfermedad incurable y me han confirmado unos pocos meses de vida. Días sólo antes de que aparezcan los dolores. Sinceramente prefiero una bala a la morfina. -Le miró fijamente a los ojos-. Usted es un profesional. Sé que me ayudará -Y le tendió la mano.
UNO dudó unos instantes, mantuvo la mirada y finalmente estrechó la mano que se le tendía.
-Gracias -dijo DOS.
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Resultaba un juego fácil con que entretener las largas horas en que ,por su profesión, se veía obligado a permanecer en las salas de espera de los aeropuertos. Se trataba de sentarse cerca de cualquier persona elegida al azar y que, como él, aguardaban la salida del avión. Tan cerca como permitiesen el observar todos los detalles de la vestimenta, los accesorios, el equipaje de mano que pudiesen llevar consigo y con estos ingredientes confeccionar un imaginario retrato robot de dicha persona. Como últimamente casi todo el mundo utilizaba teléfonos móviles, el hecho de poder escuchar la mitad de algunas conversaciones, obviamente sólo se oía hablar al interlocutor observado, proporcionaba elementos adicionales con los que, y con un mucho de imaginación, inventaba personajes, profesiones de los mismos e, incluso, situaciones anímicas, con toda probabilidad, sustancialmente alejadas de la realidad. Sí. Absolutamente alejadas de la realidad.
Paco Piquer
Su nombre, Julia
Te quedas fijamente mirando a esa niña que tiene sus mismos ojos, la misma boca, y acaba de decirte que la esperes, que ella te recibirá en unos minutos, que tiene varios días indispuesta y ahí, en ese instanu foto en la pared, es cuando compruebas el parecido entre las dos y piensas que tal vez esa pueda ser la que no la ves desde aquella tarde en que venías por la avenida Charles de Gaulle y, debajo de un almendro, encuentras a esta muchacha delgada, alta, ojos de un negro casi tirando a café, boca pronunciada con una sonrisa entre mordaz y trist
Detienes el auto y te ofreces a llevarla. Ella se monta, te sonríe y te dice que su nombre es Julia y tú la miras, piensas que has visto ese rostro otras veces, algo muy hondo te remueve esa mujer y su perfume. Desandas de un tirón lejanos momentos de tu vida, tratando de encontrarla y encontrarte junto a ella en algún lugar de tu pasado. Su voz te suena familiar y ese mohín que te arroba, los dos hoyuelos en los pómulos canela de esa Julia que acaba de llenarte el auto y los sentidos con su mágica presencia, cautivándote. Reduces un poco la velocidad, das paso a ese grupo de niños que salen del colegio. Arrancas de nuevo, miras a esa mujer que ha invadido de forma brutal y tan tranquila, como si nada pasara, el auto y todo tu ser y es entonces cuando se te ocurre la idea de prolongar el momento, de estar más tiempo junto a ella y acudes a ensayar tu mejor sonrisa. La tosecita afirma y busca dar seguridad a la suave y delicada proposición de invitarla a dar una vuelta, a conversar un rato y ella que accede y te sonríe y sus ojos cortan la tarde y el mohín y el aroma y tú, torpe, atolondrado que no sabes hacia dónde dirigir la marcha, detenido ante el semáforo y la luz verde y el camionero maldiciendo atrás y tú, comprándole flores a la niña de los bucles doradísimos y descuidada y Julia, agradecida, que te desarma con su sonrisa austral, sin transparencias.
Ahora ruedan lentamente por el malecón de Villa Duarte, el mar luce la misma calma que los ojos de Julia, y Julia, parca, como ida, orlada de un angélico misterio y tú, que te aguzas, pones el tema del calor, la maravilla del encuentro, la necesidad de seguir conversando y las cervezas y ella que, bueno, ni niega ni afirma, que se transmuta, se ilumina, sonríe y, otra vez, sientes el raro pálpito, la sensación de haber visto otra vez, muchas veces la misma sonrisa. Quieres poseerla, hacerla tuya, ahí mismo y para siempre. Pero ella propone -quilla el sonido con su voz de contralto, dulcísima, afinada- visitar las ruinas del Hospital San Nicolás de Bari y tú, conocedor, arrobado, la complaces y, mientras cruzan el puentecito de Villa Duarte, le haces creer que miras las chimeneas de El Timbeque para, sin mucho disimulo, meterte entre sus ojos, escrutar el horizonte desde allí y soñar, volar por entre el brillo que se expande. Te vas y el tráfico que te pita y repita, por haber doblado hacia la izquierda en la Vicente Noble, pero ya es tarde. Logras burlarlo y ya están en la Ciudad Colonial y luego a la derecha, Hostos y el muchacho que se ofrece a cuidarte el carro y las palomas, las palomas que se quedan mansas y tiernas a su paso, se le posan sobre el hombro y ella, busca miguitas en el bolso y llegan más y más palomas, tantas que casi te pierdes en un árbol de plumas que se mueve junto a ti. Te arriesgas un poco más.
Entras a ese terreno peligroso. Preguntas. Insinúas. Atacas. Retrocedes y contraatacas: que te hable de Julia, de dónde viene, qué hace y, ya no aguantas más, la has visto antes, estás seguro, se conocían, que la memoria te está jugando una trastada, que si fue en la universidad, en el bachillerato, en algún campamento, dónde trabaja, si estudia y ella te mira, sonríe otra vez y salen, en tropel de sus ojos, como bandadas de palomas, unos rayos de luz que cobran sonido, diciéndote que desde niña acostumbraba, con su abuelita, llevarle de comer a las palomas, se pasaba horas y más horas jugando con ellas y oyendo a la abuela contarle historias, leerle libros y soñar, juntas. Sientes que de nuevo te has ido, como que flotas y de repente, baja la luz, cobran un tono gris sus ojos y hay menos decibelios en su voz; te cuenta que había pasado mucho tiempo sin volver a ese lugar y, al través de sus lágrimas, intentas viajar a ese pequeño mundo que te pinta; te agradece en el alma el momento, esa cerveza intacta que parece, por momentos, como si flotara en el aire poblado de palomas, y todos tus halagos y atenciones; te hace saber que jamás había sido tan feliz como esa tarde. Se seca las lágrimas, mohín, sonrisa y la luz que vuelve de repente, se refleja en las plumas de las palomas el brillo de esos ojos tan negros y perfectos y ella, te dice que es tarde, que es hora de regresar que has sido muy gentil, que qué bueno haberte encontrado, no sabes la dicha que le has dado y tú, de una sola pieza, embrujado, bobo, tratando de decir algo que no logras coordinar, triste y feliz, ofreciéndote a acompañarla y ella, cortés, que lo rechaza y tú, que no es molestia, es un placer y al fin acepta, sólo hasta la esquina. Aquí es donde me quedo -te dice- y la ves partir, decirte adiós y tú, que apenas aciertas a articular la ansiada pregunta que no sabes si ella oyó o no quiso responder. Al fin y al cabo que piensas volver mañana al mismo sitio, a la misma hora y pasas y vuelves y pasas y ya has vuelto tres veces y has dado infinidad de vueltas por el sector y la esquina donde la dejaste aquel martes 13 de agosto, pero no te atreves a preguntar por Julia. No quieres romper el encanto.
Quieres, sueñas, ansías encontrarla como aquella primera vez, de repente, que parezca casual y ya has pensado mil cosas que decirle, que contarle y has vuelto tantas veces por las ruinas; pero las palomas sólo te miran y se van, no acuden a ti como lo hacían con ella. Se quedan indiferentes. Nada, tomas la decisión de encontrarla, de llegar hasta donde ella está y le has regalado cinco pesos al niño que, primero se quedó mirándote de arriba a abajo y luego, sin decir nada, sin preguntar, te trajo hasta aquí a esta casita humilde y bien arregladita -como de muñecas, piensas- pintadita de azul y rosado, techo a dos aguas, jardincito a la entrada y esta hermosa niña, angelical y dulce que te abre la puerta, te recibe con muy buenas maneras y la sonrisa que ya conoces y te invita a pasar y tú, un poco confundido, extraño y corto, le encuentras un extraordinario parecido con ella y le dices a quien buscas y te dice que sí que vive allí, que te sientes y esperes y entra un momentito por un pasillo de la casa y, miras todo, hurgas por las paredes, los muebles el piso; contabilizas los minutos, silencios, sonidos, todo. Hasta que aparece de nuevo la niña, con la misma sonrisa que conoces y te dice que ella te va a recibir, que la esperes y no puedes aguantarte más y le preguntas su nombre y parentesco y, juguetona, se te acerca y te dice que Luisa, que estudia ballet y piano, que le gustaría cantar como Yuri; pero que ahora está muy triste y apenada por las dolencias y recaída de su abuelita Julia, esa de la foto en la pared, la que en la última semana, precisamente desde el martes pasado, ha dado muestras de mejoría y se pasa las horas cantando, leyéndole historias y hablándole de unas palomas, de unas ruinas y tú, ya estás traspasando la puerta de la calle, oyendo la voz de la niña que se funde con aquella voz que te ayudó a soñar y a construir la tarde más hermosa de tus días y miras el reloj y te das cuenta que a esta hora, precisamente, las tres de la tarde de este martes, debes volver por la avenida Charles de Gaulle a ver si te encuentras de nuevo con Julia, debajo del almendro.
René Rodríguez Soriano
Renerodriguez@yahoo.com
DIANA POBLET
La cama de bronce
Que el viejo Gaspar era de pocas palabras, lo sabía todo el pueblo.
Montañés, obcecado, con la boina negra pegada a su cabeza y bombachas de campo infladas como globos ante el implacable azote del viento patagónico; para caminar, deshilachadas alpargatas negras.
Si el invierno traía el regalo blanco de la nieve, usaba los borseguíes con los que había andado durante el servicio militar cuando tenía veinte, pero de aquello hacía exactamente setenta años.
Recuerdos tenía, claro, algunos hablados vino de por medio con los parroquianos del boliche y otros que se callaban por insalubres, como solía decir cuando alguna pregunta lo entristecía demasiado.
Su placer, era sentarse en la plaza cuando los niños salían de la escuela y, un poco por leyenda y otro poco por hosquedad, eran contados los que se detenían a conversarle.
Habituados a que en sus casas se hablara del viejo Gaspar como un loco, antisocial, solitario y de costumbres extravagantes, el temor se imponía a la curiosidad y, finalmente, la mayoría desconocía el timbre grave de su voz. Los más osados siempre obtenían un chocolate como recompensa; los bolsillos de la inmensa bombacha del viejo parecían un inagotable depósito de dulces. Todo a cambio de alguna información diaria. Intercambiaban frases sueltas: cómo les había ido, qué notas habían sacado, si la maestra era buena, si habían pasado a la bandera.
Cosas de niños que sólo importan a los viejos con demasiado tiempo encima.
El Pecas era su preferido, tal vez por su aspecto sonriente o por sus mofletes salpicados de pecas marrones, que le daban un aire desvergonzado y simpático. Si el Pecas faltaba a clases, guardaba igualmente su chocolate para duplicar la ración del próximo encuentro; el Pecas era el único que le llamaba Abuelo, y a los noventa, cuando los afectos escasean tanto, la sola mención de esa palabra era lo más parecido a una caricia.
El Pecas, con su personalidad de preguntón, era el que más sabía de la vida del viejo, aún más que los parroquianos del boliche. A veces el viejo no respondía y el niño insistía hasta que obtenía algo parecido a una respuesta.
Así, el Pecas aprendió del viejo a desconfiar de los Bancos, de los abogados y de los políticos, en riguroso orden de peligrosidad.
Aprendió a amar a los animales, a la tierra, a respetar a los indios, y hasta pudo evaluar en silencio que el viejo tenía razón cuando decía que los malos y repentinos cambios climáticos se debían a la mala utilización de los recursos naturales... "Estos hijos de perra de la represa nos están envenenando el agua del lago, nos están matando los peces, nos cambiaron el clima y quemaron la vegetación. Por dinero, todo por dinero, algún día se lo van a tener que comer; si tanto les gustan los billetes, tragarán billetes, mierda...".
El Pecas lo escuchaba en silencio y pensaba que el viejo no estaba tan chiflado, ni siquiera un poco.
Un día de agosto el viejo Gaspar no fue a la plaza; la mayoría no lo tuvo en cuenta, algunos preguntaron y el Pecas supo sin palabras que ya no volvería.
Los árboles habían comenzado a cambiar las hojas a pesar del frío y el día prometía tempranamente la primavera, y aunque ésta fuera su estación preferida, el Pecas sintió que había perdido algo que no tendría repuesto. La idea lo sacudió como solamente nos sacuden los irremediables.
Sintió arrepentimiento por no haber sido cien veces más inquisitivo, por no haberlo abrazado bien fuerte y por no haberle confesado lo irreemplazable que era su presencia en el banco de la plaza.
Pasó por la casona que habitaba el viejo y contempló angustiado las persianas cerradas. Titubeando, se detuvo en el jardín y observó que la rosa mosqueta y la maleza habían invadido el espacio otrora verde. Un limonero leñoso tiritaba famélico recostado en la pared, y contra la reja de hierro forjado una planta de zapallo se desperezaba atrapando luz.
En un impulso irrefrenable, el Pecas abrió la reja, que chirrió agudamente, y frente a la puerta doble, en puntas de pie como para alcanzar, golpeó con fuerza el pesado llamador de bronce tres veces. En un minuto interminable la puerta de la derecha se abrió y una desconocida, de mal modo, preguntó que quería.
-¿Está el Abuelo?…
-¿Abuelo?
-El señor, el señor Gaspar…
-No..., acaba de irse…
-¿Volverá pronto?... -cuestionó vacilante y con el alma en un hilo-
-No lo creo, ya estuvo demasiado tiempo aquí... debe de estar discutiéndole a San Pedro..., o al otro.
-Él..., ¿murió?… -musitó con su última esperanza aplastada -
-Así parece m'ijo..., y esto se va todo al remate..., ese viejo delincuente no ha pagado un sólo impuesto, ni ha dejado un maldito peso para que paguemos..., crápula, por suerte quedó algo para rematarle.
- …
- ¿Es todo?
- …
La puerta chirrió sobre sus goznes y se cerró tras la mujer dejando al niño desolado.
Mala cosa la muerte, pensó, ni un aviso siquiera, simplemente un día no te levantás y listo. The end, como en las películas yanquis, y enseguida te pasan el reparto.
Todo el pueblo fue al remate; el Pecas y su madre, también. Un poco para satisfacer la curiosidad de hurgar en la vida del viejo a través de sus pertenencias y otro poco por el evento en sí; en un pueblo chico pasan muy pocas cosas como para desperdiciar un acontecimiento diferente.
En realidad, iba a ir solamente su madre, pero insistió con tanta vehemencia que la mujer optó por llevarlo, previo a recomendarle que por ninguna causa le compraría Coca Cola ni palomitas de maíz. El niño juró no pedir nada y ella no lo interrogó sobre su interés en el asunto.
Se sentaron en la segunda fila; había diez hileras de sillas y el resto de la gente permaneció de pie.
El Pecas quería saber cómo había sido la intimidad de su amigo, miró sus viejas fotos, una negra cámara fotográfica con fuelle extensible que decía "Kodak 1931" y que fuera anunciada como en buen uso, unos cuadros con marcos dorados que contenían amarillentas mujeres de lánguidos ojos, algunos libros: "Corazón", "De los Apeninos a los Andes", "María", "La Patagonia trágica" y no pudo hojear los restantes porque una señora gorda se interpuso entre él y los avejentados ejemplares ahogándolo en un vaho a jazmines.
Había sillas y una mesa estilo provenzal en madera de roble, sillones Luis XV de pana roja, espejos de cristal biselado con barrocos marcos dorados, y antiguos teléfonos de pared del siglo XX.
Tres de las camas eran cromadas, con los espaldares tubulares y sólo una era de bronce sin lustrar, el metal era casi verdoso, su respaldar culminaba con unas esferas a ambos lados. El Pecas juzgó para sí, que ésa era la cama de su amigo.
-Es la cama de un rey -pensó con ingenuidad de niño, y se imaginó al Abuelo reposando en ella, tirado con sus bombachas desinfladas de viento y sus alpargatas roídas y le dieron súbitas ganas de reír.
Su madre lo codeó para que guardara silencio y el martillero comenzó a vocear la mercadería golpeando con un martillo de madera cuando le satisfacía la propuesta.
La gente se enfervorizó mejorando las ofertas y ofreciendo cifras insólitas por las vitrinas de cristal biselado y los sillones de pana roja, no tanto por los cuadros ni por las fotos. Ante la insistencia del Pecas, su madre tuvo que ofrecer 5 pesos por dos fotos amarillentas del viejo Gaspar, no sin antes advertirle secamente al oído: "Ya verás cuando volvamos a casa".
Las camas cromadas se remataron en cincuenta pesos cada una y cuando llegó el turno de la de bronce verdoso, al martillero se le habían terminado todos los argumentos sobre las bondades del producto y a los oferentes se les había terminado la plata.
- ¿Cuánto vale esta bella cama de bronce?
-...Quince - dijo tentativamente un gordo al fondo
-¿Cómo, solamente quince por esta maravilla?
-¡Veinticinco! -gritó el Pecas, olvidando el detalle de su corta edad.
El martillero lo miró indeciso y seguidamente miró a su madre, que se había puesto colorada hasta las cejas.
-"Maldición, -refunfuñó la mujer por lo bajo- ¿estás loco?, te prometo que será la última vez que te traiga..."
-"¿Y qué?, tengo mis ahorros para las vacaciones". -respondió con orgullo el niño.
-Sí... veinticinco... -Consintió vencida la mujer.
-Veinticinco a la una, veinticinco a las dos y veinticinco a las…
-Treinta... -Gritó el gordo del fondo, con rozagante cara de ganador.
-Treinta a la una, treinta a las dos, es estupenda, señores…, y…, treinta a las…
-Cuarenta - dijo la madre del Pecas con cara de mal parto.
-Muy bien, ya era hora, por fin se despabilaron..., cuarenta a la una, cuarenta a las dos y cuarenta a las…
-Cincuenta, y última oferta -gritó el gordo ya molesto.
-Muy buena compra, señor, felicitaciones; señoras y señores, se va la maravilla, cincuenta a la una, cincuenta a las
-Sesenta -dijo el Pecas sin pensarlo y con el corazón brincando desbocado.
-¡Pero vean que niño tan inteligente!... ¿se acepta? - dijo, esperando la aprobación de la madre, que se había puesto repentinamente pálida - ¡¡¡Sí, claro que sí, los niños saben lo que hacen!!!... sesenta a la una, sesenta a las dos y sesenta a las tres, ¡¡¡vendida al pecoso en sesenta pesos! …
El Pecas estaba radiante como en primer día de clases, con los cachetes estirados de sonrisas, ya no se preocupaba por la serenata que oiría hasta su casa, ni por las amenazas, ni las posibles penitencias. La cama de su amigo era toda suya; hoy mismo dormiría sobre ella y nada importaba.
La mujer, disimuladamente, abrió su cartera y recontó el dinero, tenía setenta pesos para toda la semana y recién era lunes. Pensó lo que le diría a su marido; estaba casi colérica pero debía disimular, todo el pueblo estaba ahí, mirando, y este asunto ya no tenía arreglo.
Al terminar el remate, se acercó sin prisa a la ventanilla de pago como si fuera hacia el cadalso, sacó los setenta pesos y le devolvieron ¡cinco pesos!, pagó los sesenta de la cama y cinco por las fotos. El martillero, adivinando su incomodidad, le susurró que en un mes le acercara los diez pesos con cuarenta centavos de su comisión y ella asintió abochornada y en silencio firmando deprisa el papel extendido.
De regreso a casa el Pecas estaba feliz; la mujer rezongó que gracias a él y sus antojos de lujo, comerían fideos y arroz el resto del mes, pero al niño ningún menú, por horrible que fuera, podía borrarle la sonrisa.
La famosa cama tardó tres días en llegar al cuarto del Pecas porque su padre no consiguió la camioneta para su traslado; como no era una urgencia y sus amigos la utilizaban para trabajar, pospusieron su retiro de la casa de remates para el día miércoles.
El Pecas no podía contener su ansiedad. Ni siquiera los castigos impuestos lograron ser mayores a la expectativa por estrenar su cama.
En un segundo había sido sentenciado a: ni TV, ni computadora, ni cine, ni golosinas, ni postre, ni fútbol.
Aunque lo habían convertido casi en una ostra, pensó con optimismo que un mes de castigo no era nada, comparado al premio mayor: la cama la usaría toda la vida.
Cuando el miércoles estacionó la camioneta que traía la maravilla de bronce, se sobresaltó con los gritos de su padre.
El hombre estaba totalmente desaforado, rojo de bronca. Arriesgándose, igualmente salió a enfrentar su ira; en una de ésas, Dios le ponía en la boca alguna palabra apropiada para calmar a la fiera.
-Vos..., vení para acá, pendejo malcriado, mirá la basura que le hiciste comprar a tu pobre madre..., vamos a tener que comer mierda este mes..., y todo por tu capricho estúpido con ese viejo zaparrastroso que vaya uno a saber las basuras que te ha metido en la cabeza a mis espaldas..., y uno que se rompe el..., corréte, mirá, corréte o te aplasto con los fierros…
-Pero papá..., si igual yo no tenía cama…
-Claro, el niño no tenía cama, el señorito dormía en el piso…, caradura, ¿y adónde carajo dormías? ¿eh?..., contestáme, mierda…
-En la cama de la abuela Matilde.
-¿Y?…
-No era "mi" cama.
-Andáte adentro, mirá, andáte antes de que te abolle de verdad…
La bajaron entre tres; los dos ayudantes y la camioneta, desaparecieron de inmediato, para no ser partícipes de la mala onda que exudaba el hombre.
Comenzaron a armarla entre los dos: su padre iracundo, y su madre increíblemente enmudecida, y pudieron comprobar, con más bronca aún, que era muy pesada.
Cuando estaban calzando el respaldar de cabecera, el padre escuchó que algo sonaba adentro como un toc toc; movió una de las esferas de bronce adonde remataba el caño y ésta se descalzó con dificultad; rabioso se volvió hacia el Pecas, vociferando:
-¿No te digo yo?, ¡además de pesada es hueca la basura!..., mirá, miren cráneos, la compra que se mandaron..., hay un..., tiene un..., ¿qué es eso?..., a ver vos, "Einstein", meté esa mano ahí adentro del caño, a mí no me entra..., qué bárbaro, qué estafa…
El Pecas, con lágrimas escurriendo interminablemente por sus cachetes, metió su pequeño brazo haciendo presión sobre el caño y alcanzó con la punta de los dedos a rasguñar un tubo de cuero, tiró hacia arriba con fuerza y el cilindro se deslizó resbalando contra el metal pulido.
Se sentó en el suelo y lo destapó; el cilindro se parecía a los que se usan para guardar mapas.
En su interior, había dos fajos gruesos de dólares americanos en billetes de 100; el padre, incrédulo, contó hasta ciento cuarenta mil y en el fondo del tubo quedaba un papel amarillento escrito a mano. El Pecas, emocionado, introdujo nuevamente su mano hasta tomarlo y leyó con avidez el último mensaje:
"NUNCA JAMÁS, CONFÍES EN LOS BANCOS: GASPAR"
Diana Poblet
Derechos registrados a nombre de la autora.
Adela Pasarín i Llácer
AYAHUASCA
Sonrío mientras me llevo a los labios el cuenco humeante y maloliente. No ha sido fácil, pero al fin el sueño se está convirtiendo en realidad.
Mientras el líquido áspero se desliza por mi garganta, recuerdo los tres aviones, el trayecto a lomos de mula y el tramo final remontando el río en una balsa, que nos han conducido a este recóndito rincón del mundo.
A la luz de la hoguera la silueta de las montañas se recorta sobre la plancha negra de un cielo repujado de estrellas. El rumor de la selva sirve de fondo al ritmo hipnótico de los "Ícaros" o cantos sagrados entonados por el "chamán" que son coreados por el reducido número de Indios que acompañan el ritual.
Miro a mis compañeros, Carlos y Luis están sentados frente a mí aguardando su turno para beber del cuenco. No me hace falta hablarles para saber lo que pasa por sus mentes. Después de tantos meses de trabajo, de analizar muestras y de aislar e identificar los distintos alcaloides de la liana mágica, por fin el gran momento ha llegado; vamos a experimentar en nuestros propios cuerpos y en su medio natural los efectos físicos y psíquicos que produce la ingestión de Ayahuasca. Los ojos de mis colegas me dicen que están ansiosos y asustados como yo.
Para conseguir la colaboración del "Chamán", prometimos someternos a las estrictas normas que, según él, deben preceder a la experiencia. De hecho lo más difícil ha sido no tocar el alcohol de nuestras mochilas, porque la prohibición de comer "chancho" y la de tener relaciones sexuales no nos ha costado ningún esfuerzo. Aquí no hay demasiados cerdos que llevarse a la boca y en cuanto a las mujeres... No se puede decir que estemos rodeados de bellezas exóticas precisamente.
De momento estoy tranquilo. Parece que el brebaje no me está haciendo ningún efecto. Quizás deba tomar otro trago. Ya comprobamos en el laboratorio lo difícil que resulta encontrar una dosis que produzca los mismos efectos en individuos diferentes.
De ahí la importancia de este experimento. Cuando todo acabe, intentaré hacerme con una muestra del brebaje, he visto que mientras lo preparaba, el "maestro" además de la liana añadía otras plantas al puchero. Dudo que quiera desvelarnos sus secretos, pero un análisis químico ayudará a identificar los componentes de esta infusión.
El "Chamán" continúa con sus cantos, y yo estoy empezando a marearme. Con razón le llaman a esto "la mareación". Tendría gracia que todo acabara en una simple borrachera.
Esa voz tan monótona se me está metiendo en el alma y revolviéndome el estómago. Dios mío estoy a punto de vomitar. Me tiembla el cuerpo como una hoja al viento y el sudor se escurre por la piel como el agua de ese río por su cauce. Me siento mal, todo me da vueltas, voy a desmayarme, no puedo más. No debimos tomar nada sin analizarlo antes. Tal vez ese indio estúpido nos ha envenenado para robarnos.
Estoy asustado, ¿Quién me mandaría a meterme en este lío? Tengo que salir de aquí, tengo que escapar.
¡Ah!... He vomitado más de lo que he podido comer en toda mi vida y creo que me he ensuciado en los pantalones, pero ahora me siento mejor, la cabeza ha dejado de darme vueltas y el pulso se normaliza. Sí, definitivamente estoy mejor. He debido pasar "la soplada", después de todo la liana no deja de ser un vomitivo y un purgante.
Pero, ¿dónde se han ido todos? No pueden estar muy lejos porque oigo al chamán entonando el "Ícaro". Debo de haberme quedado dormido después de la crisis, porqué esa luz que lo envuelve todo parece la del amanecer, aunque es raro que el cielo siga estando tan oscuro y que las estrellas se perciban con tanta claridad.
¡Qué luz más rara!, no proviene de levante tras las montañas como sería lo natural, es como si emanara de los árboles de la selva, del agua del río y del propio aire que respiro. ¡Y cómo brilla! ¡Cómo realza los colores! Pero, qué digo colores, es la propia luz la que se descompone en miles de tonos al tocar cada partícula, cada átomo de vida.
¡Dios mío! Yo también estoy envuelto en la luz. Soy la luz.
Adela Pasarín i Llácer
Silvie y su recién creada piel de cada mañana
sentía una dulce hostilidad contra Silvie, que iba en el asiento contiguo. cambió el espejo retrovisor de posición para mirarse. le dije que lo devolviera a su posición anterior y me repondió con una mueca, que intuí de soslayo. se hizo la dormida por un rato para no tener que hablarme. pero como siempre, poco después me arrepentí de haber sido grosero con ella
lo único que quería era llegar al pueblo y buscar el primer hotelito barato que apareciera para
desnudarte y besarte esa boca enojada y comerte esos senos huérfanos, pequeños, y acariciarte esa piel olorosa a cajuil
en la cuesta de Miranda pasamos frente a la mesa de un vendedor y me pidió que nos paráramos. nos desmontamos y sacó la cámara. le tomó algunas fotos a los cayuiles ("cajuiles", la corregí). cogió la fruta y la olió. la vi morder el cajuil y cerrar los ojos
como cuando te toco y te mueres efímera como el
morí-viví y como el morí-viví también renaces en esos ojos
la semilla se tuesta con sal y se come, le expliqué. "uhlalá." o se pinta y se le ponen dos bolitas de peonía de manera que parece una carita de estudiante francesa. "uh la lá." pero no le gustó la broma y perdió el interés en mi explicación. subió los pies en el asiento y quedaron al descubierto esos muslos tibios, al final de los cuales se le veían los panties. me miró y sonrió. aparté los ojos para concentrarme en la carretera. pasamos algunos flamboyanes y enseguida les tomó una foto desde el carro en marcha. a veces me molestaba su actitud de turista europea pero al mismo tiempo entendía que para Silvie todo era inédito. era como si a su paso, fuera nombrando las cosas en silencio; era como si inaugurara el cielo alto, la cigua palmera, el caimito y la amapola, la garza en los arrozales, su amor y mi rabia secreta en las palabras. "de modo que yo había nacido en ese vallecito", afirmó preguntándome
como el vallecito intramontano
que intuyo al final de tus
muslos; ese vallecito donde agonizan mis sueños, donde padece mi boca una sed antigua
no, éste se llamaba Bonao, respondí. yo había nacido en otro valle más grande y más triste, al cruzar las montañas, que se llamaba La Vega. visitaríamos a mi padre, a quien no había vuelto a ver desde hacía más de diez años. "y que si estaba viejito." tendría unos ochenta y pico, le dije. en eso nos paramos a comprar una cerveza en una pulpería. mientras Silvie exploraba los alrededores, me tumbé debajo de un flamboyán y contemplé la sangre contra el cielo alto y azul. al llegar, Silvie me tomó una foto bajo protesta
quería que lloviera, que cayera un aguacero furioso de mayo para entonces amarnos hasta la madrugada o hasta que la lluvia
apagara tus "pas encore" y el
sueño me trajera una muerte
apacible y segura entre tus brazos
continuamos el camino. apenas faltaba una media hora para llegar aunque no estaba seguro de querer llegar. el viaje hubiera podido continuar toda la vida mientras tuviera a Silvie ahí a mi lado. era como si la llegada me fuera a arrebatar a Silvie, que ahora sonríe y me llama "mon mec" desde su sonrisa. una bandada de garzas levanta el vuelo desde un arrozal y Silvie me pide que me detenga para tomarle una foto
y que la lluvia inmensa acallara la breve agonía de tu boca y me
trajera una muerte triste y te trajera una muerte antigua como el vino de Bretaña
en el tramo antes de llegar al pueblo se levantan las montañas: guayguy. y el sol, timiducho, comienza a ocultarse. me negaba a aceptar que Silvie saliera de mi vida dando un portazo, que por ache o por erre un día tuvieramos que separarnos. le había planteado la situación en Barcelona, los meses que vivimos en aquel apartamentico de Villadomat. pero su respuesta esquiva de la beca en los Estados Unidos o la maestría en París y este viaje a Santo Domingo que intentaba salvar nuestras vidas
y despertar con la pericia de tu boca y un café y el primer cigarrillo del día, y despertar con tu piel recién creada de cada
mañana y las caricias inéditas en tus manos
atardecía cuando entramos al pueblo. tomamos por la avenida de los Flamboyanes. doblamos en la Restauración hasta llegar al parque Independencia, donde me orientaría un poco más. el pueblo no había cambiado en muchos años. era como si el tiempo se hubiera detenido. allí estaban las mismas casitas, todas pintadas del mismo color. allí estaban los mismos coches con sus mismos caballos llenos de mataduras y tristeza, esperando a que saliera el coche de alante para ocupar el espacio dejado por el otro
y habitar tu mirada en silencio, para así poder descender hasta el fondo de ti misma a rescatar esos
diez días de breve agonía que inventamos
II
el carro se detuvo frente a una casita amarilla. me pareció escuchar gritos de mujeres. nos desmontamos y toqué a la puerta. cuando abrieron, me encontré con el triste espectáculo de la muerte. al principio no supe qué decir y me quedé confundido, pensando en que a lo mejor se trataba de una equivocación. nos invitaron a entrar y una de las mujeres me puso al tanto de lo que había sucedido. mi padre había muerto sin más, horas antes
esos diez días que construímos para pensarnos y así desearnos más que nunca y devolvernos a nosotros mismos invulnerables al olvido y entonces así comenzar el principio de otro final
me paré frente al ataúd. me parecía increíble que este anciano esmirriado en su trajecito de casimir fuera mi padre, también me parecía increíble que mi padre estuviera muerto. Silvié se me acercó por detrás, afligida y nos fuimos a sentar en un rincón, al que acudieron algunas personas que decían conocerme de pequeño y a quienes no recordaba, se acercaron a expresarme sus más sentido pésame
aunque nos supiéramos frágiles y efímeros porque jamás hubieramos sospechado que nos estábamos acercando al abismo en que cayeron nuestras promesas
de pronto, hubo una gran confusión. algunos salieron corriendo a toda prisa dejando carteras y zapatos en la fuga. otros se lanzaron por las ventanas como si hubieran visto al mismísimo demonio. las plañideras arreciaron sus gritos y sus rezos. mi padre se había incorporado dentro del ataúd y miraba cabizbajo la manga de su saco. me acerqué y lo abracé largamente, pequeño dentro de su traje empapado de sudor. me pareció estar abrazando a un recién nacido en su cuna. le pregunté si se sentía bien y le rogué que se bajara de allí. me contestó que no, que se sentía muy cansado. "acababa de regresar de un largo viaje", me dijo "y le dolían los brazos de tanto remar". me pidió un vaso de agua fresca, que alguien trajo de la tinaja. y luego continuó diciéndome que había remado durante muchas noches para cumplir su promesa de ir a pedirle perdón a mi madre
diez días de rabia y tristeza que nunca pudimos perdonarmos y que
intentamos recuperar en cada hora, minuto, segundo de nuestras vidas
insistí en que se bajara del ataúd y me respondió con una sonrisa que lo dejara descansar un rato más. se recostó y allí se quedó y no se movió más. la gente se negó a volver al velorio
coda
se hizo muy tarde y lo mejor que podíamos hacer era descansar un poco antes del entierro a la mañana siguiente. nos hospedamos en un hotelito que me indicaron, al doblar la esquina. después de cerrar la puerta del cuarto me quedé mirando a Silvie y no pude hacer otra cosa que echarme a llorar,
llorar toda la noche hasta que un aguacero furioso de mayo y tu boca
me trajeran un sueño sereno y la
promesa de no separarnos jamás
Fernando Valerio Holguín
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Planes..., y azares.
Al hombre alto y obeso, de cabellos grises, que con pasos cansinos -de lunes a viernes, en el estacionamiento del complejo de oficinas gubernamentales - acostumbra llegar hasta el Sedán crema y abordarlo, le señalaron su último día. ¡No le concedían posibilidades de escapatoria! Cualquiera de los tres mercenarios, convertidos cautelosamente en su sombra, era capáz de recitar el inventario de costumbres, de ínfimos vicios, y discretas virtudes relativas a la víctima elegida. Le conocían la rutina de laborar horas extras hasta los días miércoles, y allí, en la propicia soledad del parqueo, el asunto simplificábase. Superfluo resultaría el gravoso repetimiento de irritantes horas en el coche: fuman y escuchan con afectada distracción una radio emisora, o indolentemente revisan las páginas de los vespertinos. En tanto, las horas se suceden idénticas, fatigosas. Observarán al hombre realizar lo consuetudinario: una veintena de pasos interrumpiendo la oscura calma del estacionamiento; un cigarrillo a medio consumirse arrojado al pavimento, justamente cuando la obesa silueta se detiene a la altura del Sedán. A partir de ese momento le han cronometrado doce segundos en posición idóneamente estática, mientras el hombre se traslada el portafolios de manos, hurga en los bolsillos del pantalón, extrae las llaves y abre la portezuela del automóvil. Doce segundos... Suficientes para finiquitar la cuestión. Pero el jefe no señala el día, no da la orden, no desea concluir. Al jefe le divierte darle largas al asunto; regalarle gratuitos momentos de vida, que el jefe conoce a través de los informes que ellos le suministran. Al fin y al cabo, el hombre está muerto, y el jefe se refocila para sus adentros. Anuda con aire satisfecho la corbata frente al espejo; sonríe a las cámaras, y con ademanes modosos enfatiza sus declaraciones preconcebidas, estudiadas, pulidas; ahogadas en espasmódicas vaharadas ebrias de poder. El día, el momento, el lugar, están a disposición del jefe. El hombre apesta a cádaver desde el instante en que el jefe ordenó que se le vigilara. ¡Es un cádaver ya! Pese a que ellos lo divisan salir de la casa, todas las mañanas a las 7: 45 A.M. Y todos los días, escuchan su bronca voz imperativa maldecir, refunfuñar a través del teléfono intervenido. El hombre está acorrralado. ¡Apaciblemente acorralado! No les pagan para hacerlo sentirse acosado. No sospecha ni pizca, y ellos disfrutan espaciadamente los simulacros de tropezarse con él, a la puerta del nigth club que frecuenta. Amablemente le piden cerillos, o le preguntan la hora, sonriéndole cínicamente, "Yo sé la tuya", piensan, "yo sé tu última hora". ¡No la saben! Tampoco el jefe, porque aún no la ha decidido. A lo peor para el hombre, al jefe se le ocurrirá mañana a primeras horas, en su despacho, o a mitad de una interminable recepción. Transmitirá la orden con un ligero ladeamiento de cabeza, seguido de un breve cuchicheo. ¡A ellos les importa un comino! No tienen prisa. Si el jefe toma una decisión, acabará el trabajo, dejarán de recibir la plata que el jefe les suministra, mientras el hombre alienta, y ellos lo vigilan. Sin embargo, el trabajo va tornándose fastidioso. Cada día se vuelve más monótono seguirle, verle acompañado de sus amantes. Mirarle desvestirse con desgana, a través de las ventanas del apartamento que ellos alquilaron frente a la casa de él. Esta, es otra de las oportunidades para un desenlace. El jefe ha descartado el momento. A ellos no les molesta en absoluto. Que el hombre pueda respirar y moverse libremente, es garantía de que continuarán devengando sus honorarios. No obstante, es un apéndice de sus labores, sugerirle al jefe los momentos y las circunstancias adecuadas. Insinuáronle los domingos a la salida de la iglesia. ¡"No"! Dijo lacónicamente el jefe. Propusiéronle a la salida de su residencia, o en el instante de encontrarse con una de sus amantes. ¡"Continuen vigilando"! Ordenó el jefe. Otra vez a esperar a que abandonara el trabajo. La cautelosa persecución del Sedán crema por las calles y avenidas de siempre; otra vez a rastrear sus conversaciones telefónicas..., hasta que el ensortijado índice del jefe señala el día en el almanaque, y ellos están ahí... Sobrios, tranquilos, con el motor del automóvil en marcha. Saben que de lunes a miércoles le acompañan dos subalternos, que abandonan el edificio un cuarto de hora antes que él..., y ya lo han abandonado. Saben que rutinariamente, un coche policial patrulla el sector, diez minutos antes de que él salga..., y ya lo ha patrullado. ¡No pueden fallar! ¡Al hombre se le agotó la vida que el jefe le prorrogó! El jefe lo sabe de antemano. Le han informado de los veinte pasos; del humeante cigarrillo que desecha en su mitad; de los doce segundos, y del traslado de manos del portafolios. El jefe ya lo sabe, ya lo imagina abrir la portezuela del automóvil... Ya sabe que ahora, en este preciso momento, el hombre se desploma sin proferir un gemido en el silencioso estacionamiento... ¡"Estúpidos"!,grita el jefe en su oficina, "Nuestro hombre pereció ayer en un accidente de transito", y les arroja el periódico con una conocida sonrisa bajo los grandes titulares.
Otto Oscar Milanese
Falsa crónica de una libreta
Arrumbada, apreciada en su tiempo, pero relegada a un rincón por el olvido y la desidia, la libreta acumulaba polvo en sus costados y sentía perder la lozanía en cada una de sus hojas.
Un día volvió a ver la luz, pero lo hizo sólo para descubrir que era una libreta abandonada: el departamento desolado mostraba sus paredes desnudas y no albergaba más que algunas cajas de cartón desvencijadas y llenas de papeles de todo tipo. Un hombre hurgó en ellas, destripándolas y exponiendo sus entrañas a la luz que entraba a las habitaciones con crudeza, sin cortina o persiana alguna que lo impidiera.
-Veinticinco pesos, es papel muy disparejo y casi nada de cartón.
-Lléveselo -dijo un hombre con cara de conserje al individuo enfundado en un llamativo y pringoso uniforme color naranja.
Junto con sus compañeros de reclusión, la libreta fue arrojada al fondo de un tambo cuya lámina de seguro existía bajo algunos milímetros de la más compacta y abigarrada capa de mugre que pueda imaginarse. El trayecto fue corto: terminó en un depósito de papel y cartón.
-Treinta y cinco varos, Abundio
-Vienen.
Por la noche llegó la pepena: una mujer se encargó de separar el papel adquirido en el transcurso del día. Primero apiló el cartón, después, folletos, libretas y folders, al final, rompió el papel restante y lo arrojó a una inmensa pila.
La libreta fue recluida nuevamente, ahora en una caja de cartón, que fue sacada al día siguiente por la mujer y llevada a un bazar cercano.
-Diez pesos por toda la caja.
-Démelos.
Unos días después, un aprendiz de chacharero entró al bazar con aire conocedor y preguntó por el precio de un lote de libretas a medio usar.
-Dame cinco pesos por diez libretas.
-Le doy tres, ya están muy usadas, casi ni voy a poder dibujar
-sale
-Mire: ésta casi no tiene páginas en blanco ¿Me la regala?
-Llévatela.
?
Mi hijo es aprendiz de chacharero, heredó la maña de un mi cuñado que decora su casa con los objetos más inverosímiles. Con su tío ha recorrido todos los tianguis de la ciudad, ha aprendido el bizarro arte del regateo y comenzado su colección de objetos inservibles. Bueno, casi inservibles: el condenado chamaco ventila su cuarto con un motor de licuadora y unas aspas de nosequé. Sus amigos vinieron a ver el "ventilador de velocidades" y bautizaron a mi hijo como "doctor Chunga".
Yo soy un jugador irracional de todo tipo de lotería, ráscale y demás etcéteras. Digo que irracional, porque jamás he ganado nada más que la tonta esperanza de salir de pobre. Cierto día daban los resultados de un sorteo:
-Vieja: algo para apuntar los números del "melate"
-Ai'stan las libretas de Julito
Tomé la que estaba más a la mano y con un rímel de mi esposa garabateé los números del sorteo. Al hacerlo, me llamó la atención la apretada caligrafía que llenaba la mayor parte de las hojas. Comencé a descifrar y descubrí diversos apuntes y cada uno de ellos delineaba diferentes tramas, entre otras: una mujer recluida por error en un manicomio, un presidente derrocado que vivía en el exilio, una niña sin peso corporal guardada en una caja... "estos parecen los apuntes de un escritor... ¿de donde la habrá sacado el Julito?" Anoté el resultado, aventé la libreta al sofá y me puse a hacer cualquier cosa.
Al otro día, con mis boletas del sorteo en la mano, quise cotejar los números
-Oyes, vieja ¿Y la libreta donde apunté ayer los números del "melate"?
-La libreta donde... ¡Ah!, sí. La mandé al carajo.
-No seas así, ¿Dónde la pusiste?
-La tiré, te digo. Me puse a escombrar y tiré todas las libretas que trajo tu hijo, salió igual que el zafado de mi hermano. Ya se lo dije: si va a traer cosas, que las acomode en su cuarto o se van a la basura.
-¡Pinche vieja! -Exclamé en voz muy baja y me olvidé del asunto, ya después compraría el periódico con la lista oficial.
?
Nuevamente a la aventura. Encerrada en una bolsa de plástico, con otras diez compañeras de infortunio, la libreta repitió el viaje por la vía ya conocida: tambo-depósito-Bazar. Para sellar su suerte, un día de temporal el agua penetró al local y la dejó completamente empapada. Volvió por última vez al depósito y -debido a su deplorable estado- fue condenada a la pena capital. Desmembrada, fragmentada, escarnecida, acabó formando parte de una gran paca.
?
Aparte de jugador, soy lector empedernido. Alborozado, leí el anuncio: empezaba la feria del libro. Subí a mi recámara; rompí mi cochinito y, vieja del brazo, visité la feria. Ahí estaba: Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos ¡claro que lo compré! La vendedora lo iba a meter en una bolsa de plástico, pero le dije que así estaba bien. Me lo entregó y comencé a hojearlo con avidez.
De pronto me invadió la conocida sensación de estar ante algo conocido: Yo he leído ésto... ¿Dónde?...¡La mujer del manicomio!... "Yo solo vine a hablar por teléfono" ¡Hijo de la...! -Di vuelta apresuradamente a las páginas- y aquí... ¡El derrocado en el exilio!... "Buen viaje, señor presidente", ¡Me carga la...! -Casi desgarro las hojas- ¡La niña en la caja!... "La santa", ¡Ah, que su...! -Volví a abrir el libro por sus primeras hojas- una nota del propio García Márquez: una verdadera historia... 64 apuntes sueltos sobre historias diferentes...
fragmentos recuperados... una libreta errabunda, finalmente extraviada.... ¡Ayyyyy!
-¡Josefo, por Dios! ¿Qué te pasa?
-....
-Josefo, dime algo
-Pendeja
-¡Josefo!
-¡Pendeja!
-Josefo...
-¡Ay, Dios!
Salvador García Lima
Junio, 1999
Los silencios de Leo a veces tomaba su mano sin saber si aceptaría su caricia o iría a guarecerse a cualquier rincón. Ni nuestros padres, que simulaban ante los extraños tener ese conocimiento de Leo que nos estaeo que todos en casa interpretábamos el mismo papel.
A los psicólogos les gustaba universalizar acerca de lo leído en los libros. Nos daban ánimos y aseguraban que Leo también necesitaba amor, una familia; sobre todo, comprensión. Entonces me tentaba la idea de invitarlos a pasar una semana con él, a preguntarse por qué en ocasiones nos miraba fijamente y otras nos evitaba sin más. Sólo pretendía que vieran lo que significa la convivencia con un ser que no necesita de la comunicación.
Ya resultó extraño siendo un bebé, pero el deseo de conocer su comportamiento se tornó acuciante cuando empezó a andar, cuando podía esquivar las caricias y por ello provocar los enfados más absurdos.
Al crecer se evidenció la monotonía de sus hábitos. No tardamos en saber que sería difícil escuchar alguna palabra de su boca, cuando no imposible, aun siendo sus cuerdas vocales perfectamente válidas.
Siendo ya adolescente, Leo salió una tarde conmigo. Aunque sería más correcto decir que salió detrás de mí. Caminó a mi lado, y por un momento ideé dirigirme a un lugar distinto del previsto; a un centro comercial, a un cine, a cualquier sitio en el que no tuviera que dar siquiera breves explicaciones. Pero supuse que Leonardo sabía que estaba citado, porque con él sólo cabían especulaciones. Al llegar a la terraza lo presenté, y todos le dirigieron un saludo. Quien más, quien menos, todos sabían algo acerca de mi hermano, y no les molestó que no contestara ni
con un leve gesto. Le tendí una silla, porque probablemente se habría quedado observándonos desde lo alto. Se sentó, yo lo hice a su lado, y todos procuraron conversar con normalidad. Pedí un refresco para él, y cuando nos sirvieron se lo puse en la mano procurando no llamar la atención. Para mi sorpresa se lo bebió tranquilamente; o tal vez nerviosamente, quién podía saberlo. Tan pronto miraba al que hablaba como se perdía a lo lejos, abismado en alguna persona o algún coche que circulara por la calle, o bien observando la mesa y los objetos que en ella iban cambiando de posición. Le interesaba de un modo especial el mechero, cada vez que se encendía un pitillo, y creo que Marcelo se abstuvo de fumar por evitar ser estudiado.
Mis amigos se comportaron y nadie intentó hacerle hablar; ni siquiera Carmen, que siempre creía tener soluciones para todo y algo interesante que decir. Me despedí antes de lo acostumbrado y nadie hizo preguntas. Incluso la despedida pareció normal. Lo cierto es que tenía una curiosidad tan grande como lo había sido mi desazón porque alguno se incomodara.
No fue vana mi sospecha; Leo se introdujo de inmediato en la habitación. Al rato busqué la hoja en que suponía habría escrito. En ella figuraban seis números: 2.739, 812, 1.566, 308, 2.141 y 1.253. A mí me correspondía el último. Carmen había pronunciado 2.739 palabras; Joaquín, 812; el siguiente número era el total de palabras articuladas por Roberto; el 308 correspondía a Marcelo, que siempre intervenía lo justo cuando había chicas; el penúltimo número era el de Pilar. Como siempre, había empezado por su izquierda, y él no contaba o se apuntaba un cero que no hacía falta transcribir.
Hizo lo mismo que acostumbraba cuando en casa teníamos visita, cuando había muchos interlocutores, e ignoro qué criterio seguía cuando, en ocasiones como cumpleaños u otras celebraciones, era frecuente que la
gente se dispersara por las habitaciones. Tal vez ahí interrumpía el recuento y lo retomaba cuando podía. Cómo saberlo, quién podría contar continuamente las palabras que varias personas pronuncian, y al tiempo permanecer atento a la conversación.
Con frecuencia observaba como un atalayero. Nadie sabía con certeza cómo aprendió a contar. Hicimos muchas conjeturas, pero, puesto que nadie le enseñó directamente, pensamos que había memorizado los símbolos numéricos mirando las páginas de algún libro o revista, o que los había aprendido con una rapidez de la que sólo él era capaz en algún programa infantil de televisión.
A veces lo dejábamos solo en casa, porque pese a su peculiaridad, nunca había intentado una locura. A Leo había que dejarle espacio; que anduviera de un lado para otro sin tregua, como buscando algo, o bien que se arrinconara durante horas, emitiendo algún sonido monocorde o agazapado con la mirada fija en el suelo. Los expertos (y desde entonces no puedo evitar sonreír cuando oigo esta palabra) no lograron más emoción que nosotros; es decir, nada. Recurrieron a todo tipo de artimañas y juegos estúpidos hasta darse cuenta de lo que nosotros supimos siempre. Pero había que agarrarse a algo y lo siguieron intentando. A veces he creído que Leo se reía de todos nosotros, de todos ellos, de nuestra posición desventajosa.
Cuando mi madre se veía cerca de la depresión (emoción frecuente en ella), se sentaba al piano, el único lujo de que disponíamos por tradición y herencia, un piano vertical que a diario mantenía lustroso. Empezaba con notas tristes, y, complacida de su propio talento, iba sacando partituras más alegres, composiciones más complicadas.
Maite y yo intentamos aprender, pero vernos tan distantes de su habilidad nos desanimaba, aunque fuéramos capaces de tocar un par de alegres canciones que no exigían ningún virtuosismo. La veíamos hacer, y
también Leo, cuando le venía bien. Tanto nosotros como sus amistades la alentábamos para que se dedicara a ello más en serio, y siempre aducía que no daba la talla o que tenía ocupaciones más importantes o perentorias.
Maite y yo tuvimos que hacernos cargo del negocio familiar al morir nuestros padres en un accidente. Sabíamos muy poco de aquella papelería de luces tristes. Habíamos intentado convencer a mis padres para que realizaran una pequeña reforma. Pensábamos que no haría falta una excesiva inversión para darle un poco de color, algo de vida a aquella tienda vieja y gris. Quizás por su apariencia casi luctuosa, y por tener la competencia a pocos metros, nunca estuvo muy concurrida, pese a estar ubicada cerca de un colegio. Estudiamos cuentas y papeles, alimentamos jaquecas a las que se sumaba la preocupación por Leo, quien, como era predecible, no manifestó ningún sentimiento por la pérdida.
Descubrimos de qué modo milagroso había sobrevivido el negocio. Lo ganado con las ventas, casi exclusivamente de material escolar, se había utilizado para mantenernos y financiar nuestra educación. Habíamos acudido a colegios caros donde ni siquiera habíamos puesto el empeño por agradecerlo. Darnos cuenta de lo que habían padecido en silencio nos dolió todavía más. Supimos por qué no teníamos una tienda luminosa ni un coche grande ni un vídeo, por lo que en alguna ocasión habíamos protestado, ya que todos nuestros compañeros tenían. Empero, tuvimos regalos cada Navidad y cumpleaños; también Leo, aun cuando lo más probable era que no se enterase de lo que era suyo y lo que no.
Escarbamos en los papeles que nuestros padres tenían bajo llave: facturas de psicólogos que no habían obtenido el menor logro, recibos que nunca habíamos visto de nuestros colegios, cartas de proveedores instándoles a la premura en los pagos...
Maite lloró al comprobar que no teníamos una salida definida. Deudas, nuestras carreras inacabadas, un hermano del que ocuparse, una papelería que apenas se sostenía. Empezamos a formular amargas predicciones, y tuve que aguantar las lágrimas con cierto esfuerzo, abrazado a ella. Nos giramos al presentir que Leonardo nos miraba desde el umbral. Pero era como si nos mirase un perro o hubiera algún objeto más en la habitación; incapaz de hacer un gesto dirigido a alguien, de llorar o sonreír, de enarcar las cejas, de suspirar.
Hacía mucho tiempo que mi hermana no me abrazaba; años, unos cuantos años. Permanecimos así unos momentos, ella sollozando y yo sin encontrar palabras de consuelo, ambos preguntándonos a qué nos podríamos aferrar. Cuando salimos de la habitación Leo estaba de pie, junto al piano, pasando un paño por las teclas, suavemente, como lo hacía mamá, sin emitir más sonido que el leve roce con las teclas. Al vernos aparecer se sentó frente a él e hizo sonar unas notas. Conocíamos aquella cadencia: eran las mismas notas con que mamá empezaba a calentar los dedos. Impávidos, estuvimos observando, no sé cuántos minutos. Al cabo, los dedos de nuestro hermano se paseaban velozmente por las teclas blancas y negras, por todas las octavas, haciendo sonar las complejas composiciones que nos gustaba escuchar. Sobre el piano no había partitura alguna, y ninguna nota rompió la unidad de la música magnífica. Al terminar, se fue hasta un rincón y quedó con la vista fija en el suelo.
Santiago Parres
NULIDAD
Me desvisto resollando mi fatiga y preparado para la próxima ocasión, resulta cómico visualizar mi rostro masacrado por soportar el peso continuo del silencio cómplice... Todavía creo respirar su aliento, afuera, en la entrada del primer piso para ser exactos, un grupúsculo pregona al dominio público sus intensas dudas acerca de mi estancia en el mundo terrenal... Aseguran que soy una simple versión viciada, pretenden ampliar mi confusión haciéndome retumbar el tambor que golpea mis paredes estomacales.
Al subir hasta mi apartamento, encontré el mismo desorden dejado en la prima mañana con la secreta esperanza de no encontrarme jamás con otro nudo de mi corbata, protagonizamos una película que se repite tantas veces sea necesaria, donde los actores representamos roles los cuales muchas veces no nos corresponden. No obstante, nos animamos a utilizar la careta o a pintarrajearnos el rostro de tal forma que la función pueda continuar sin interrupciones particulares... Yo no escapo a esta realidad forzada y quizás será esa decisión la que los irrita.
Sudo, la sensación de pasos que se aproximan me deja tieso, abro mi puerta sin temer, los individuos que deniegan mi existencia penetran cargando un ataúd rosado con medidas lo suficientemente exactas como para acomadarme sin protestar... lo ubicaron sobre el sofá, ignoro por qué siento que mañana no tendré que pelear por un espacio en el autobús, tampoco me explico la razón por la que no puse ningún tipo de resistencia... Uno de ellos guardaba mis documentos personales -incluyendo dinero en efectivo, mi chequera y tarjetas de créditos- en una bolsa que parecía sin fondo... Nunca me dirigieron la palabra, sólo conversaban entre sí de un forma hasta cierto punto altanera, entretenían al tiempo esperando mi entrada hacia el ataúd perfumado con alcanfor... Yo, como todo ciudadano respetuoso y cumplidor del status quo, o mejor dicho, como toda oveja dócil quien sólo sabe repetir los pasos de su rebaño, no se atreve a reclamar ante su incómoda situación, recogí algunos papeles que estaban regados sobre la alfombra, me dispuse a entrar, vacilé… Al notar que mis anfitriones comenzaban a desesperarse, les pedí por favor que antes de encerrarme me permitieran usar mi pomada contra el acné, ya que al día siguiente me esperaba una cita con la dermatóloga y, para serles franco, había descuidado demasiado mi tratamiento, por lo tanto, no era mi intención recostarme con la conciencia martillando mi sopor, de forma tal que, como mis visitantes me concedieron este último deseo, después no me inmuté en lo mínimo cuando finalmente apagaron las luces.
IVAN V. DE PAULA
15/06/96
ESE INFIERNO TAN DULCE
no
- Hola.
No era un buen comienzo, así que decidí tomar la iniciativa. En realidad sentía una enorme curiosidad por lo que quería contarme.
- ¿Café, como siempre?.
- No -contestó-, lo tengo prohibido por el médico. Cosas de la tensión, dice.
- Esos "matasanos", se pasan la vida prohibiéndote todo aquello de lo que ellos nunca se privan.
- Sí, supongo que tienes razón.
Guardamos silencio un instante, el suficiente para pedir al camarero un agua mineral para él y un café sólo para mí. Lo necesitaba.
- Veo que aún conservas tus viejos vicios -dijo sonriendo entre dientes-.
- Fernando, dejémonos de monsergas. ¿Para qué me has citado después de tantos años?.
Fernando respiró profundamente y apuró su botellín de agua antes de contestar.
- Te voy a hacer una pregunta, y quisiera, por muy extraña que te parezca, que fueras totalmente sincero conmigo.
- Tú dirás.
- La tarde en que enterramos a marta, ¿se te ocurrió por casualidad abrir el féretro para comprobar que estaba dentro?.
- ¡Fernando!. ¿Qué estás diciendo?.
- Contéstame, por favor.
- Pues... no. ¿Cómo iba a hacerlo?. Nunca se me hubiera pasado por la imaginación.
- Lo suponía, pero quería confirmarlo.
Estaba desconcertado. Recordé que Fernando siempre se había mostrado bastante raro en nuestros encuentros, no en vano concebía el mundo como una gran película de espías, en la que él era el principal protagonista, siempre pendiente de desbaratar lo que él denominaba como "La Gran Conspiración Pendiente", que no era sino el símil literario de "La Gran Revolución Pendiente" de nuestra juventud. De hecho, el acuerdo al que habíamos llegado quince años atrás sobre la forma de llevar nuestras mutuas relaciones con Marta, había sido idea suya, producto de su desbordante imaginación. Fernando pidió otro agua mineral, momento que yo aproveché para observarle atentamente: Sí, iba tan pulcramente vestido como siempre lo había hecho, pero a pesar de todo, había algo en él que me llamó poderosamente la atención. ¡Sus ojos!. Sus ojos enrojecidos y las marcas de sus ojeras, denotaban que llevaba varios días sin poder dormir.
- Verás -empezó diciendo-, yo empecé a salir con Marta casi por casualidad. Esto nunca te lo había contado, así que te rogaría que me prestaras toda la atención de que fueras posible.
- Soy todo oídos, Fernando. Pero apura, que me estás poniendo nervioso.
- Como te iba diciendo, marta y yo nos conocimos casi por casualidad. Fue a la salida del Cine Roxy, aquel cine que estaba en la zona alta de la ciudad. Aquella tarde proyectaban la película "Casablanca". Lo recuerdo muy bien, porque desde entonces, en nuestros juegos amorosos -dijo sonrojándose mientras me hablaba- ella me obligaba a ponerme una gabardina y un sombrero a lo Bogart siempre que hacíamos el amor. Decía que eso la excitaba. Lo cierto es que a la salida del cine, llovía con tal intensidad que fuimos a refugiarnos en uno de los sopórtales contiguos. Después la invité a un café, y acabamos desayunando juntos en su casa, como se suele decir.
Pedí otro café, ya que aquello comenzaba a resultar curioso. Yo También la había conocido en un cine, aunque en "mi" ocasión la película era una de aquellas de arte y ensayo que acostumbraba a ver. Recuerdo que se trataba de "La Strada" de Fellini, y que me pasé toda la noche explicándosela. De todas formas, tampoco me iba el papel de Anthony Quinn.
- Y bien, Fernando, ¿a dónde quieres llegar?.
- ¿Sabes?. Nunca más volvimos a ver aquella película, a pesar de que decía que era su favorita. Ni tan siquiera cuando meses después la pasaron por televisión. Siempre se inventaba alguna excusa. Sin embargo, mis mejores recuerdos en la cama con ella, están íntimamente enlazados con "Casablanca". Supongo, o al menos eso creía entonces, que era debido al fetichismo, a la historia de la gabardina y del sombrero. Por eso cuando el otro día me enteré que iban a pasar la película por uno de los canales de pago, creí llegado el momento de rememorarla tal y como la recordaba de aquella tarde. Sería como el primer día, sólo que esta vez no llovería, no estaba en el cine Roxy, y no habría ninguna Marta esperándome a la salida. Recuerdo que procuré que el salón de mi casa se pareciera lo más posible a una sala de cine. No faltaba de nada. Palomitas, una Coca cola..., incluso había tenido la precaución de rescatar de un viejo baúl la vieja gabardina y el sombrero de mis andanzas amorosas. Todo fue bien, al principio, hasta que sonó el teléfono.
Respiró profundamente.
- Pero no era el sonido al que estaba acostumbrado -continuó-. Era... como de ultratumba, lejano, muy lejano, como venido de otro mundo... o del infierno. Cuando levanté el auricular, nadie me contestó al otro extremo de la línea. Tan sólo un soporífero y pegajoso silencio mortecino que invadió la habitación hasta que se me hizo insoportable. Creo que fue en ese momento cuando comencé a volverme loco. Desde entonces, todos los días me encargo de comprobar si van a reponer "Casablanca". Nunca figura en ningún diario, pero cuando llego a la noche a casa, siempre está allí, esperándome en el televisor, y cuando llega la escena en la que los ojos de Ingrid Bergman se encuentran por primera vez con los de Humphrey Bogart, siempre suena el teléfono, y nunca me contesta nadie. A veces creo reconocer en su silencio algún ruido conocido, quizás el que producen las bolas chinas que le regalé un día por su cumpleaños, o creo oler el perfume que siempre usaba. Supongo que debe de ser todo producto de mi desbordante imaginación, pero desde entonces no he vuelto a conciliar el sueño. Vago por las calles durante toda la noche intentando encontrar alguna explicación lógica a este suceso, pero lo cierto es que me da miedo regresar a casa, porque estoy convencido que algún día, sea quien sea quien esté al otro extremo del auricular, me habrá de contestar. Y te juro por Dios que no sé que haré en ese momento.
Creí ver en ese instante unas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Supongo que debió de ser una ilusión óptica a causa de mi deficiente visión. Estaba aturdido. ¡Mi viejo compañero de fatigas se había vuelto completamente loco!. Y yo no podía hacer nada para ayudarle.
- Bueno, Fernando -comencé-, yo no le daría demasiada importancia. Mira, te diré lo que haremos. Vamos a irnos tú y yo a cenar, a rememorar tiempos pasados. Vamos a emborracharnos como hacen dos viejos y buenos amigos que se vuelven a encontrar después de tantos años, y quien sabe, a lo mejor, incluso puede que hasta liguemos. Podemos ser viejos, pero no "estar" viejos, y mucho menos locos. Así que levántate de tu asiento, coge tu gabardina y vámonos ya. Conozco un "club" con unas brasileñas que quitan el hipo.
Cinco horas más tarde, lo dejé en el portal de su casa completamente borracho. Estaba algo más relajado, aunque no había conseguido quitarle esa mirada de terror en sus ojos. De vuelta a mi casa me asaltó una duda repentina. Inquieto, entré en un bar de una gasolinera y pedí un café sólo bien cargado mientras me afanaba en releer desesperadamente la programación televisiva de aquella noche. Respiré aliviado cuando no la encontré en ningún canal, ni siquiera en los de "pago". Sólo cuando estaba abriendo la puerta de mi casa, y contemplé a la dulce Giulietta Masina suplicando con sus piadosos ojos a un Anthony Quinn excepcionalmente envejecido, y sonó el teléfono que estaba encima del televisor, comprendí, que al igual que la de Fernando, un capítulo de mi vida se había cerrado para siempre, porque ambos habíamos dejado atrás una rendija abierta por donde se nos estaban colando los fantasmas del infierno.
Luis García
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CUENTISTAS AMERIPANOS
(Junio del 2001)
Selección de
José López Campusano
para
www.elsalvajerefinado.com
Paco Piquer Vento (1945)
ppiquer@hotmail.com
El cuentista de "UNO, DOS, TRES, CUATRO" nació en Valencia, España en 1945, reside en Palma de Mallorca, Islas Baleares. Es profesional del Turismo con el titulo TEAT (Tecnico en Empresas y Actividades Turisticas) y ha dirigido hoteles desde 1.970 hasta el 2.000. "Mi formación literaria se basa en la lectura.Carver, Bukowsky, Middleton, Chesterton, Heawitt, etc. son mis favoritos." Ha publicado cuentos en anceo.com
René Rodríguez Soriano (1950)
Renerodriguez@yahoo.com
El autor de "Su nombre, Julia" nació en Constanza, República Dominicana, en 1950. Ganador del Premio de Cuentos Casa de Teatro, 1996 y Premio Nacional de Cuentos "José Ramón López", 1997. Egresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Se dedica a la producción y realización de reportajes, spots, documentales y otros materiales para radio, televisión y cine. Es profesor universitario. Actualmente es Subdirector de la Agencia de Noticias Literarias LibrUsa en Miami, EU. También es Jefe de Información y Encargado de Cultura de El Diario, en Miami, EU. Ha publicado:
NARRATIVA: Todos los juegos el juego (Editorial Gente, 1986). No les guardo rencor, papá (Ediciones ONAP, 1989), Su nombre, Julia (Editora Alfa y Omega, 1991). Probablemente es virgen, todavía (Editorial Mambrú, 1993)*. Y así llegaste tú... (Editorial Jaberwocky, 1994)*. La radio y otros boleros (Biblioteca Nacional, 1996). El diablo sabe por diablo (Editorial Gente/ Editorial Isla Negra1998). Sólo de vez en cuando (www.manuscritos.com <http://www.manuscritos.com> 2000). Tizne de nubes (www.libroline.com <http://www.libroline.com/> 2000).
POESÍA: Raíces con dos comienzos y un final (Editora Taller,1977- Editorial Gente,1981). Textos destetados a destiempo con sabor de tiempo y de canción (Editorial Gaviota, 1979). Canciones rosa para una niña gris metal (Serigraf, 1983). Muestra gratis (Editorial Gente, 1986). Nave sorda (www.libroline.com <http://www.libroline.com/> 2001).
ENSAYO:
Blasfemia angelical (Editora Taller, 1995)*
* Escritos a cuatro manos con Ramón Tejada Holguín
Diana Poblet (1954)
ginestet@chilesat.net
La escritora de "La cama de bronce" nació en Viedma, Argentina el 28 de marzo de 1954. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca, Argentina. Desde 1996 reside en Temuco, Chile. En 1997 fue premiada en Santiago de Chile por su novela Sólo por hoy, obteniendo el Premio de Literatura Maité Allamand y su libro fue publicado por Editorial Dolmen. En el año 2000 se editó su segundo libro llamado Vivir a Prueba.
Diana Poblet acaba de publicar con ediciones el salvaje refinado: Te quiero hasta el techo (cuentos), El manual de vuelo (novela), y Cenizas de sol (poemario).
Adela Pasarín i Llácer (1954)
adela.pasarin@wanadoo.es
Autora del cuento "AYAHUASCA". Nació en Barcelona el once de Septiembre de mil nuevecientos cincuenta y cuatro. Es miembra fundadora del Grupo Literario Entorn de la Paraula, que tiene su sede en el Ateneu de 9 Barris de Barcelona. Ha escrito la novela A filla da Meiga que permance inédita. Dos lecturas dramatizadas Déjate de hostias y Mil-lenium, que han sido representadas en locales alternativos, y un gran número de relatos cortos entre los que se encuentra el libro Taller de sombras.
Fernando Valerio Holguín (1956)
fvalerio@lamar.colostate.edu </ym/Compose?To=fvalerio@lamar.colostate.edu&YY=6563&order=down&sort=date&pos=0>
El escritor de "Silvie y su recién creada piel de cada mañana" nació en La Vega, República Dominicana, en 1956. Egresado de la UASD. Becario Fulbright, obtuvo su Doctorado en Letras Hispánicas en la Universidad de Tulane en 1994. Ha sido profesor de literatura latinoamericana y de teoría literaria en Santo Domingo, R.D. Actualmente, trabaja como profesor de literatura latinoamericana y caribeña en Colorado State University.
Ha publicado los siguientes libros: Viajantes insomnes (1982), Poética de la frialdad: La narrativa de Virgilio Piñera (1996), Arqueología de las sombras: la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo (2000) y La República Dominicana en el umbral del Siglo XXI. Cultura, política y cambio social (con Ramonina Brea y Rosario Espinal).
Tiene tres libros inéditos: Baladas y autorretratos, memorias del último cielo y Café Insomnia, que serán publicados próximamente en Santo Domingo, República Dominicana.
Otto Oscar Milanese (1959)
Elzuanoazul@aol.com
El autor de "Planes…, y azares." nació el 7 de abril de 1959 en Azua de Compostela. Miembro fundador en 1978 del Círculo de Estudios Literario Azuano, C.I.E.L.A. Subdirector del boletín "Huellas Literarias" durante un par de años. Entre 1980 y 1985 impartí docencia como profesor del idioma francés. Obtuve menciones honoríficas en los concursos de Casa de Teatro, y Segundo Premio en poesía, en el Concurso Regional Sur. En 1987 se publicó mi libro de cuentos Tres gotas de misericordia. Miembro fundador de NOSOTROS CONTAMOS, 2000.
Salvador García Lima (1959)
sglima@prodigy.net.mx <mailto:sglima@prodigy.net.mx>
El cuentista de "Falsa crónica de una libreta" nació en la Ciudad de México, en 1959. Mis cuentos andan desperdigados por la red, eso sí. Cuadernos de la aldea, Proyecto Sherezade, El mundo del cuento, Revista de literatura mexicana, son las páginas que albergan algunos de mis cuentos. En papel: Revista "Confabulario, cuaderno de talleres", Revista de Literatura mexicana y Vista USA, de Los Angeles, Ca. Comencé a escribir en 1994. En 1998 el primer cuento que escribí ganó el 1er. Concurso de Crónicas y leyendas de la Ciudad de México. Este estímulo y el gusto por narrar historias es lo que me sostiene por estos rumbos de la palabrería y la escribidera.
Santiago Parres (¿….?)
sparres@hotmail.com
El escritor de "Los silencios de Leo" además de narrador, poeto y fotógrafo es director de Arce Azul, una revista de arte literatura y mucho más. <http://garaje.ya.com/arzeazul>
Iván de Paula. (¿….?)
iva_depaula@yahoo.com
El cuentista de "Nulidad" es de Santo Domingo, República Dominicana. En el 2000 publicó su libro Cuentos Obtusos. Iván tiene su página personal en http ://www.geocities.com/SoHo/Workshop/6992
Luis García (¿….?)
22luis22@teleline.es <mailto:22luis22@teleline.es>
El autor de "ESE INFIERNO TAN DULCE" escribe para Literaturas.com en su sección La Columna Digital. Articulista y crítico literario en el Suplemento de letras El Mirador del Diario de Andalucía , El Correo de Andalucía y El Diario de Ávila. Actualmente colaborar en las siguientes publicaciones: El Péndulo, Alba, El Celador y en la revista Lateral. Luis García ha entrevistado a escritores de obras significativas.
Convocatoria a Cuentistas
Si quiere colaborar, envíe un archivo con más de dos cuentos y sus datos personales a José López Campusano elgenuinismo@yahoo.com
Los textos que no aparezcan en la entrega siguiente podrían ser incluídos en la próxima.
El salvaje refinado no podrá pagar por las colaboraciones publicadas en la revista. La misma será de acceso gratuito para nuestros cibernautas. Obviamente, los colaboradores serán, siempre, los propietarios de sus derechos de autor.
Cada año podríamos publicar, en elibro y en papel, una muestra antológica de los mejores cuentos publicados en la revista www.elsalvajerefinado.com <http://www.elsalvajerefinado.com/> ; entonces se repartirían los beneficios obtenidos por venta de libros.
Gracias por su aporte.
José López Campusano
Elgenuinismo@yahoo.com
www.elsalvajerefinado.com