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La Vida De Lazarillo De Tormes
Y De Sus Fortunas Y Adversidades
 
PRÓLOGO

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de
muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo
que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite; y a este propósito dice Plinio que no hay
libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos
unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello. Y así vemos cosas tenidas en poco de
algunos, que de otros no lo son. Y esto, para que ninguna cosa se debría romper ni echar a mal, si
muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y
pudiendo sacar della algún fruto; porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues
no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que
vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben; y a este propósito dice Tulio: “La honra cría las
artes.” ¿Quién piensa que el soldado, que es primero del escala, tiene más aborrecido el vivir? No,
por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro; y así, en las artes y letras es lo
mesmo. Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas;
mas pregunten a su merced si le pesa cuando le dicen: “¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho
vuestra reverencia!” Justó muy ruinmente el señor don Fulano, y dio el sayete de armas al truhán,
porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas. ¿Qué hiciera si fuera verdad?

Y todo va desta manera: que confesando yo no ser más santo que mis vecinos, desta nonada, que
en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en
ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.

Suplico a vuestra M. reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico si su poder y
deseo se conformaran. Y pues V.M. escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso,
parecióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona,
y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna
fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando,
salieron a buen puerto.
 
 

TRATADO PRIMERO

Cuenta Lázaro su vida, y cuyo hijo fue

Pues, sepa vuestra merced ante todas cosas, que a mi llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé
González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro
del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios
perdone, tenia a cargo de proveer una molienda de una aceña, que esta ribera de aquel río, en la
cual fue molinero mas de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mi,
tomóla el parto y parióme allí; de manera, que con verdad me puedo decir nacido en el río. Pues
siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de
los que allí a moler venían, por lo cual fue preso, y confesó, y no negó, y padeció persecución por
justicia. Espero en Dios, que está en la gloria; pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este
tiempo se hizo cierta armada contra moros entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba
desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue; y con su
señor, como leal criado, feneció su vida.

Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos, por ser
uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos
estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de
manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias
curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venia a nuestra casa, y se iba a la mañana;
otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al
principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viéndole el color y mal gesto que tenía;
mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan,
pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos. De manera que, continuando la
posada y conversación, mi madre vino a darme dél un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y
ayudaba a acallar. Y acuerdóme que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo,
como el niño veía a mi madre y a mi blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y
señalando con el dedo decía: “¡mamá, coco!”

Y él respondió riendo: “¡Hideputa!”

Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mi:

“¡Cuantos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!”.

Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del
mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada que para las bestias le
daban hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles y las mantas y sábanas de los caballos hacía
perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre
para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo, ni de un fraile, porque el uno hurta de
los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre
esclavo el amor le animaba a esto. Y probósele cuanto digo y aún mas, porque a mi con amenazas
me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas
herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí. Al triste de mi padrastro azotaron y
pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa
del sobredicho comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.

Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia, y por evitar peligro y
quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente viv&iac>  


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na; y allí,
padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico, hasta que supo andar. Ya yo era
buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me
pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual
por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor
hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mi, pues era huérfano. Él
respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y a
adestrar a mi nuevo y viejo amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su
contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos
llorando, me dio su bendición, y dijo:

“Hijo, ya sé que no te veré mas. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he, y con buen amo
te he puesto. Válete por ti.”

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y llegando a la puente,
está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que
llegase cerca del animal y allí puesto, me dijo:

“Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél.”

Yo simplemente llegué, creyendo ser así; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó
recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el
dolor de la cornada, y dijóme:

“ Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo”, y rió mucho la
burla.

Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije
entre mí:

“Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues soy solo, y pensar como me sepa
valer.”

Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen
ingenio, holgábase mucho, y decía:

“Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.”

Y fue así, que después de Dios éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la
carrera de vivir. Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías para mostrar cuanta virtud sea
saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.

Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced sepa que desde que Dios
crió el mundo, ninguno formó mas astuto ni sagaz. En su oficio era un águila; ciento y tantas
oraciones sabía de coro: un tono bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde
rezaba, un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer
gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer. Allende desto, tenía otras mil formas y
maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres
que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran mal casadas, que sus maridos las
quisiesen bien; echaba pronósticos a las preñadas, si traía hijo o hija. Pues en caso de medicina,
decía que Galeno no supo la mitad que él para muelas, desmayos, males de madre. Finalmente,
nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le decía: “Haced esto, haréis estotro, coged tal
yerba, tomad tal raíz.“ Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto
les decía creían. Destas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba mas en un
mes que cien ciegos en un año.

Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría y tenía, jamas tan
avariento ni mezquino hombre vi, tanto que me mataba a mi de hambre, y a si no me demediaba de
lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces
me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contraminaba de tal suerte que siempre, o las
mas veces, me cabía lo mas y mejor. Para esto le hacia burlas endiabladas, de las cuales contaré
algunas, aunque no todas a mi salvo.

El traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con una
argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacallas, era con tanta
vigilancia y tanto por contadero, que no bastara hombre en todo el mundo hacerle menos una
migaja; mas yo tomaba aquella lacería que él me daba, la cual en menos de dos bocados era
despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que yo estaba
entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel
descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos
pedazos, torreznos y longaniza; y así buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la
endiablada falta que el mal ciego me faltaba. Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias
blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como el carecía de vista, no había el que
se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por
presto que el echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio.
Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego la conocía y sentía que no era blanca entera, y
decía:

“¿Que diablos es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y de antes
una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar la desdicha.”

También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía mandado que en
yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por cabo del capuz. Yo así lo hacia. Luego él tornaba a
dar voces, diciendo: “¿Mandan rezar tal y tal oración!?”, como suelen decir.

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par
de besos callados y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y por
reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido; mas no
había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel
menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas
noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó
propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y atapábale con la mano, y así bebía seguro. Yo,
como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba
ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una
muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las
piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego
derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de
tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada:
espantábase, maldecía, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo que podía ser.

“No direis, tío, que os lo bebo yo - decía -, pues no le quitáis de la mano.”

Tantas vueltas y tientos dio al jarro que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si
no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el
daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía, estando
recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacía el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor
gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza
y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi
boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada
desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me
pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me
desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la cara,
rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.

Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que
se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del tarro me
había hecho, y sonriéndose decía: “¿Que te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud”,
y otros donaires que a mi gusto no lo eran.

Ya estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a pocos golpes tales el
cruel ciego ahorraría de mi, quise yo ahorrar dél; mas no lo hice tan presto por hacello más a mi
salvo y provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el
maltratamiento que el maol ciego dende allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería,
dándome coscorrones y repelándome. Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego
contaba el cuento del jarro diciendo:

“¿Pensareis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.”

Santiguándose los que lo oían, decían: “¡Mira, quien pensara de un muchacho tan pequeño tal
ruindad!”, y reían mucho el artificio, y deciánle: “Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habreís.”

Y él con aquello nunca otra cosa hacía. Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y
adrede, por le hacer mal y daño: si había piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo
no iba por lo más enjuto, holgábame a mi de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía.
Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de
tolondrones y pelado de sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar
mejor camino, no me aprovechaba ni me creía mas: tal era el sentido y el grandísimo entendimiento
del traidor.

Y por que vea V.M. a cuánto se extendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos
que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos
de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no
muy limosnera. Arrimábase a este refrán: “Mas da el duro que el desnudo.” Y venimos a este
camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no,
a tercero día hacíamos San Juan.

Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador
le dio un racimo dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva
en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel
tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, así por no lo poder llevar
como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un
valladar y dijó:

“Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y
que hayas dél tantas partes como yo. Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con
tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo hré lo mesmo hasta que lo acabemos, y
desta suerte no habrá engaño.”

Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance el traidor mudó de propósito y
comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él
quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos y tres a
tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y
meneando la cabeza dijó:

“Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.”

“No comí, dije yo, mas ¿por qué sospecháis eso?”.

Respondió el sagacísimo ciego:

“¿Sabes en qué veo que las comiste de tres en tres? En que comía yo dos a dos y callabas.”

Reíme entre mí, y aunque mochacho noté mucho la discreta consideración del ciego.

Mas por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi
primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con él acabar.

Estábamos en Escalona, villa del duque della, en yn mesón, y dióme un pedazo de longaniza que la
asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y
mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual,
como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y
ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese
sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la
longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué me podría suceder,
pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el
dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual mi amo,
dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser
cocido por sus deméritos había escapado.

Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé al pecador del
ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aun no había conocido por no lo
haber tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas, pensando también
llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo. Alterose y dijo:

“¿Que es esto, Lazarillo?”

“¡Lacerado de mí, dije yo ¿Si queréis a mí echar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno
estaba ahí, y por burlar haría esto.”

“No, no, dijo él, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.”

Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambió; mas poco me aprovechó,
pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse y asióme por la cabeza, y
llegóse a olerme; y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la
verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su
derecho y desatentadamente mentía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el
enojo se habían augmetado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla. Y con esto y con el
gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aun no había hecho asiento
en el estomago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidisima nariz medio cuasi
ahogándome, todas estas cosa se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y
lo suyo fuese devuelto a su dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su
trompa, tal alteración sintió mi estomago que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la
negra malmascada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.

¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje
del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de
entre sus manos, dejandoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y
rascuñado el pescuezo y la garganta; y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas
persecuciones.

Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra
vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande
que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire
recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que
hacía sinjusticia en no se las reir.

Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me
maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino
estaba andado; que con sólo apretar los dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel
malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas
pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.
Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le había traído,
laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:

“Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año quie yo bebo en dos. A lo
menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino
mil te ha dado la vida.”

Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba.

“Yo te digo - dijo - que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú.”

Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no
salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquél hombre, que sin duda debia
tener espíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué,
considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante V.M. oíra.

Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como
lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmelo más. Y fue así,
que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y
porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había,
donde no nos mojamos; mas como la noche se venía y el llover no cesaba, dijóme el ciego:

“Lázaro, esta agua es muy porfiada, y en cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la
posada con tiempo.”

Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:

“Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin nos mojar,
porque se estrecha allí mucho y saltando pasaremos a pie enjuto.”

Parecióle buen consejo y dijo:

“Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que
agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.”

Yo, que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales, y llevélo derecho a un pilar o
poste de piedra que en la plaza estaba, sobre la cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas
casa, y dígole:

“Tío, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay.”

Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima
de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme
dél venganza), creyóse de mí y dijo:

“Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo.”

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste como quien
espera tope de toro, y díjele:

“¡Sus! Saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua.”

Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón, y de toda
su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza
en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás, medio
muerto y hendida la cabeza.

“¿Cómo, y olistes la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé!” - le dije yo.

Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la villa en los
pies de un trote, y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios dél
hizo, ni curé de lo saber.
 
 

TRATADO SEGUNDO

Como Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó

Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me
toparon mis pecados con un clérigo que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a
misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el
pecador del ciego, y una dellas fue esta. Finalmente, el clérigo me recibió por suyo. Escapé del
trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la
mesma avaricia, como he contado. No digo mas sino que toda la laceria del mundo estaba
encerrada en éste. No sé si de su cosecha era, o lo había anexado con el hábito de clerecía.

Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque, y en
viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornada a cerrar el arca. Y en
toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras; algún tocino colgado al
humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de
pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que aunque dello no me aprovechara, con la vista
dello me consolara. Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave en una cámara en lo alto
de la casa. Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días; y cuando le pedía la llave para ir
por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y
me la daba diciendo: “Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar”, como si debajo della
estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la
otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por
malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba
de hambre. Pues, ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne
era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía conmigo del caldo, que de la carne, ¡tan
blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara! Los sábados cómense
en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía
y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos
los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo: “Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo.
Mejor vida tienes que el Papa”. “¡Tal te la dé Dios!”, decía yo paso entre mi.

Al cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las
piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no lo remediaran. Para
usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en que dalle salto; y aunque algo hubiera, no podía
cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque
astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista
tuviese como él tenía. Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía que no era
dél registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco
como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta; y acabado el ofrecer, luego
me quitaba la concheta y la ponía sobre el altar. No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo
que con él viví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino, mas aquel
poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la
semana, y por ocultar su gran mezquindad decíame: “Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy
templados en su comer y beber y por esto yo no me desmando como otros.”

Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena
comía como lobo y bebía más que un saludador. Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone,
que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y
me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos
sacramento a los enfermos, especialmente la extrema unción, como manda el clérigo rezar a los que
están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba
al Señor, no que la echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase
de aqueste mundo. Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le
daba al diablo, y el se moría otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo
que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas bien creo que las
maté yo o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque viendo el Señor mi rabiosa y continua
muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía,
remedio no hallaba, que si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por
quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cuotidiana hambre, mas lo sentía. De manera que
en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí como para los otros deseaba
algunas veces; mas no la vía, aunque estaba siempre en mí.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo dejaba: la primera por no
me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra,
consideraba y decía: “Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole,
topé con estotro, que me tiene ya con ella en la sepultura. Pues si deste desisto y doy en otro más
bajo, ¿Que será sino fenecer?” Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los
grados había de hallar más ruines; y a abajar otro punto, no sonará Lázaro ni se oyera en el mundo.

Pues, estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar della a todo fiel cristiano, y sin saber darme
consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera
del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la
mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar. “En mí teníades bien que hacer,
y no haríades poco si me remediásedes”, dije paso, que no me oyó; mas como no era tiempo de
gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu Santo, le dije: “Tío, una llave de este arca he
perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna que le
haga, que yo os lo pagaré.” Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que
dellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes,
como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz; y, abierto, díjele: “ Yo no tengo dineros que os dar
por la llave, mas tomad de ahí el pago.” Él tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció, y
dándome mi llave se fue muy contento, dejándome mas a mí. Mas no toqué en nada por el presente,
porque no fuese la falta sentida, y aun, porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre
no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel
había llevado.

Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal, y tomo entre las manos y dientes un bodigo,
y en dos credos le hice invisible, no se me olvidando el arca abierta; y comienzo a barrer la casa con
mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida. Y así
estuve con ello aquel día y otro gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel
descanso, porque luego al tercero día me vino la terciana derecha, y fue que veo a deshora al que
me mataba de hambre sobre nuestro arcaz volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar
los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía: “¡San Juan y
ciégale!” Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo: “Si
no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado della panes; pero de hoy
más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta de ellos: nueve quedan y un
pedazo.” “¡Nuevas malas te dé Dios!” dije yo entre mí.

Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme el estomago a
escarbar de hambre, viéndose en la dieta pasada. Fue fuera de casa; yo, por consolarme, abro el
arca, y como vi el pan, comencélo a adorar, no osando recibillo. Contélos, si a dicha el lacerado se
errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos
mil besos y, lo más delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba; y con
aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado.

Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o
tres días ya dichos, moría mala muerte; tanto que otra cosa no hacía en viéndome solo sino abrir y
cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas el mesmo Dios,
que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo a mi memoria un pequeño remedio; que,
considerando entre mí, dije: “Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque
pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo
entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre.”

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban; y tomo uno
y dejo otro, de manera que en cada cual de tres o cuatro desmigajé su poco; después como quien
toma gragea, lo comí, y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal
pesar, y sin dubda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy al propio
contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole ciertos
agujeros por do sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo: “¡Lázaro! ¡Mira, mira qué
persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!” Yo híceme muy maravillado, preguntándole
qué sería. “¡Que ha de ser!, dijo él, ratones, que no dejan cosa a vida.”

Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien, que me cupo más pan que la lacería
que me solía dar, porque rayó con cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo: “Cómete eso,
que el ratón cosa limpia es.”

Y si aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas, por mejor decir,
acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle
andar solícito, quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró
todos los agujeros de la vieja arca.

“¡Oh, Señor mío! - dije yo entonces - , ¡a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los
nacidos, y cuan poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí que pensaba con
este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que alegre y de buena
ventura; mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más
diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquella
carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, ciérrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis
trabajos.”

Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos y tablillas dio fin a sus
obras, diciendo: “Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta casa
mala medra tenéis.”

De que salió de su casa, voy a ver la obra y hallé que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun
por donde le pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanzas de
sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados, y dellos
todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgrimidor diestro. Como la
necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta, siempre, noche y día, estaba pensando la
manera que ternía en sustentar el vivir; y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la
hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa y al contrario con la hartura, y así era por cierto
en mí.

Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando como me podría valer y
aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos
resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito y, habiendo en el
día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le
hallase, voyme al triste arcaz, y por do había mirado tener menos defensa le acometí con el cuchillo,
que a manera de barreno dél usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin
fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió, y consintió en su costado por
mi remedio un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca y, al tiento, del pan que
hallé partido hice según deyuso está escrito. Y con aquello un tanto consolado, tornando a cerrar,
me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacía mal, y echabálo al no
comer; y así sería, porque cierto en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los cuidados del
rey de Francia.

Otro día fue por el señor mi amo visto el daño así del pan como del agujero que yo había hecho, y
comenzó a dar a los diablos los ratones y decir:

“¿Que diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa sino agora!”

Y sin dubda debía de decir verdad; porque si casa había de haber en el reino justamente de ellos
privilegiada, aquélla de razón había de ser, porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna
a buscar clavos por la casa y por las paredes y tablillas a atapárselos. Venida la noche y su reposo,
luego era yo puesto en pie con mi aparejo, y cuantos el tapaba de día, destapaba yo de noche. En
tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin dubda por esto se debió decir: “Donde una puerta se
cierra, otra se abre.” Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues cuánto él tejía
de día, rompía yo de noche; ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma, que
quien quisiera propiamente della hablar, más corazas viejas de otro tiempo que no arcaz la llamara,
según la clavazón y tachuelas sobre sí tenía.

De que vio no le aprovechar nada su remedio, dijo:

“Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón a quien se
defienda; y va ya tal que, si andamos más con él, nos dejará sin guarda; y aun lo peor, que aunque
hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El mejor
remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré por dentro a estos ratones malditos.”

Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el
gato estaba armado dentro del arca, lo cual era para mi singular auxilio; porque puesto casoque yo
no había menester muchas salsas para comer, todavia me holgaba con las cortezas del queso que de
la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.

Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al
diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no caer ni
quedar dentro el ratón, y hallar caída la trampilla del gato. Acordaron los vecinos no ser el ratón el
que este daño hacía, porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:

“En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe ser sin dubda. Y lleva
razón que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no
entre toda dentro, tórnase a salir.”

Cuadró a todos lo que aquél dijo, y alteró mucho a mi amo; y dende en adelante no dormía tan a
sueño suelto, que cualquier gusano dela madera que de nochesonase, pensaba ser la culebra que le
roía el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello le
dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A
los vecinos despertaba con el estruendo que hacía y a mí no me dejaba dormir. Ïbase a mis pajas y
trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi
sayo, porque le decían que de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas
donde están criaturas y aun mordellas y hacerles peligrar. Yo las más veces hacía del dormido, y en
las mañas decíame él:

“Esta noche , mozo, ¿no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti
a la cama, que son muy frías y buscan calor.”

“Plega a Dios que no me muerda - decía yo - , que harto miedo le tengo.”

Desta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra (o culebro, por
mejor decir) no osaba roer de noche ni levantarse el arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia o
por el lugar, hacía mis saltos: los cuales daños viendo él y el poco remedio que les podía poner,
andaba de noche, como digo, hecho trasgo.

Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas tenía,
y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca. Poque ya, desde que viví con el ciego, la
tenía tan hecha bolsa,que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias
blancas, sin que me estorbasen el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca que el
maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a
menudo. Pues así, como digo, metía cada noche la llave en la boca, y dormía sin recelo que el brujo
de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha de venir, por demás es diligencia.

Quisieron mis hados, o por mejor decir mis pecados, que una noche que estaba durmiendo, la llave
se me puso en la boca, que abierta debía tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que yo
durmiendo echaba salía por lo hueco de la llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre
quiso, muy recio, de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó y creyó sin duda ser el silbo
de la culebra; y cierto lo debía parecer.

Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó a mí con
mucha quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vio, pensó que allí en las pajas do
yo estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y
darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe,
que si ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero golpe, contaba
él que se había llegado a mí y dándome grandes voces, llamándome, procuró recordarme. Mas
como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba y conoció el daño que me
había hecho, y con mucha priesa fue a buscar lumbre. Y llegando con ella, hallóme quejando,
todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que
debía estar al tiempo que silbaba con ella.

Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla, sacándomela del todo de la
boca, y vio lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba Debió de decir el cruel
cazador: “El ratón y culebra que me daban guerra y me comían mi hacienda he hallado.”

De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la
ballena; mas de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el cual a
cuantos allí venían lo contaba por extenso.

A cabo de tres días yo torné en mi sentido y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada y
llena de aceites y ungüentos y, espantado, dije: “¿Que es esto?”

Respondióme el cruel sacerdote:

“A fe, que los ratones y culebras que me destruían ya los he cazado.”

Y miré por mí, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal.

A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos, y comiénzanme a quitar trapos de la
cabeza y curar el garrotazo. Y como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:

“Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.”

Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto
dierónme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar. Y así, de poco
en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro, mas no sin hambre, y medio sano.

Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera y,
puesto en la calle, díjome:

“Lázaro, de hoy eres más tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi
compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.”

Y santiguándose de mí como si yo estuviera endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su
puerta.
 

TRATADO TERCERO

Cómo Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él

Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza y, poco a poco, con ayuda de las buenas
gentes di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde con la merced de Dios dende a quince
días se me cerró la herida; y mientras estaba malo, siempre me daban algunas limosnas, mas
después que estuve sano, todos me decían:

“Tú, bellaco y gallofero eres. Busca, busca un amo a quien sirvas.”

“¿Y adónde se hallará ése - decía yo entre mí - si Dios agora de nuevo, como crió el mundo, no le
criase?

Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio, porque ya la caridad se
subió al cielo, topóme Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien
peinado, su paso y compás en orden. Miróme, y yo a él, y díjome:

“Mochacho, ¿buscas amo?”

Yo le dije: “Si, señor.”

Pues vente tras mí - me respondió - que Dios te ha hecho merced en topar conmigo. Alguna buena
oración rezaste hoy.”

Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me parecía, según su hábito y
continente, ser el que yo había menester.

Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad.
Pasábamos por las plazas do se vendía pan y otras provisiones. Yo pensaba y aun deseaba que allí
me quería cargar de lo que se vendía, porque esta era propia hora cuando se suele proveer de lo
necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas. “Por ventura no lo ve aquí a su contento
- decía yo - y querrá que lo compremos en otro cabo.”

Desta manera anduvimos hasta que dio las once. Entonces se entró en la iglesia mayor, y tras él, y
muy devotamente le vi oír misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado y la gente ida.
Entonces salimos de la iglesia.

A buen paso tendido comenzamos a ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver
que no nos habíamos ocupado en buscar de comer. Bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo
amo, que se proveía en junto, y que ya la comida estaría a punto tal y como yo la deseaba y aun la
había menester.

En este tiempo dio el reloj la una después de mediodía, y llegamos a una casa ante la cual mi amo se
paró, y yo con él; y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la
manga y abrió su puerta y entramos en casa; la cual tenía la entrada oscura y lóbrega de tal manera
que parece que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño
y razonables cámaras.

Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si tenía las manos limpias, la
sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Y hecho
esto, sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de donde era y cómo había venido a
aquella ciudad; y yo le di más larga cuenta que quisiera, porque me parecía más conveniente hora de
mandar poner la mesa y escudillar la olla que de lo que me pedía. Con todo eso, yo le satisfice de mi
persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no
ser para en cámara.

Esto hecho, estuvo así un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos y no le ver más
aliento de comer que a un muerto. Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con
llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo había visto eran
paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras:
finalmente, ella parecía casa encantada. Estando así, díjome:

“Tú, mozo, ¿has comido?”

“No, señor - dije yo - , que aún no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.”

“Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, y cuando así como algo, hágote saber que hasta la
noche me estoy así. Por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.”

Vuestra Merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de
hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se representaron de nuevo
mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la consideración que hacía
cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado y mísero, por
ventura toparía con otro peor: finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte
venidera. Y con todo, disimulando lo mejor que pude: “Señor, mozo soy que no me fatigo mucho
por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y
así fui yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.”

“Virtud es ésa - dijo él - y por eso te querré yo más; porque el hartar es de los puercos y el comer
regladamente es de los hombres de bien.”

“¡Bien te he entendido! - dije yo entre mí - ¡maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis
amos que yo hallo hallan en la hambre!”

Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los
de por Dios. él, que vio esto, díjome:

“Ven acá, mozo. ¿Que comes?”

Yo lleguéme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo, de tres que eran el mejor y más grande,
y díjome:

“Por mi vida, que parece éste buen pan.”

“¡Y cómo! ¿Agora - dije yo - señor, es bueno?”

“Si, a fe - dijo él - ¿Adonde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?”

“No sé yo eso - le dije - ; mas a mí no me pone asco el sabor dello.”

“Así plega a Dios” - dijo el pobre de mi amo.

Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en lo otro.

“Sabrosísimo pan está - dijo - , por Dios.”

Y como le sentí de que pie coxqueaba, dime priesa, porque le vi en disposición, si acabara antes
que yo, se comediría a ayudarme a lo que me quedase; y con esto acabamos casi a una. Y mi amo
comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le
habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy
nuevo, y desque hubo bebido convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije:

“Señor, no bebo vino.”

“Agua es, - me respondió - Bien puedes beber.”

Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Así estuvimos hasta la
noche, hablando en cosas que me preguntaba, a las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este
tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome:

“Mozo, párate allí y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante.”

Púseme de un cabo y él del otro y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer,
porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa que, por no estar
muy continuada a lavarse, no parecía colchón, aunque servía dél, con harta menos lana que era
menester. Aquél tendimos, haciendo cuenta de ablandalle, lo cual era imposible, porque de lo duro
mal se puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenía dentro de sí, que puesto
sobre el cañizo todas las cañas se señalaban y parecían a lo propio entrecuesto de flaquísimo
puerco; y sobre aquel hambriento colchón un alfamar del mesmo jaez, del cual el color yo no pude
alcanzar. Hecha la cama y la noche venida, díjome:

“Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay gran trecho. También en esta ciudad andan muchos
ladrones que siendo de noche capean. Pasemos como podamos y mañana, venido el día, Dios hará
merced; porque yo, por estar solo, no estoy proveído, antes he comido estos días por allá fuera,
mas agora hacerlo hemos de otra manera.”

“Señor, de mí - dije yo - ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche y aun más, si
es menester, sin comer.”

“Vivirás más y más sano - me respondió - , porque como decíamos hoy, no hay tal cosa en el
mundo para vivir mucho que comer poco.”

“Si por esa vía es - dije entre mí -, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza,
y aun espero en mi desdicha tenella toda mi vida.”

Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón, y mandóme echar a sus pies, lo
cual yo hice; mas ¡maldito el sueño que yo dormí! Porque las cañas y mis salidos huesos en toda la
noche dejaron de rifar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi
cuerpo no había libra de carne; y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de
hambre, la cual con el sueño no tenía amistad. Maldíjeme mil veces - ¡Dios me lo perdone! - y a mi
ruin fortuna, allí lo más de la noche, y (lo peor) no osándome revolver por no despertalle, pedí a
Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida, levantándonos, y comienza a limpiar y sacudir sus calzas y jubón y sayo y capa -
y yo que le servía de pelillo - y vístese muy a su placer de espacio. Echéle aguamanos, peinóse y
puso su espada en el talabarte y, al tiempo que la ponía díjome:

“¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese.
Mas así, ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los
tiene.”

Y sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo:

“¿Veslas aquí? Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana.”

Y yo dije entre mí: “Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.”

Tornóla a meter y ciñósela y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el
cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando al cabo de la capa
sobre el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la
puerta diciendo:

“Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama, y ve por la vasija de agua al
río, qué aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque
si yo viniere en tanto pueda entrar.”

Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara
ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.

“¡Bendito seáis vos, Señor - quedé yo diciendo - , que dais la enfermedad y ponéis el remedio!
¿Quien encontrara a aquel mi señor que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien
cenado y dormido en buena cama, y aun agora es de mañana, no le cuenten por muy bien
almorzado? ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes ignoran! ¿A quien no
engañara aquella buena disposición y razonable capa y sayo, y quién pensara que aquel gentil
hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trujo
un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose
las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir de la halda del sayo? Nadie por cierto lo
sospechara. ¡Oh señor, y cuántos de aquéstos debéis vos tener por el mundo derramados, que
padecen por la negra que llaman honra lo que por vos no sufrirían!”

Así estaba yo a la puerta, mirando y considerando estas cosas y otras muchas, hasta que el señor mi
amo transpuso la larga y angosta calle, y como lo vi transponer, tornéme a entrar en casa, y en un
credo la anduve toda, alto y bajo, sin hacer represa ni hallar en qué. Hago la negra dura cama y
tomo el jarro y doy conmigo en el río, donde en una huerta vi a mi amo en gran recuesta con dos
rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta, antes muchas tienen por
estilo de irse a las mañanicas del verano a refrescar y almorzar sin llevar qué por aquellas frescas
riberas, con confianza que no ha de faltar quién se lo dé, según las tienen puestas en esta costumbre
aquellos hidalgos del lugar.

Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías, diciéndoles más dulzuras que Ovidio escribió.
Pero como sintieron dél que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de
almorzar con el acostumbrado pago. Él, sintiéndose tan frío de bolsa cuanto estaba caliente del
estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó a turbarse en la plática y a
poner excusas no validas. Ellas, que debían ser bien instituidas, como le sintieron la enfermedad,
dejáronle para el que era.

Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné, con mucha
diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné a casa, de la cual pensé barrer alguna
parte, que era bien menester, mas no hallé con qué. Púseme a pensar que haría, y parecióme
esperar a mí amo hasta que el día demediase y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos;
mas en vano fue mi experiencia.

Desque vi ser las dos y no venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la llave do
mandó, y tórnome a mi menester. Con baja y enferma voz e inclinadas mis manos en los senos,
puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas
más grandes que me parecía. Mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir
que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí que, aunque en este pueblo
no había caridad ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me dí que, antes que el reloj diese
las cuatro, yo ya tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo y más de otras dos en las
mangas y senos. Volvíme a la posada y al pasar por la tripería pedí a una de aquellas mujeres, y
diome un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas.

Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y
él paseándose por el patio. Como entró, vínose para mí. Pensé que me quería reñir la tardanza, mas
mejor lo hizo Dios. Preguntóme do venía. Yo le dije:

“Señor, hasta que dio las dos estuve aquí, y de que vi que V.M. no venía, fuime por esa ciudad a
encomendarme a las buenas gentes, y hanme dado esto que veis.”

Mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo cual el mostró buen semblante y
dijo:

“Pues esperado te he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú haces como hombre de
bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo, y así Él me ayude como ello me parece
bien. Y solamente te encomiendo que no sepan que vives conmigo, por lo que toca a mi honra,
aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido. ¡Nunca a él yo
hubiera de venir!”

“De eso pierda, señor, cuidado - le dije yo - , que maldito aquél que ninguno tiene de pedirme esa
cuenta ni yo de dalla.”

“Agora pues, come, pecador. Que, si a Dios place, presto nos veremos sin necesidad; aunque te
digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido. Debe ser de mal suelo, que hay
casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ella pegan la desdicha. Ésta debe de ser sin
dubda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella aunque me la den por mía.”

Sentéme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por glotón, callé la merienda; y comienzo a cenar
y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía
sus ojos de mis faldas, que aquella sazón servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo
había dél, porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día.
Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temíame
no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su trabajo del mío, y se
desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi
hambre.

Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque, como comencé a comer y él se
andaba paseando, llegóse a mí y díjome:

“Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo
verá hacer que no le pongas gana aunque no la tenga.”

“La muy buena que tú tienes - dije yo entre mí - te hace parecer la mía hermosa.”

Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele:

“Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo y esta uña de vaca tan bien
cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.”

“¿Uña de vaca es?”

“Si, señor.”

“Dígote que es el mejor bocado del mundo, que no hay faisán que así me sepa.”

“Pues pruebe, señor, y verá que tal está.”

Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco y asentóseme al lado, y
comienza a comer como aquel que lo había a gana, royendo cada huesecillo de aquéllos mejor que
un galgo suyo lo hiciera.

“Con almodrote - decía - es este singular manjar.”

“Con mejor salsa lo comes tú”, respondí yo paso

“Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.”

“¡Así me vengan los buenos años como es ello.” - dije yo entre mí.

Pidióme el jarro de agua y díselo como lo había traído. Es señal que, pues no le faltaba el agua, que
no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuimos a dormir como la
noche pasada.

Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana
con aquel contento y paso contado a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una
cabeza de lobo. Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que
había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien no solo no me mantuviese, mas a quien
yo había de mantener.

Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lastima que enemistad;
y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal. Porque una mañana,
levantándose el triste en camisa, subió a lo alto de la casa a hacer sus menesteres, y en tanto yo, por
salir de sospecha, desenvolvíle el jubón y las calzas que a la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de
terciopelo raso hecha cien dobleces y sin maldita la blanca ni señal que la hobiese tenido mucho
tiempo.

“Éste - decía yo - es pobre y nadie da lo que no tiene. Mas el avariento ciego y el malaventurado
mezquino clérigo que, con dárselo Dios a ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta,
me mataban de hambre, aquéllos es justo desamar y aquéste de haber mancilla.”

Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he
lastima, con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir; al cual con toda su pobreza holgaría de servir
más que a los otros por lo que he dicho. Sólo tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo que
no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su
necesidad. Mas, según me parece, es regla ya entre ellos ya usada y guardada; aunque no haya
cornado en trueco, ha de andar el birrete en su lugar. El señor lo remedie, que ya con este mal han
de morir.

Pues , estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de
perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue,
como el año es esta tierra fuese estéril de pan, acordaron el Ayuntamiento que todos lo pobres
estranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese punido con
azotes. Y así, ejecutando la ley, desde a cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de
pobres azotando por las Cuatro Calles, lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé
desmandarme a demandar.

Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores,
tanto que nos acaeció estar dos o tres días sin comer bocado, ni hablaba palabra. A mí diéronme la
vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las
cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que de la laceria que les traían me daban algunas cosilla,
con la cual muy pasado me pasaba.

Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado
que comió. A lo menos, en casa bien lo estuvimos sin comer. No sé yo cómo o dónde andaba y qué
comía. ¡Y velle venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena
casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había
en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de
aquel mal solar, diciendo:

“Malo esta de ver, que la desdicha de esta vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste, obscura.
Mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer. Ya deseo que se acabe este mes por salir della.”

Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución un día, no sé por cual dicha o ventura, en el
pobre poder de mi amo entró un real, con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro
de Venecia; y con gesto muy alegre y risueño me lo dio diciendo:

“Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca pan y vino y carne:
¡quebremos el ojo al diablo! Y más, te hago saber, porque te huelges, que he alquilado otra casa, y
en ésta desastrada no hemos de estar más de en cumplimiento al mes. ¡Maldita se ella y el que en
ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por Nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo,
gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas ¡tal vista tiene y
tal obscuridad y tristeza! Ve y ven presto, y comamos hoy como condes.”

Tomo mi real y jarro y a los pies dándole priesa, comienzo a subir mi calle encaminando mis pasos
para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituido en mi triste fortuna
que ningún gozo me venga sin zozobra? Y así fue éste; porque yendo la calle arriba, echando mi
cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas
gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que
por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían. Arriméme a la pared por darles
lugar, y desque el cuerpo pasó, venían luego a par del lecho una que debía ser mujer del difunto,
cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes voces y diciendo:

“Marido y señor mío, ¿Adónde os me llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y
obscura, a la casa donde nunca comen ni beben!”

Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: “Oh desdichado de mi! Para mi casa llevan
este muerto.”

Dejo el camino que llevaba y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más
correr que pude para mi casa, y entrando en ella cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor
de mi amo, abrazándome dél, que me venga a ayudar y a defender la entrada. El cual, algo alterado,
pensando que fuese otra cosa, me dijo:

“¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la puerta con tal furia?”

“¡Oh señor - dije yo - acuda aquí, que nos traen acá un muerto”

“¿Como así?”, respondió él.

“Aquí arriba lo encontré, y venía diciendo su mujer: Marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡A la
casa lóbrega y obscura, a la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben! Acá,
señor, nos le traen.”

Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que
muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía ya yo echada la aldaba a la puerta y
puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba
que nos lo habían de meter en casa; y después fue ya más harto de reír que de comer, el bueno de
mi amo díjome:

“Verdad es, Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste. Mas,
pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.”

“Déjalos, señor, acaben de pasar la calle”, dije yo.

Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester, según el
miedo y alteración, y me torno a encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto
yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color; y mi amo muy risueño todas las veces
que se le acordaba aquella mi consideración.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos días, y en todos
deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que con
él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía.
Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido
razonablemente y estaba algo contento, contóme su hacienda y díjome ser de Castilla la Vieja, y que
había dejado su tierra no más de por no quitar el bonete a un caballero su vecino.

“Señor - dije yo - si el era lo que decís y tenía más que vos, ¿no errabádes en no quitárselo primero,
pues decís que él también os lo quitaba?”

“Si es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas, de cuantas veces yo se le quitaba primero, no
fuera malo comedirse él alguna y ganarme por la mano.”

“Paréceme, señor - le dije yo - que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo y que
tienen más.”

“Eres mochacho - me respondió - y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo
el caudal de los hombres de bien. Pues te hago saber que yo soy, como ves, un escudero; mas
¡vótote a Dios!, si al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que
otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar
otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro que a
Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su
persona. Acuérdome que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise ponerle las manos, porque
cada vez que le topaba me decía: “Mantenga Dios a vuestra merced.” Vos, don villano ruin - le dije
yo - ¿Por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir, como si fuese
quienquiera?” De allí adelante, de aquí acullá, me quitaba el bonete y hablaba como debía.

“Y no es buena manera de saludar un hombre a otro - dije yo - decirle que le mantenga Dios”

“¡Mira mucho de enhoramala! - dijo él -, A los hombres de poca arte dicen eso, mas a los más
altos, como yo, no les han de hablar menos de: “Beso las manos de vuestra merced”, o por lo
menos: “Bésoos, señor, las manos”, si el que me habla es caballero. Y así, de aquél de mi tierra que
me atestaba de mantenimiento, nunca más le quise sufrir, ni sufriría ni sufriré a hombre del mundo,
del rey abajo, que “Manténgaos Dios” me diga.”

“Pecador de mí - dije yo -, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie
se lo ruegue.”

“Mayormente - dijo - que no soy tan pobre que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar
ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid,
valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas; y tengo
un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos; y
otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra. Y vine a esta ciudad, pensando
que hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia,
muchos hallo, mas es gente tan limitada que no los sacaran de su paso todo el mundo. Caballeros de
media talla, también me ruegan; mas servir con estos es gran trabajo, porque de hombre os habéis
de convertir en malilla y si no. “Anda con Dios” os dicen. Y las más veces son los pagamentos a
largos plazos, y las más y las más ciertas, comido por servido. Ya cuando quieren reformar
conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados en la recámara, en un sudado jubón o raída
capa o sayo. Ya cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su lacería. ¿Pues
por ventura no hay en mi habilidad para servir y contestar a estos? Por Dios, si con él topase, muy
gran su privado pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría mentille también
como otro, y agradalle a las mil maravillas: reílle ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no
fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese;
ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no me matar por no hacer bien las cosas que él no
había de ver, y ponerme a reñir, donde lo oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener
gran cuidado de lo que a él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para la
encender la ira y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviesey, por
el contrario, ser malicioso, mofador, malsinar a los de casa y a los de fuera; pesquisar y procurar de
saber vidas ajenas para contárselas; y otras muchas galas de esta calidad que hoy día se usan en
palacio. Y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los
aborrecen y tienen en poco y llaman necios y que no son personas de negocios ni con quien el señor
se puede descuidar. Y con éstos los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría.
Mas no quiere mi ventura que le halle.”

Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación de su persona
valerosa.

Pues, estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja. El hombre le pide el alquiler de la
casa y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos en dos meses le alcanzaron lo que él en un año
no alcanzara: pienso que fueron doce o trece reales. Y él les dio muy buena respuesta: que saldría a
la plaza a trocar una pieza de a dos, y que a la tarde volviese. Mas su salida fue sin vuelta. Por
manera que a la tarde ellos volvieron, mas fue tarde. Yo les dije que aún no era venido. Venida la
noche, y él no, yo hube miedo de quedar en casa solo, y fuime a las vecinas y contéles el caso, y allí
dormí. Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino, mas a estotra puerta.
Las mujeres le responden: “Veis aquí su mozo y la llave de la puerta.”

Ellos me preguntaron por él y díjele que no sabía adónde estaba y que tampoco había vuelto a casa
desde que salió a trocar la pieza, y que pensaba que de mí y de ellos se había ido con el trueco. De
que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano. Y helos do vuelven luego con ellos, y toman
la llave, y llámanme, y llaman testigos, y abren la puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo
hasta ser pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa y halláronla desembarazada, como he
contado, y dícenme: “¿Que es de la hacienda de tu amo, sus arcas y paños de pared y alhajas de
casa?”

“No sé yo eso”, le respondí.

“Sin duda - dicen ellos - esta noche lo deben de haber alzado y llevado a alguna parte. Señor
alguacil, prended a este mozo, que él sabe donde está”

En esto vino el alguacil, y echóme mano por el collar del jubón diciendo:

“Mochacho, tú eres preso si no descubres los bienes desde tu amo.”

Yo , como en otra tal no me hubiese visto - porque asido del collar, sí, había sido muchas e infinitas
veces, mas era mansamente dél trabado, para que mostrase el camino al que no vía - yo hube
mucho miedo, y llorando prometíle de decir lo que me preguntaban.

“Bien está - dicen ellos - , pues di todo lo que sabes, y no hayas temor.”

Sentóse el escribano en un poyo par escribir el inventario, preguntándome que tenía.

“Señores - dije yo -, lo que este mi amo tiene, según el me dijo, es un muy buen solar de casas y un
palomar derribado.”

“Bien está - dicen ellos - . Por poco que eso valga, hay para nos entregar de la deuda. ¿Y a qué
parte de la ciudad tiene eso?”, me preguntaron.

“En su tierra”, respondí.

“Por Dios que está bueno el negocio - dijeron ellos - ¿Y adónde es su tierra?.

“De Castilla la Vieja me dijo él que era”, le dije yo.

Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo: “Bastante relación es ésta para cobrar vuestra
deuda, aunque mejor fuese.”

Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:

“Señores, este es un niño inocente, y ha pocos días que está con ese escudero, y no sabe dél más
que vuestras mercedes, sino cuánto el pecadorcico se llega aquí a nuestra casa, y le damos de
comer lo que podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él.”

Vista mi inocencia, dejáronme, dándome por libre. Y el alguacil y el escribano piden al hombre y a
la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y ruido, porque ellos alegaron no ser
obligados a pagar, pues no había de qué ni se hacía el embargo. Los otros decían que habían dejado
de ir a otro negocio que les importaba más por venir a aquel. Finalmente, después de dadas muchas
voces, al cabo carga un porquerón con el viejo alfamar de la vieja, aunque no iba muy cargado. Allá
van todos cinco dando voces. No sé en que paró. Creo yo que el pecador alfamar pagara por
todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había de reposar y descansar de los trabajos
pesados, se andaba alquilando.

Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin dicha, pues,
señalándose todo lo que podría contra mí, hacía mis negocios tan al revés, que los amos, que suelen
ser dejados de los mozos, e mí no fuese así, mas que mi amo me dejase y huyese de mí.
 
 

TRATADO CUARTO

Cómo Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le acaeció con él.

Hube de buscar el cuarto, y éste fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me
encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente: gran enemigo del coro y de comer en el convento,
perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitar, tanto que pienso que rompía él
mas zapatos que todo el convento. Este me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida, mas no
me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más. Y por esto y por otras cosillas que no
digo, salí dél.
 
 

TRATADO QUINTO

Cómo Lázaro se asentó con un buldero, y de las cosas que con el pasó

En el quinto por mi ventura di, que fue un buldero, el más desenvuelto y desvergonzado y el mayor
echador dellas que jamás yo vi ni ver espero ni pienso que nadie vio; porque tenía y buscaba modos
y maneras y muy sotiles invenciones.

En entrando en los lugares do habían de presentar la bula, primero presentaba a los clérigos o curas
algunas cosillas, no tampoco de mucho valor ni substancia: una lechuga murciana, si era por el
tiempo, un par de limas o naranjas, un melocotón, un par de duraznos, cada sendas peras
verdiniales. Así procuraba tenerlos propicios porque favoreciesen su negocio y llamasen sus
feligreses a tomar la bula.

Ofreciéndosele a él las gracias, informábase de la suficiencia dellos. Si decían que entendían, no
hablaba palabra en latín por no dar tropezón; mas aprovechábase de un gentil y bien cortado
romance y desenvoltísima lengua. Y si sabía que los dichos clérigos eran de los reverendos, digo que
más con dineros que con letras y con reverendas se ordena, hacíase entre ellos un Santo Tomás y
hablaba dos horas en latín: a lo menos, que lo parecía aunque no lo era.

Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba cómo por mal se las tomasen, y para aquello
hacía molestias al pueblo e otras veces con mañosos artificios. Y porque todos los que le veía hacer
sería largo de contar, diré uno muy sotil y donoso, con el cual probaré bien su suficiencia.

En un lugar de la Sagra de Toledo había predicado dos o tres días, haciendo sus acostumbradas
diligencias, y no le habían tomado la bula, ni a mi ver tenían intención de se la tomar. Estaba dado al
diablo con aquello y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo, para otro día de
mañana despedir la bula.

Y esa noche después de cenar, pusiéronse a jugar la colación él y el alguacil, y sobre el juego
vinieron a reñir y a haber malas palabras. Él llamó al alguacil ladrón, y el otro a él falsario. Sobre
esto, el señor comisario mi señor tomó un lanzón que en el portal do jugaban estaba. El alguacil puso
mano a su espada, que en la cinta tenía. Al ruido y voces y que todos dimos, acuden los huéspedes
y vecinos métense en medio, y ellos muy enojados procurándose desembarazar de los que en medio
estaban, para se matar. Mas como la gente al gran ruido cargase y la casa estuviese llena della,
viendo que no podían afrentarse con las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el
alguacil dijo a mi amo que era falsario y las bulas que predicaba que eran falsas.

Finalmente, los del pueblo, viendo que no bastaban a ponellos en paz, acordaron de llevar el alguacil
de la posada a otra parte. Y así quedó mi amo muy enojado; y después que los huéspedes y vecinos
le hubieron rogado que perdiese el enojo y se fuese a dormir, se fue. Y así nos echamos todos.

La mañana venida, mi amo se fue a la iglesia y mandó tañer a misa y al sermón para despedir la bula.
Y el pueblo se juntó, el cual andaba murmurando de las bulas, diciendo como eran falsas y que el
mesmo alguacil riñendo lo había descubierto; de manera que tras que tenían mala gana de tomalla,
con aquello de todo la aborrecieron.

El señor comisario se subió al púlpito y comienza su sermón, y a animar la gente a que no quedasen
sin tanto bien e indulgencia como la santa bula traía. Estando en lo mejor del sermón, entra por la
puerta de la iglesia el alguacil y, desque hizo oración, levantóse y con voz alta y pausada
cuerdamente comenzó a decir:

“Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien quisiéredes. Yo vine aquí con este
echacuervo que os predica, el cual engañó y dijo que le favoreciese en este negocio y que
partiríamos la ganancia. Y agora, visto el daño que haría a mi conciencia y a vuestras haciendas,
arrepentido de lo hecho, os declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le
creáis ni las toméis, y que yo directe ni indirecte no soy parte de ellas, y que desde agora dejo la
vara y doy con ella en el suelo; y si algún tiempo éste fuere castigado por la falsedad, que vosotros
me seáis testigos como yo no soy con él ni le doy a ello ayuda, antes os desengaño y declaro su
maldad.”

Y acabó su razonamiento. Algunos hombres honrados que allí estaban se quisieron levantar y echar
el alguacil fuera de la iglesia, por evitar escándalo. Más mi amo les fue a la mano y mandó a todos
que so pena de excomunión no le estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese. Y así,
él también tuvo silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho. Como calló, mi amo le
preguntó, si quería decir más, que lo dijese. El alguacil dijo:

“Harto hay mas que decir de vos y de vuestra falsedad, mas por agora basta.”

El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito y , puestas las manos y mirando al cielo, dijo así:

“Señor Dios, a quien ninguna cosa es escondida, antes todas manifiestas, y a quien nada es
imposible, antes todo posible, tú sabes la verdad y cuan injustamente yo soy afrentado. En lo que a
mí toca, yo lo perdono porque tú Señor, me perdones. No mires aquél que no sabe lo que hace ni
dice; mas la injuria a ti hecha, te suplico, y por justicia te pido, no disimules; porque alguno que está
aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa bula, dando crédito a las falsas palabras de aquel
hombre, lo dejará de hacer. Y pues es tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no lo
disimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea desta manera: que si es verdad lo que aquél dice y
que traigo maldad y falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de tierra,
do él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo y aquél, persuadido del demonio, por
quitar y privar a los que están presentes de tan gran bien, dice maldad, también sea castigado y de
todos conocida su malicia.”

Apenas había acabado su oración el devoto señor mío, cuando el negro alguacil cae de su estado y
da tan gran golpe en el suelo que la iglesia toda hizo resonar, y comenzó a bramar y a echar
espumajos por la boca y torcella, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano,
revolviéndose por aquel suelo a una parte ya otra. El estruendo y voces de la gente era tan grande,
que no se oían unos a otros. Algunos estaban espantados y temerosos. Unos decían: “El señor le
socorra y valga.” Otros: “Bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.”

Finalmente, algunos que allí estaban, y a mi parecer no sin harto temor, se llegaron y le trabaron de
los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas a los que cerca dél estaban. Otros le tiraban por las
piernas y tuvieron reciamente, porque no había mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase. Y
así le tuvieron un gran rato, porque más de quince hombres estaban sobre él, y a todos daba las
manos llenas, y si se descuidaban, en los hocicos.

A todo esto, el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el
cielo, transportado en la divina esencia, que el planto y ruido y voces que en la iglesia había no eran
parte para apartalle de su divina contemplación.

Aquellos buenos hombres llegaron a él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese
socorrer a aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase a las cosas pasadas ni a sus dichos
malos, pues ya dellos tenía el pago; mas si en algo podría aprovechar para librarse del peligro y
pasión que padecía, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la
verdad y bondad suya, pues a su petición y venganza el Señor no alargó el castigo.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró y miró al delincuente y a todos
los que alrededor estaban, y muy pausadamente les dijo:

“Buenos hombres, vosotros nunca habíades de rogar por un hombre en quien Dios tan
señaladamente se ha señalado; mas pues él nos manda que no volvamos mal por mal y perdonemos
las injurias, con confianza podremos suplicarle que cumpla lo que nos manda, y Su Majestad
perdone a éste que le ofendió poniendo en su santa fe obstáculo. Vamos todos a suplicalle.”

Y así bajó del púlpito y encomendó a que muy devotamente suplicasen a Nuestro Señor tuviese por
bien de perdonar a aquel pecador, y volverle en su salud y sano juicio, y lanzar dél el demonio, si Su
Majestad había permitido que por su gran pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y
delante del altar con los clérigos comenzaban a cantar con voz baja una letanía. Y viniendo él con la
cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo
y los ojos que casi nada se le parecía sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga
que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente como suelen hazer en los sermones de Pasión, de
predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador,
sino su vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y
pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.

Y esto hecho, mandó traer la bula y púsosela en la cabeza; y luego el pecador del alguacil comenzó
poco a poco a estar mejor y tornar en sí. Y desque fue bien vuelto en su acuerdo, echóse a los pies
del señor comisario y demandándole perdón, y confesó haber dicho aquello por la boca y
mandamiento del demonio, lo uno por hacer a él daño y vengarse del enojo, lo otro y más principal,
porque el demonio recibía mucha pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo
le perdonó, y fueron hechas las amistades entre ellos; y a tomar la bula hubo tanta priesa, que casi
ánima viviente en el lugar no quedó sin ella: marido y mujer, e hijos e hijas, mozos y mozas.

Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos, y cuando a ellos llegábamos, no era
menester sermón ni ir a la iglesia, que a la posada la venían a tomar como si fueran peras que se
dieran de balde. De manera que en diez o doce lugares de aquellos alrededores donde fuimos, echó
el señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar sermón.

Cuando él hizo el ensayo, confieso mi pecado que también fui dello espantado y creí que así era,
como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían
del negocio, conocí como había sido industriado por el industrioso e inventivo de mi amo. Y aunque
mochacho, cayóme mucho en gracia, y dije entre mí: “¡Cuántas destas deben hacer estos burladores
entre la inocente gente!”

Finalmente, estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé también hartas
fatigas.
 
 

TRATADO SEXTO

Cómo Lázaro se asentó con un capellán, y lo que con él pasó

Después desto, asenté con un maestro de pintar panderos para molelle los colores, y también sufrí
mil males.

Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando ya un día en la iglesia mayor, un capellán della me
recibió por suyo, y púsome en poder un asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé a echar agua
por la cibdad. Este fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida, porque mi
boca era medida. Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para
mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís.

Fueme tan bien en el oficio que al cabo de cuatro años que lo usé, con poner en la ganancia buen
recaudo, ahorré par me vestir muy honradamente de la ropa vieja, de la cual compré un jubón de
fustán viejo y un sayo raído de manga tranzada y puerta, y una capa que había sido frisada y una
espada de las viejas primeras de Cuéllar.

Desque me vi en hábito de hombre de bien, dije a mi amo se tomase su asno, que no quería más
seguir aquel oficio.
 
 

TRATADO SÉPTIMO

Cómo Lázaro se asentó con un alguacil, y de lo que le acaeció con él

Despedido del capellán, asenté por hombre de justicia con un alguacil, mas muy poco viví con él,
por parecerme oficio peligroso; mayormente, que una noche nos corrieron a mí y a mi amo a
pedradas y a palos unos retaídos, y a mi amo, que esperó, trataron mal, mas a mí no me alcanzaron.
Con esto renegué del trato.

Y pensando en que modo de vivir haría mi asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez,
quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa; y con favor que tuve de amigos
y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que
procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre sino los que le tienen; en el cual
el día de hoy vivo y resido a servicio de Dios y de vuestra merced.

Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad se venden, y en almonedas y cosas
perdidas, acompañar los que padecen persecuciones por justicia y declarar a voces sus delitos:
pregonero, hablando en buen romance.

Hame sucedido tan bien, yo le he usado tan fácilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes
pasan por mi mano: tanto que en toda la ciudad el que ha de echar vino a vender o algo, si Lázaro
de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar provecho.

En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste
de Sant Salvador, mi señor , y servidor y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos,
procuró casarme con una criada suya; y visto por mí quede tal persona no podía venir sino bien y
favor, acordé de lo hacer.

Y así me casé con ella, y hasta agora no estoy arrepentido; porque allende de ser buena hija y
diligente, servicial, tengo en mi señor arcipreste todo favor y ayuda. Y siempre en el año le da en
veces al pie de una carga de trigo, por las Pascuas su carne, y cuando el par de los bodigos, las
calzas viejas que deja; e hízonos alquilar una casilla par de la suya. Los domingos y fiestas casi todas
las comíamos en su casa. Mas malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir,
diciendo no sé qué, y sí sé qué, de que ven a mi mujer irle a hacer la cama y guisalle de comer. Y
mejor les ayude Dios que ellos dicen la verdad; porque allende de no ser ella mujer que se pague
destas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá. Que él me habló un día muy largo
delante della, y me dijo:

“Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas, nunca medrará. Digo esto porque
no me maravillaría alguno, viendo entrar en mi casa a tu mujer y salir della. Ella entra muy a tu honra
y suya, y esto te lo prometo. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo a
tu provecho.”

“Señor - le dije -, yo determiné de arrimarme a los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos
me han dicho algo deso, y aun, por más de tres veces me han certificado que, antes que conmigo
casase, había parido tres veces, hablando con reverencia de V. M., porque está ella delante.”

Entonces mi mujer echo juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros, y
después tomóse a llorar y a echar maldiciones sobre quien conmigo la había casado, en tal manera
que quisiera ser muerto antes que se me hobiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un
cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos que cesó su llanto, con juramento que le hice
de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella
entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos
tres bien conformes. Hasta el día de hoy, nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes, cuando alguno
siento que quiere decir algo della, le atajo y le digo:

“Mira: Si sois amigo, no me digáis cosa con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me
hace pesar; mayormente si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo
más quiero, y la amo más que a mí. Y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo
merezco; que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las
puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él.”

Desta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa.

Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y
tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes regocijos, como vuestra merced habrá oído. Pues en este
tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.
 
 

~FIN~
 
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