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Julio Llinás   

 

 

Frecuentemente los críticos me preguntan si mi literatura es autobiográfica.

Pienso que es una pregunta holgazana y banal. Mi literatura es tan autobiográfica como cualquier otra, aunque tal vez se presente más desnuda y descarnada que otras, lo cual no constituye novedad alguna respecto de las de otros autores (me viene a la memoria la de Henry Miller, por ejemplo).

Todo autor, de una manera u otra, habla de sí mismo. Pero, ¿qué es ese "sí mismo" sino un misterio compuesto por experiencias, recuerdos, deseos, mitos, fantasías, temores y sueños? En la forma de hablar de uno mismo, reside el estilo y las calidades humanas y literarias del autor. Kafka hablaba de sí mismo, pero si se pretende saber si un día despertó convertido en cucaracha, se está ignorando la esencia misma de la literatura. Los autores que generan historias aparentemente ajenas a sus vidas, son auto-referentes en la invención, aun cuando el correlato anecdótico no lo sea. Lo mismo sucede con todo lo que no aparece como autobiográfico en mis novelas. Quienes se plantean esas preguntas deberían recordar que es imposible escapar de uno mismo y que mentir literariamente es una infamia.

El hombre está constituído de tal modo que es uno solo con su propia muerte. Entonces, ¿por qué encubrir las cosas? Una buena obra literaria es un retrato del mundo frente a su autor. Una mala obra literaria, es un retrato del autor frente al mundo. En ambos casos la vida y la muerte están presentes.

                                                                                         

                                 

 

INDICE

 

 

 

 

                              

                                                                                               

 

De Francisco Madariaga, en su libro EN LA TIERRA DE NADIE.

 

El vagabundo estaba un día escuchando relatar unos sueños lejanísimos a un poeta pájaro-marinero, cuando irrumpió una figura, con cierto aire de la costa de un gran río verde. Río donde beben jabalíes, de esos que están sospechando siempre hasta del silencio.

 

JULIO LLINÁS

Hace mucho tiempo yo tenía un hermano que deliraba, pero una secreta "razón ardiente" lo atendía, desde el más fondo de los fondos.

Después se marchó, en un avión lleno de toda índole de estrellas, pero él, a fuer de paisano-gaucho que es, mantenía a raya a las candelas, disfrazadas de estrellas puras, de la maldita mal usada tecnología, hasta que, finalmente, las expulsó de su vida, y retornó, a plena luz, a todo lo que secretamente había custodiado.

Y ahí está ahora: bien afinados el cantor y el narrador. Con estribos de fuego monta una nube del corazón, de donde brota el vino de la Celebración de la Amistad".

 

 

EN LA TIERRA DE MADARIAGA *

 

Llegó una noche de septiembre como una aparición de terciopelo, con la verdad de la pureza y la misión de imponer, secretamente, una presencia invisible como el oxígeno.

Entre lagunas y palmares, siempre al costado de las ciudades inmensas, de las inmensas ruindades y traiciones, del oportunismo de las antesalas y de esa retórica de niños cantores, amarga como la baba del sapo, llegó para imponer una poesía verdadera y honda, enraizada en su sangre y en el más bello paisaje del hombre: la memoria.

Así se fue tornando irremplazable Don Francisco, en su comunión con la tierra y su jardín de imágenes, en su devoción por la amistad, en su emoción altiva de gran criollo. Irremplazable no tan sólo para sus amigos, sus lectores, sus mulatas, sino también para el paisaje de esteros y palmeras, de viejos gauchos y caballos celestes, que sin él no son los mismos, no dan la misma luz.

Fabricante de espejos, como todo auténtico poeta, nos brinda ahora una gama de retratos cuyo modelo es él mismo, no ya el que vemos circunspecto bebiendo una ginebra o ensillando una canoa, sino el sí mismo más hondo que pueda ser un hombre en su adoración de la vida en libertad, ya se trate de el vagabundo, el viajero, el estudiante, el joven de provincia, el aventurero, el jinete, el pasajero, el tropero, el rastreador o el frecuentador de fondas rosadas o amarillas. .

Porque no hay mayor libertad que la de vivir en la alabanza del Gran Dios Natural, en su verdad de manantial, en su repudio del cosmético social.

Don Francisco: este Don Julio que hoy le habla, ha querido obsequiarle, a su vez, este retrato desmañado. Ya está zumbando en el aire el lazo de la gran edad. Montemos a caballo, hermano. Usted su tordillo negro, yo mi gateado.

Un crepúsculo de oro nos aguarda.

 

* Texto leído en la presentación del libro En la tierra de nadie de Francisco Madariaga.

 

                                                                                    

 

El regreso del hijo pródigo

por Rodolfo Alonso

 

Sin duda, ¡y aún en estos tiempos!, algunos poetas continúan siendo vates. Cuando en relación con el segundo libro de Julio Llinás (La Ciencia Natural, BOA, Buenos Aires, 1959), Alejandra Pizarnik llegó a advertir con justicia lo que era evidentemente para un oído atento y calibrado: Ninguna palabra inútil. Ninguna frase espuria", es decir la extrema precisión de un lenguaje a la vez inquietante y perfecto, desde París, Jean-Clarence Lambert lograba ya entonces vislumbrar, sobre el mismo texto y también hace casi unas cuatro décadas, lo que este autor viene a contagiarnos en realidad recién ahora, tanto tiempo después, con sorprendente y rabiosa desnudez en cada nuevo libro suyo: Para Llinás, la poesía no es sólo una actividad literaria sino que debe entrañar el testimonio de una experiencia vivida. Su objetivo es la puesta en evidencia de una verdad viable, una aproximación a la existencia verdadera y total". Claro que para eso, después de haber hecho arder su juventud entre los surrealistas argentinos y franceses, después de haber sido el creador de la revista BOA, un momento crucial de la vanguardia vernácula, después de haber realizado inteligentes y poco confortables aportes en relación con las artes visuales (su otro amor), tuvo que entregarle veinte años de su vida a la seductora bruja Publicidad, que le devoró los huesos haciéndolo triunfar, hasta que supo desprenderse de ella y abandonarla por su vieja amante, la poesía, a la que ha vuelto a entregarse de lleno, pero no sin haber concretado al mismo tiempo, casi en forma compulsiva, precipitada por la tentativa casi desesperada de recuperar el tiempo perdido, una celebrada obra narrativa que ya comprende seis títulos, comenzada con muy buenos augurios mediante su De eso no se habla (1993), llevado al cine por María Luisa Bemberg con la complicidad de Marcello Mastroianni, para culminar en estos días con la publicación de otras dos novelas suyas: El fervoroso idiota y Circus.

No hay, como se ve, muchos casos ni muchas situaciones similares en la literatura argentina contemporánea. Pero fue un bienvenido y nuevo libro suyo de poemas tan significativamente titulado con un verdadero hallazgo: Sombrero de perro (Casandra, Buenos Aires, 1999), el que vino en realidad a convertirlo, a mi modesto entender, en algo así como un extraño paradigma, a la vez actualísimo y tal vez a destiempo. Porque no es usual, en los días que corren, toparse con estas lides en la entrega incondicional y la feroz fidelidad que testimonian estas páginas.

Aquello que como vimos percibió tan bien Lambert hace ya tiempo, una poesía existencialmente vivida y encarnada de manera inescindible con el propio fluir de la existencia (¿Estaré hablando de mí mismo? hace como que se pregunta el autor, tantas veces quizás ajeno a lo que le está ocurriendo), hecha de carne y de memoria, pero también del esplendor de un lenguaje a la vez preciso y desbocado, donde se refleja el mundo (un mundo bellamente, devoradoramente tantálico), nos alcanza en estas páginas con la certeza de la pasión.

Como quería su recordado Walt Whitman, quien toca a ese libro, toca a un hombre. Y toca también, a través de su furiosa sed por la belleza, esa convincente Miseria de la poesía, que tantos implicados no lograrán acaso descubrir en sí mismos. Y, a través de él, también ¡y en estos tiempos!, sin duda los que resulten capaces alcanzarán a rozar la realidad / ese otro ensueño.

 

*

 

Hace no mucho tiempo, recibí de sus manos los originales de Crepúsculo en América, el nuevo libro de poemas que iba a publicar poco después (Casandra, Buenos Aires, 2000). Y al leérmelo entero, de un tirón, me descubrí experimentando la extraña sensación de que asistía a algo así como a una Fiesta de Resurrección, al evidente y puntual Regreso del Hijo Pródigo. Tantos años después, y profundamente conmovido, sentía renacer en estas páginas vibrantes y encendidas a aquel joven entusiasta y generoso con quien nos habíamos conocido siendo yo casi poco más que un niño, allá a comienzos de los años cincuenta, cuando ambos formábamos parte apasionadamente de sendos grupos nucleados alrededor de dos significativas revistas literarias: Poesía Buenos Aires y A partir de cero, con tantos vasos comunicantes entre sí, y que con tan renovador como definitivo impulso iban a modificar de una manera profunda y luminosa la teoría y la práctica de la poesía argentina contemporánea.

Ahora, con los poemas de Crepúsculo en América, era como si la vida entera de Julio Llinás (marcada como con un fierro al rojo por tantas desdichas personales, que no lograron sin embargo ni por un momento amilanar su irrefrenable dicha de vivir y su agudo sentido del humor, con el que, como deber ser, solemos jalear todavía casi a diario nuestros mutuos egos) no apenas retornara como el salmón a su punto de partida sino que, mucho mejor, venía a reencontrar ahora en su flamante devenir tanto los yacimientos mismos de su legítimo impulso juvenil, al parecer nunca extinguidos, como el rico tesoro de experiencia viva en que venían a convertirse, ante sus ojos, que imagino asombrados, los que él mismo creía desperdiciados.

Deglutido durante casi un ventenio por el anonadante y obsesivo espejismo publicitario, no obstante había sobrevivido indemne como Jonás en el vientre de la Bestia, y ahora era capaz de devolverle a ella, golpe por golpe y a nosotros podía, felizmente, devolvernos también pasión por pasión, dolor por dolor, poesía por poesía.

Como el arpón de Ahab dirigiéndose cimbreando contra las fauces chorreantes de la Gran Muerte Blanca, como un explosivo de espléndido efecto retardado, en su Crepúsculo en América, la memoria –que también es un arma- ha estallado feroz después de tanto tiempo devorador y devorado, y la resaca hirviente de todo lo vivido viene a erguirse ahora como un esbelto y contradictorio geyser refrescante, incluso, liberador. Pero no surge a solas. Al filo mismo del instante, precisamente en el justo momento, en el momento preciso, la renacida precisión (hija legítima de la indignación y de la náusea) restalla ahora como un látigo, y los blasones del surrealismo bien cocido, a punto, resurgen para entonar la Marcha Fúnebre Triunfal contra todo Poder que se oponga a la poesía.

Recogiendo a la vez, y en ambos casos seguramente sin habérselo propuesto, el imborrable "NO" que Rubén Darío supo encajarle al peor de los Roosevelt, pero también ese hilo de oro y de baba incandescente que el indeleble Federico dejó encendido como otro reguero de pólvora en el espeso aroma de su Canto a Walt Whitman, la poesía vuelve a emerger aquí dusnuda para renegar de la miseria en que han querido amortajarla, y escupir ácidamente viva al rostro mismo de la iniquidad que al despreciarla se propuso negarla, aniquilarla, borrarla con su corte de esplendores y andrajos de la faz de la tierra.

Y yo imagino al mismo tiempo la alegría todavía húmeda y acaso temblorosa con que, ya inmortal ahora, porque pudo sobrevivir a esta forma de muerte, Julio Llinás habrá vuelto a sentir que resurgía también él, al hacerlo, por esos borbotones de su canto despellejado y desolado, ineludiblemente contagioso, por los sangrantes orificios mismos de las heridas candentes de ese pasado-presente de cuya vieja y seca piel no conseguía quizás hasta ahora desprenderse, aquella que lo deslumbró desde su primera juventud, con la bárbara inocencia de un esplendor de vida, de una estampida de salud: la ciencia natural de la poesía.

 

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MISERIA DE LA POESÍA

 

por Matías Néspolo

Revista BOCA DEL SAPO

Primavera-verano de 2000

 

 

El bueno de Hugo Friedrich definía la lírica moderna utilizando categorías negativas. Sano consejo.

Ante el escollo, si no se puede definir por lo que es, método sensato es atacar por lo más obvio, por aquello que no es. Y, sin duda, la de Llinás, no es una poesía edulcorada. No es una poesía inofensiva, una poesía domesticada. Poética del exceso, del desborde, no es fruto de un lenguaje despojado, parco o telegráfico.Es todo lo contrario.

La poesía de Llinás no es fotográfica, no es objetiva. Hay en Llinás un soberbio gesto de incomodidad, de inadecuación. Llinás desencaja, desentona con la actual y poco prometedora producción poética de estos lares, es decir con la miseria de la poesía. Incluido en su libro Sombrero de perro, el poema así intitulado es una afrenta directa, una diatriba descarnada y desafiante dirigida a los nuevos sacerdotes de la poesía descafeinada de la última década. Sospecho que en este gesto reside uno de sus méritos.

Gombrowicz detestaba la poesía pura. Esa poesía que la condensación y la disciplina formal han depurado de todo elemento antipoético. Aquella que oficia de última deidad, en cuyo altar sacrificamos libertad y autenticidad bajo el imperativo de la forma. ¿Será por eso que en los recitales de poesía se respira el respetuoso silencio y el recogimiento de una misa profana? Gombrowicz -decía- odiaba la mantequilla demasiado mantequillosa tanto como detestaba comer el azúcar a cucharadas. ¿Qué más exasperante acaso que soportar a un cantor demasiado convencido de lo sublime y alado de su propio canto?

Nada más alejado del tono desacralizado de Llinás. La de Llinás sería, según Witoldo, una poesía impura. Conjuga lo prosaico y lo poético en una atractiva mixtura. El humor que- honesto, parece no tomarse en serio a sí mismo-, lo anecdótico, el road movie, lo sórdido, el absurdo y un poco de ese bien cocinado surrealismo, son algunos de sus ingredientes.

Sin embargo, creo que aquí se me escapa un rasgo distintivo. Entre su obra en prosa y su obra poética, hay algunas correlaciones, algunas recurrencias. Núcleos temáticos, núcleos narrativos, episodios, anécdotas... se repiten en una y otra. Al parecer, la misma materia autobiográfica alimenta estas dos zonas de producción. Más allá de la ficcionalización del tratamiento literario, Julio Llinás trabaja siempre con el mismo material: su propia vida.

Este empecinamiento en lo vivencial, en la experiencia vivida, le ha dado sus buenos frutos; pero también entraña, creo vislumbrar, algunos riesgos. Desde esta óptica, su vida o su episódica vida –poco importa-, corre el riesgo de tornarse mera excusa de su obra.

Julio Llinás supo hacer, en un tiempo, un pacto fáustico con el diablo, con el mal a secas. El mal es el mundo del marketing y la publicidad. Y en su caso particular, tiene un corolario para nada despreciable, de dinero, gloria, reconocimiento internacional...

A este pacto le debemos hoy su último libro de poemas, Crepúsculo en América, fruto de su experiencia americana, de su exitoso periplo por la Nueva Roma en los días de gloria.

Demoró más de veinte años en recuperar su alma. Regresó a Itaca como un Odiseo, más sabio y menos viejo. Pero todo el mundo sabe que pactar con el diablo no es un juego de niños. Aún no cicatrizan las heridas que le deparó su riesgosa aventura.

En un poema de La Ciencia Natural (1959), libro por demás profético, el poeta, increpando a la Señora de alta pluma a riesgo de verla prostituida o vituperada, vaticinaba: mi corrupción hará la gloria de esa gran mañana.

 

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