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Sistema de Inteligencia Weiß: Plantas Insumisas
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Aya estacionó su auto frente a la tienda. Yoji se bajó inmediatamente y se dirigió hacia la puerta del negocio.
-Estás seguro, Yoji?- Aya le preguntó mientras cerraba la portezuela.
El castaño le guiñó un ojo. -Completamente.-
Los dos hombres bajaron las escaleras. El humo denso del incienso les acariciaba mientras seguían bajando. Un ave cantaba.
Al pie de la escalera, Yoji miró hacia la puerta, y luego miró a Aya. Éste le respondió con una mirada.
-Ah, pero que alegría!- dijo una voz, -Decidió volver!-
Yoji miró hacia su izquierda. Ahí estaba de el dueño, sonriente. Llevaba un traje bastante extravagante, con un dibujo de plumas de pavorreal, y un cinto azul. Su cabello negro le cubría el ojo dorado.
-Si, así es...- comenzó Yoji, -mi amigo quiere ver algunos animales.- Aya asintió.
D se mostró muy feliz. -Que bien! Sabe, señor? Usted trajo la buena suerte al negocio. Ayer tuve muchos pedidos, y hoy están llegando más.-
-Parece que eres su amuleto de la suerte...- dijo Aya, en tono de burla.
Yoji sonrió, tratando de entender porqué se había puesto mal, pero no lo logró. El chino era simplemente encantador. Parecía una adorable muñequita de porcelana que cualquiera querría tener en casa.
-Bien, pues bienvenidos....tengo que cortar una llamada telefónica, pero ya regreso.- dijo, mientras desaparecía detrás de las cortinas rojas.
El castaño comenzó a reparar en detalles que no había visto el día anterior. Las sillas donde se había sentado ayer estaban laqueadas en negro, haciendo juego con la mesa, que tenía incrustaciones de madre perla, formando un paisaje. Las avecillas canturreaban suavemente, y el incienso tenía un aroma delicioso. Las cortinas se veían suaves y tibias. Había una estela de perfume de flores que D había dejado. Rosas rojas, jazmines y gardenias...un toque de menta y otro aroma muy dulce...podría ser la misma piel del Conde...
Yoji se sobresaltó al darse cuenta de lo que había pensado y volteó a mirar a Aya, quien miraba con curiosidad las paredes, cubiertas de tapices bordados. -Es un lugar muy opulento para ser una tienda de mascotas...- se cruzó de brazos, -este chino debe tener mucho dinero.-
Yoji asintió. -No entiendo que me pasó ayer. Es adorable.-
Aya se rió ligeramente, lo cual sorprendió a Yoji. -El lugar o el chino?-
El castaño miró a su compañero, sin terminar de entender. -Qué?-
-Que si es el lugar o el chino lo que es adorable...
-A que te refieres?
-A nada, Kudou...a nada...
Yoji miró a Aya sin querer entender. El lugar, claro. El hablaba del lugar. Algo le molestó.
-De acuerdo...el chino también. Pero es porque parece muñeca.
-Ajá.
-En serio.
-Si, entiendo...
Yoji no contestó. Si, era porque parecía mujer....porqué más?
Las cortinas se movieron, y detrás de ellas apareció D. -Disculpen...que apena mucho haberlos hecho esperar.- D les ofreció una cálida sonrisa. -Que es lo que desean ver?-
Aya señaló unas cortinas. -Que hay ahí?-
-Una serpiente...- D cruzó el salón, dirigiéndose hacia las cortinas. -El cliente no quedó satisfecho y la devolvió...-
El Conde abrió las cortinas y dio unos pasos más hacia una pecera bastante grande. Levantó la tapa y metió el brazo sin mayor complicación. Una serpiente de color obscuro se le enredó en el brazo y posó su cabeza en el hombro de D.
-En una cobra negra de la India....
Aya y Yoji hicieron un gesto de terror. D se rió.
-Calma! La pobrecita no tiene veneno. Un hombre quiso matarla y la lastimó...ahora ya no puede envenenar a nadie, así que está indefensa...pobre pequeña...- D le acarició la cabeza a la serpiente, que siseó.
Los otros dos hombres se miraron muy contrariados.
D dejó a la cobra en su pecera y puso la tapa. Luego cerró las cortinas y caminó hacia Aya.
-Veo que no les agradan las serpientes...tal vez...un ave?
Aya asintió. -Si, prefiero las aves. Gracias.-
-Entonces venga...hay unas muy lindas por aquí....-
D llevó a Aya y a Yoji detrás de otra cortina. Había unas cincuenta jaulas doradas de diferentes tamaños, todas llenas de aves de colores. Había aves muy comunes y otras que ellos jamás habían visto.
Aya le hizo un gesto a Yoji para que hiciera su parte del plan. Yoji asintió.
-Conde,- comenzó el hombre de cabellos ondulados, -tiene algo para mi?-
D miró a Yoji, sonriente. -De hecho...si...venga conmigo.-
Yoji asintió y siguió a D, quien se dirigió hacia el recibidor de la tienda.
D estaba a punto de llevarlo a un mostrador con cosas para gatos.
-Ya sabe a que me refiero, Conde...- dijo Yoji, mirando la puerta roja en la esquina de la sala.
-No parecía estar interesado.
-Lo pensé mejor, Conde...
-De acuerdo...sígame entonces...su amigo estará bien con las aves...
El tono de D era el mismo del día anterior.
D caminó hacia la puerta. Cuando llegó frente a ella sacó de una de las mangas de su traje una larga llave dorada. La introdujo en la cerradura, girándola. Finalmente, empujó suavemente la puerta, que se abrió de par en par.

Yoji trató de distinguir algo entre la nube de incienso que llenaba la sala que acababa de ser abierta.
-Venga conmigo...- dijo D, mientras bajaba unas escaleras.
Yoji obedeció.
La sala era inmensa, mucho más opulenta que la anterior. Había varias sillas y mesas, y ninguna ventana.
-Acaso es un salón de opio?- preguntó Yoji.
-Esta es solo una tienda de mascotas...-comenzó D, con voz aterciopelada, -y solo vendemos mascotas, amor y sueños...-
Amor y sueños?
D siguió caminando con Yoji detrás de el. Finalmente, llegaron frente a un sofá rodeado de cortinas. Algo se movía detrás de ellas.
-Qué es?- el castaño no distinguía nada tras la gasa de las cortinas.
D lo miró traviesamente. -Le agradará. Créame.-
El chino abrió las cortinas.
Yoji miró lo que había sentado en el sofá, sin creerlo.
-Linda mascota, no?- la voz de D se perdió en el aire.
Con los ojos fijos en la 'mascota', Yoji profirió un grito de angustia, y, al mismo tiempo, de dolor. Un profundo dolor.