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Coletto y los cuatro evangelios
Jorge Arias La República ( 9 / 7
/ 99)
Ruben Coletto comparte con Mariana
Percovich la vanguardia. Para empezar Coletto instala su obra en el mismo Espacio
Notariado donde se instaló "Alicia Underground", e Ismael Moreno, que
organizara aquel espacio escénico, es aquí el inspirado autor del vestuario, en
simbólicos colores rojos y negros; y si Mariana retrocedió en el tiempo hasta Lewis
Carrol, Coletto no se detiene hasta llegar a Jesucristo y a Moisés.
Al entrar, el público ya pudo ver a los actores
en escena, las luces rasantes encendidas y un bombo de fatídicos acentos.
Magnífico ambiente para comenzar. Las
luces son resplandores entre celestiales y sulfúreos, los trajes son enigmáticos pero
dicen algo, el espacio es irreal y corpóreo, las manzanas sólidas y pecaminosas.
Distinguimos junto al bombo un hombre de larga cabellera, al que no se le ve la cara, en
el que encontramos a Jesucristo, nos acomodamos en el asiento y esperamos con unción la
palabra de Coletto. Llega: pero el título de la obra no se avino con ella. Esperábamos
una voz novedosa, tal vez crítica; no ya las audacias anticristianas del "King
Jesus" de Robert Graves, ni los evangelios apócrifos, ni la concepción de Renan, ni
tampoco los panfletos anticristianos de los primeros siglos; pero, por lo menos, el grano
de alguna moderada herejía, tal vez una versión protestante de la Biblia y los
Evangelios. Nada de eso. Pese a las percusiones del título, la obra es radicalmente
ortodoxa; no sorprende la colaboración con Coletto de dos parroquias a las que agradece
en el programa. Aún así, y pasando por alto un lenguaje algo retórico, la obra no
existe fuera de la narración evangélica; no hay prácticamente ningún aporte propio del
autor, ninguna visión personal del tema y sus personajes. Es una puesta en escena
original e imaginativa de un texto trivial y conservador; se sueña con lo que hubiera
sido la misma idea, desarrollada en un libreto más trabajado y agudo, comprometido con la
revisión contemporánea de la vida de Jesús y puesta en escena, por cierto, con el mismo
ímpetu y con el mismo arrollador instinto teatral que revela Coletto en esta obra.
Dos grandes momentos refulgen: la escena de
la tentación y tración de Judas y la escena final, una Pietá conmovedora. |