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LA BATALLA DE CONCEPCION

HUANCAYO, JUNIO DE 1882.

Uno de los regimientos que integraba la división chilena del centro era el Chacabuco, Sexto de Línea, dirigido por el comandante Marcial Pinto Aguero. El Chacabuco estaba integrado por seis compañías y había tenido una participación decisiva en las batallas de San Juan y Miraflores, particularmente en la difícil toma del morro Solar. Hasta cierto punto, el Chacabuco podía considerarse un regimiento de elite. El inicio de la campaña terrestre, desde Pisagua, había sido llevado a cabo por soldados voluntarios pertenecientes a la clase proletaria obrera chilena, conducidos por oficiales profesionales, en buen porcentaje miembros de la burguesía. Sin embargo, no se observaban muchos voluntarios provenientes de las clases acomodadas, situación que motivaba cierto malestar en un sector del pueblo que consideraba estar cargando sobre sus espaldas el mayor peso del conflicto. Esta situación impulsó a varios jóvenes patriotas miembros de las clases medias y altas a enrolarse en el ejército con objeto de mostrar con el ejemplo que la guerra era para todos los chilenos. El caso más notorio fue el de don Ignacio Carrera Pinto, sobrino del ex presidente de aquel país, Aníbal Pinto.

Ignacio Carrera nació en 1848 y era descendiente directo del prócer de la independencia chilena José Miguel Carrera. Pocos meses después de declarada la guerra con el Perú, cuando contaba con 31 años de edad, se enroló voluntariamente en el ejército y recibió el grado de sargento del Regimiento Cívico Movilizado No 7 de Infantería Esmeralda, conocido como el Séptimo de Línea. A fines de setiembre de 1879 desembarcó con su regimiento en el territorio ocupado de Antofagasta, de donde pasó a Carmen Alto. Luego de la captura del puerto peruano de Pisagua se trasladó al teatro de operaciones de Tarapacá e integró la fuerza que ocupó el puerto de Iquique. Cuando se inició la campaña de Tacna, su regimiento pasó a integrar la primera división del ejército expedicionario. El sargento Carrera tuvo una destacada actuación en la batalla del Alto de la Alianza, donde no obstante ser herido en combate, condujo a sus hombres con gran coraje, hecho que le valió ser ascendido a Subteniente. Concluida la campaña del sur, el flamante oficial fue destacado al regimiento Chacabuco, Sexto de Línea, con el cual luchó valientemente en las batallas de San Juan y Miraflores. En una de aquellas, participó en la conquista de siete trincheras peruanas, compartiendo honores con otros jóvenes oficiales que luego servirían bajo sus órdenes (7).

Luego de la ocupación de la capital peruana, Carrera Pinto fue ascendido al rango de teniente. Poco más de un año después, fue promovido al rango de capitán y jefe de la cuarta compañía del regimiento Chacabuco, que en aquellos momentos formaba parte de la división que ocupaba la sierra central del Perú.

El fraccionamiento de las tropas de la división del centro en un terreno hostil estaba demostrando ser un error estratégico que les acarearía graves consecuencias. Así, vista la difícil situación que enfrentaba con el avance de las fuerzas de Cáceres y a efecto de acortar las líneas replegando las tropas hacia lugares donde se pudiera ofrecer una sólida resistencia y prestar debida asistencia médica a los enfermos, el gobernador Lynch ordenó al coronel del Canto evacuar Huancayo, replegarse a Jauja y limitarse a retener la línea del ferrocarril de la Oroya u otro punto estratégico que conservara el libre paso del ejército al otro lado de la cordillera de los Andes. La ofensiva podría reanudarse una vez concluido el frío invierno andino. Sin embargo, ante el gran número de enfermos en sus tropas y otras circunstancias de carácter logístico, del Canto se vio forzado a retrasar su repliegue.

Fuera de Huancayo y separadas cada cual por una distancia de 20 ó 30 kilómetros se hallaban distribuidas las pequeñas guarniciones militares chilenas que tenían por misión contener a las huestes de Cáceres. Así, en Marcavalle se ubicaba la cuarta compañía del batallón Santiago, En Pucará estaban la 2da y 3ra compañías del mismo regimiento, en Zapallanga descansaba el resto del Santiago, en Jauja permanecían dos compañías del regimiento Chacabuco, mientras que otras compañías ocupaban Tarma, Concepción y la Oroya. En la situación en que se encontraban, los chilenos eran constantemente hostilizado por los guerrilleros y sus convoyes de pertrechos atacados y capturados. Además, un buen porcentaje de sus soldados había caído víctimas de enfermedades como el tifus y yacían inermes en hospitales o improvisadas tiendas de campaña.

La distribución de las fuerzas adversarias, sugirió a Cáceres la idea de encajonar a del Canto mediante un doble movimiento de rodeo, cortándole la retirada hacia la costa, para batirla posteriormente por partes. Para tal efecto el gran estratega peruano dividió sus fuerzas, consistentes en 1300 soldados y 3000 guerrilleros, en tres columnas. La primera de ellas, integrada por el batallón Pucará número 4, las columnas guerrilleras de Comas y Libres de Ayacucho y fracciones del batallón América, más destacamentos guerrilleros de Comas y Andamarca, quedó al mando del Coronel Juan Gasto. La segunda columna, compuesta por un batallón de regulares y un destacamento de guerrillas, quedó a órdenes del coronel Máximo Tafur y, La tercera columna, integrada por los batallones Zepita, Tarapacá, Izcuchaca, once piezas de artillería y destacamentos guerrilleros de Acoria, Colcabamba, Huando, Acostambo, Pillichaca, Huaribamba, Pampas, Pazos y Tongos, permaneció bajo el mando del propio Cáceres.

De acuerdo al plan, la columna del coronel Gasto debía marchar por el sector derecho de las alturas del río Mantaro y, virando por la localidad de Comas, debía caer sobre el pueblo de Concepción y batir al destacamento que ocupaba ese lugar. La columna de Tafur por su parte, debía avanzar hacia el oeste, pasar por Chongos y Chupaca, caer sobre la Oroya, atacar a la guarnición chilena y cortar el puente del mismo nombre para impedir el escape de las tropas adversarias hacia Lima. El general Cáceres por su parte se dirigiría a batir a los destacamentos chilenos en Marcavalle y Pucará.

El 8 de julio la columna de Cáceres arribó a la localidad de Chongos y se desplazó por los pueblos de Pasos, Ascotambo, Acoria y otros sin ser avistado por el adversario, acampando finalmente en las alturas de Tayacaja, frente al poblado de Marcavalle, primer objetivo militar de la expedición. Desde aquella posición los peruanos pudieron divisar claramente a las tropas chilenas del Regimiento Santiago. En la madrugada del nueve de julio, el general Cáceres ejecutó un ataque simultaneo con artillería e infantería. La sorpresa fue tal, que en no más de 30 minutos las fuerzas chilenas se vieron obligadas a retroceder hasta el pueblo de Pucará, ubicado a poco menos de un kilómetro y medio de Marcavalle, en dirección a Huancayo. En este proceso los chilenos sufrieron 34 bajas. En Pucará se trabó un nuevo combate entre las tres compañías del Santiago y cuatro compañías de los peruanos Tarapacá, Junín y la columna de guerrilleros de Izcuchaca. El ataque peruano alcanzó tal intensidad que la tropa chilena debió emprender otra apurada retirada. Las pérdidas sufridas por los chilenos en las acciones de Marcavalle y Pucará fueron considerables. Tuvieron 200 bajas, entre muertos y heridos. Asimismo dejaron en el camino gran número de municiones y otros pertrechos de guerra. Sus muertos fueron enterrados por las tropas peruanas. Entre ellos se encontraron seis oficiales, para quienes el general Cáceres dispuso sepultura especial y que se les rindiera los honores correspondientes.

A 26 kilómetros al norte de Huancayo y a 45 de Pucará, se encuentra el pintoresco pueblo de Concepción, que entonces contaba con unos tres mil habitantes. Aquella localidad, fundada por los incas en territorio de los Huancas y descubierta por el conquistador español Hernando Pizarro un 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, también había sido ocupada por una guarnición del ejército chileno, similar a las otras tantas fraccionadas a lo largo de diversos pueblos del hermoso valle del Mantaro. El cinco de julio del Canto había dispuesto que la cuarta compañía del Chacabuco, a órdenes de Ignacio Carrera Pinto –quien por cierto aun no había sido informado de su ascenso- relevara a la tercera compañía del mismo regimiento en dicho pueblo, comandada por el capitán Alberto Nebel. La compañía de Carrera Pinto consistía en 57 soldados de tropa, un sargento, cuatro cabos y un segundo oficial, el joven subteniente Arturo Pérez Canto, de 21 años de edad. A ellos se sumaban los subtenientes Julio Montt de la quinta compañía del Chacabuco, convaleciente de tifus y Luís Cruz, de la sexta, agregado, con apenas 18 años. También se encontraban en Concepción diez soldados, todos ellos extentos del servicio por razones de enfermedad; nueve pertenecientes a diversas compañías del Chacabuco y uno a la primera compañía del regimiento Lautaro. En total, 77 hombres. Cuatro de los suboficiales estaban acompañados por sus mujeres, comúnmente conocidas como cantineras, quienes convivían con ellos, asistiéndolos lealmente en sus faenas a más de apoyar los quehaceres domésticos del destacamento.

La vida en aquel pequeño y pintoresco pueblo era tranquila y pese al natural rechazo de la población no se registraban actos de violencia o sabotaje contra las fuerzas de ocupación. Parecía que el destacamento recién llegado no sufriría mayores contratiempos y la posibilidad de un enfrentamiento inmediato con el ejército peruano se vislumbraba como remota. No obstante, y de conformidad con las órdenes del alto mando, se adoptaron medidas preventivas. En tal sentido Carrera Pinto mantuvo a la tropa acuartelada y acondicionó dispositivos defensivos en el cuartel de la guarnición. Este funcionaba en una casa parroquial, ubicada al costado de la iglesia a cuyo otro extremo se levantaba una casa de dos pisos que había sido acondicionado como enfermería, construcciones todas situadas en plena Plaza de Armas. De la parte posterior del improvisado cuartel emergían las faldas del cerro del León. Ello y las bocacalles de la plaza eran motivo de preocupación, por lo que el capitán ordenó levantar barricadas en los accesos, contemplando un eventual escenario que implicara la defensa del perímetro de la plaza. Las municiones en los diversos regimientos chilenos de la división del centro estaban muy escasas y los soldados del Chacabuco no eran una excepción: Cada uno disponía apenas de 100 balas, cantidad ínfima pero apreciable si se comparaba con las 20 balas con que contaban los del regimiento Lautaro. La guarnición de Concepción tampoco poseía caballería ni piezas de artillería y se encontraba muy aislada, pues el destacamento chileno más cercano se encontraba en Jauja, donde acampaban otros 100 hombres del Chacabuco.

A las 9 de la mañana del 9 de julio, el ataque peruano iniciado en Marcavalle y continuado en Pucará -evidentemente inadvertido en Concepción- empezó a diluirse en plena persecución del adversario, que retrocedió hacia Zapallanga. Sin embargo las compañías del Santiago lograron hacerse fuertes en un lugar llamado La Punta, donde fueron reforzados por el destacamento acantonado en Zapallanga. El hecho que la fuerte división central de Huancayo se acercara para socorrer a sus camaradas, además de otras circunstancias motivó que Cáceres suspendiera el ataque en ese sector, con intención de reanudar las hostilidades al día siguiente. A plazo inmediato había logrado su objetivo y los chilenos había sido desalojados de dos poblados.

Después de recoger a los sobrevivientes del Santiago, el grueso de la división del Canto se replegó a Huancayo, pero en lugar de continuar hacia Concepción, cual era su objetivo, el comandante en jefe decidió permanecer en aquella ciudad y pasar ahí la noche. Si bien no se había recibido noticias de Concepción, nadie podía imaginar los dramáticos sucesos que ahí pronto se desencadenarían.

En efecto, el coronel Juan Gasto, comandante general de la División de Vanguardia, en cumplimiento a sus órdenes, partió de Izcuchaca con dos batallones del ejército regular y multitudes de campesinos provistos de hondas y rejones. Los soldados, un total de 300, pertenecían al batallón de infantería Pucará Nº 4 al mando del teniente coronel Andrés Freyre y al batallón de infantería Libres de Ayacucho bajo el teniente coronel Francisco Carbajal. Apenas disponían de 60 balas por hombre. Las fuerzas Irregulares estaban integradas por la columna Comas y guerrillas de Andamarca, al mando de don Ambrosio Salazar, las guerrillas de Orcotuna, guerrillas de Mito, guerrillas de San Jerónimo, guerrillas de Apata y las guerrillas de Paccha, que en conjunto alcanzarían unos 1,000 hombres.

El número de la columna peruana difiere ligeramente en el Parte Oficial del comandante chileno Marcial Pinto Agüero, quien señaló:

“El número de fusileros enemigos que atacaron Concepción, era de 300 al mando del coronel Gasto, más 1,500 hombres armados de lanzas”.

Previo consejo de guerra, el coronel Gasto encomendó al comandante guerrillero Ambrosio Salazar ejecutar el asalto. Así, aproximadamente a las 14:30 horas del domingo 9 de julio, las fuerzas peruanas aparecieron por los cerros que rodeaban el pueblo. Al percatarse de ello, el sorprendido capitán Carrera Pinto rápidamente evaluó con sus oficiales el curso de acción. La primera posibilidad que se presentaba sugería emprender una retirada rápida pero ordenada habido cuenta de la imposibilidad de sostener con sólo 77 soldados de infantería armados apenas con fusiles y bayonetas y escasos de munición, un ataque de 1,300 hombres. Esta posibilidad sin embargo fue rápidamente descartada al considerar que los guerrilleros peruanos podían emboscarlos en el proceso de repliegue y que sería más difícil combatir a campo descubierto, donde las tropas se presentarían más vulnerables. Se optó entonces por permanecer en el lugar y mantener la posición, pues se esperaba contar con el apoyo del coronel del Canto, que luego de evacuar Huancayo, debía pasar por Concepción en el transcurso de las próximas horas. En tales circunstancias los chilenos confiaron en resistir el ataque adversario, hasta que llegara el grueso del contingente y provocara un vuelco en lo que se vislumbraba como un desigual combate. En consecuencia, el enérgico Carrera Pinto ordenó a sus hombres prepararse para la lucha. Los heridos capaces de combatir ocuparon posiciones y aquellos que yacían enfermos como el teniente Montt se unieron a la lucha. Pérez Canto y 20 hombres fueron destacados en la esquina norte de la plaza de armas, Luis Cruz y otros 20 soldado se ubicaron en el noroeste, mientras que el teniente Montt ocupó con otros 20 efectivos el sudeste. Carrera Pinto por su parte, tomó 14 soldados para defender el sudoeste. Al mismo tiempo despachó al cabo Manuel Silva y dos soldados para que intentaran llegar a Huancayo y avisaran al cuartel general sobre su difícil situación. Así, la guarnición se vio reducida a 74 hombres sin siquiera haberse iniciado el combate.

Los portadores del mensaje sin embargo, no lograron atravesar las posiciones peruanas y resultaron muertos en el intento. Con ello se desvanecerían las posibilidades de ayuda. Por su parte el coronel del Canto no marcharía aquel fatídico día sobre Concepción; A más de su decisión de permanecer en Huancayo, irónicamente acababa de recibir una comunicación... suscrita por el propio Carrera Pinto aproximadamente a las 13:30 horas, mediante la que notificaba que la guarnición bajo su mando no observaba mayores novedades.

La columna de Ambrosio Salazar, ubicada en la colina que domina el pueblo, inició esporádicos disparos. La guarnición chilena, obligada a conservar municiones, no contestó el fuego. Más bien se preparó para repeler un ataque frontal. Carrera mantuvo la opción de defender todo el perímetro de la Plaza de Armas.

Tras más de una hora de intensa fusilería el ejército regular convergió por el norte, con lo que se aseguró el cerco sobre el pueblo. Acto seguido los peruanos emprendieron el asalto simultáneo a la plaza. No bien se inició aquella violenta incursión, los chilenos respondieron a pie firme con una descarga cerrada, causando muchas bajas en los peruanos. Estos sin embargo no se amilanaron y continuaron en la brega, siendo rechazados una y otra vez desde las posiciones chilenas, lo que dio inicio a la primera fase del combate. El fuego chileno demostró ser bastante certero y por lo tanto mortal. Las embestidas peruanas no podían romper las barricadas y se veían obligadas a retroceder para reintentar una y otra vez penetrar las defensas del adversario. En este cruento proceso sin embargo, algunos chilenos resultaron muertos o heridos y pronto se hizo evidente que por más esfuerzos que hicieran no podrían mantener los accesos indefinidamente. Los peruanos, pese a las bajas sufridas no mostraban intención de suspender o concluir el ataque y se vislumbraba que su aguerrida determinación y ventaja numérica pronto les permitiría alcanzar su objetivo. Así fue, porque pese a todos los intentos por no ceder las posiciones, los chilenos fueron forzados a replegarse de a pocos hacia el centro de la Plaza de Armas cargando a sus heridos y dejando sobre los accesos -mudos testigos de la épica lucha- los cadáveres de sus compañeros caídos en acción. En esa nueva posición quedaron sin embargo más expuestos que antes. Teniendo en cuenta que bajo tales circunstancias resultaba suicida mantener la plaza, el capitán Carrera Pinto ordenó a sus fuerzas replegarse hacia el cuartel, desde el cual continuarían combatiendo. Los hombres obedecieron y pronto la Plaza de Armas quedó desierta. Una vez dentro del cuartel los soldados trancaron las puertas y tapiaron con muebles las ventanas dejando sólo troneras para disparar.

Mientras el comando peruano evaluaba un plan de acción para capturar el cuartel mediante un asalto convencional, los guerrilleros, indignados por las represalias, cupos y otros abusos cometidos por la división del centro contra sus pueblos y familias, se lanzaron una vez más, indiscriminadamente, contra el objetivo. Esta decidida acción fue respondida con un fuego nutrido y compacto que los obligó a replegarse no sin sufrir cuantiosas bajas.

Suspendido este ataque, el coronel Gasto, consciente que tarde o temprano se tomaría el cuartel chileno y previendo que este proceso demandaría un mayor derramamiento de sangre en ambas partes, que inclusive podía implicar el exterminio del valiente destacamento enemigo, envió a uno de sus oficiales para que, bajo bandera de parlamento, les planteara la rendición de acuerdo a las leyes de la guerra y ante la imposibilidad de que los hombres de la cuarta compañía del Chacabuco mantuvieran por mucho tiempo su frágil posición. El texto de la notificación era corto pero explícito:

“Señor Jefe de las fuerzas chilenas de ocupación.- Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimó a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber.”

La respuesta de Carrera Pinto habría sido tan dramática como tajante. Se dice que en el mismo papel que recibió la notificación de rendición escribió:

“En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquel deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted”.

En otras palabras, no pensaba rendirse. Frente a tales circunstancias los hombres que ocupaban los accesos de la plaza emprendieron un nuevo asalto para capturar el cuartel. Aquella aguerrida incursión realizada a pecho descubierto por combatientes en su mayoría armados sólo con piedras y rejones fue nuevamente rechazada con feroces descargas de plomo. Se continuó pues luchando con igual ímpetu hasta que la tarde dio paso a las penumbras de la noche; el frío se acentuó, el silencio se apoderó de la plaza y uno y otro bando se dedicó a atender a sus heridos y a reponer fuerzas. Los peruanos sólo deseaban poner término al drama y los estoicos chilenos aún mantenían la esperanza que de un momento a otro aparecerían las tropas que los salvarían de lo que ya se presentaba como una muerte segura. Sólo era cuestión de tiempo. Mientras tanto sólo quedaba continuar la pelea.

El combate se reanudó alrededor de las 19:00 horas, sólo que esta vez adquirió un matiz diferente. Los peruanos continuaron disparando contra el cuartel y avanzaron protegidos por la oscuridad, hasta lograr finalmente alcanzar las paredes del recinto. Los hombres del Chacabuco formaron y armados de gran coraje salieron en grupos a repeler los ataques a la bayoneta, con lo que hicieron retroceder a sus atacantes. Esta secuencia se repetiría en varias oportunidades y si bien en este proceso los chilenos lograban parcialmente su cometido, es decir alejar a los peruanos de su posición, comenzaron a sufrir bajas en mayor proporción. En este proceso Carrera Pinto recibió dos heridas en el brazo.

En la practica los peruanos ya eran dueños de Concepción, salvo por la construcción que servía como cuartel chileno. Por ello, aproximadamente a las 20:00 horas, en cumplimiento de ordenes superiores, el coronel Gastó dispuso que las tropas del ejército regular se dirigieran hacia al fundo Santibáñez entre Quichuay e Ingenio. Por su parte Ambrosio Salazar, quien quedó como único responsable militar de las acciones para neutralizar al destacamento chileno, apreció la dilatación de la lucha sin ver nada positivo y decidió dar más ímpetu al ataque. Como los peruanos ya controlaban la totalidad de la plaza, pudieron ocupar las casas aledañas al cuartel, que de este modo terminó rodeado por los cuatro lados. Así, trepados sobre los techos vecinos y desde distintos ángulos, continuaron disparando contra el objetivo y causando más mortandad entre los agotados adversarios. Carrera Pinto vio la situación desesperada. El tiempo transcurría; del Canto no aparecía, las municiones casi se habían agotado y las bajas eran proporcionalmente grandes. Sí bien el espíritu combativo de sus hombres no había mermado todo hacía presagiar que el final era inminente. Los gritos intimando a la rendición se sucedían, pero el oficial sureño, pese a su situación, prestó oídos sordos y decidió mantener su puesto hasta las últimas consecuencias. Era evidente que prefería morir antes que rendir su comando. El olor a pólvora, la sangre, el humo, los gemidos de los heridos, los gritos de los combatientes, las amenazas, el ruido de las balas, todos ellos elementos componentes de un espectáculo dantesco pero épico donde ambas partes daban muestras de un valor admirable: En unos, tener que sostenerse espartanamente contra fuerzas superiores con la seguridad que si no llegaban refuerzos serían exterminados; en otros, la mayoría descalzos y sin uniforme, el enfrentar con el pecho descubierto, blandiendo apenas hondas y rejones, los mortales y certeros disparos del contrincante.

Antes de la medianoche ya la mitad de la compañía del Chacabuco había perecido en la contienda. Pero los sobrevivientes no bajaron la guardia, batiéndose a balazos, culatazos o cargando a la bayoneta, pero jamás dispuestos a ceder su posición. Entonces los peruanos realizaron nuevas variantes para lograr ingresar al cuartel y dar término al drama. Abrieron agujeros en las paredes de adobe y exponiéndose a una muerte segura treparon sobre el techo de paja para incendiarlo y forzar su evacuación. El fuego, avivado por la cera que lanzaban los contrincantes hizo presa del cuartel y sus ocupantes apagaron lo que pudieron. El humo se intensificó. Al final no había agua. Carrera Pinto decidió entonces efectuar otra salida con objeto de evacuar nuevamente el perímetro. Al frente de su grupo se abrió paso con los corvos, avanzando por el frente y los costados del cuartel.

El resto que permaneció en el interior intentaba alejar a los heridos del fuego y detener a los peruanos que pretendían ingresar por los agujeros. Fue en estas circunstancias que el capitán Carrera y varios de sus hombres cayeron muertos en acción, el primero por una bala que le atravesó el pecho (8). Las puertas del cuartel volvieron a cerrarse con no más de dos docenas de hombres aptos para combatir, ahora bajo el mando del subteniente Montt. Un tiempo después los chilenos se vieron obligados a salir para repetir la operación y en la temeraria carga Montt también resultó muerto. El mando recayó en el joven Pérez Canto. Nuevamente los guerrilleros peruanos y los habitantes de Concepción solicitaron a los chilenos rendirse pues no había razón para continuar tan inútil lucha. Los emisarios sin embargo fueron baleados en el fragor del combate y ello enervó a los atacantes que consideraron tal reacción como un acto de traición. Los ataques se prolongaron durante toda la madrugada, sin mitigarse y sin que los chilenos se decidieran finalmente a presentar bandera de parlamento.

Amaneció finalmente y con la luz del día como testigo, Pérez Canto se vio obligado a efectuar una nueva y suicida incursión fuera del cuartel. Peleó hasta donde le dieron las fuerzas y sucumbió finalmente con los hombres que lo acompañaron, todos ellos víctimas de su arrojo.

Dentro del recinto sólo permanecía el novel subteniente Cruz con una docena de soldados y las tres cantineras. Una vez más los peruanos, impresionados ante el espectáculo y fastidiados por el derramamiento de sangre, quisieron salvar la vida de los sobrevivientes y exhortaron a Cruz a deponer su actitud combativa. Se le hizo ver que ya había cumplido sobradamente con su deber y que era demasiado joven para morir. Inclusive se dice que se le hizo llegar el mensaje de una muchacha amiga de este, en el que le imploraba que pusiera fin a la contienda. Fue inútil.

Los chilenos prosiguieron acuartelados, con los cañones y percutores de sus rifles calientes por las continuas descargas. Finalmente las municiones se les agotaron por completo. A las nueve de la mañana aproximadamente, el fuego había adquirido proporciones terribles. El destacamento ya no podía permanecer dentro de ese infierno pues los hombres eran alcanzados por las llamas o se ahogaban por efectos del humo, que hacía irrespirable el ambiente. La mayoría de los heridos ya había expirado. Entonces Cruz ordenó cargar a los heridos y con los pocos hombres que le quedaban salió del recinto, convertido en un verdadero infierno, para abrir paso a la fuerza hacia la Plaza. En ese proceso el aguerrido subteniente y la mayoría de sus acompañantes sucumbieron. Para todo efecto, tras 17 dramáticas horas, la batalla había concluido.

Los pocos sobrevivientes fueron capturados entre el llanto desconsolado de las cantineras. Para aquel grupo de combatientes la resistencia había terminado; habían sostenido espartana lucha hasta el límite del coraje y la determinación que puede ofrecer un hombre. Todos sus oficiales, suboficiales y la gran mayoría de compañeros estaban muertos. El comandante Lago de inmediato los declaró prisioneros de guerra (9).

Para infortunio de ellos, el oficial peruano no pudo contener la ira de los guerrilleros. Como unas horas antes el coronel Gasto con el ejército regular se habían retirado en cumplimiento de órdenes superiores a sabiendas que en la práctica el combate había concluido y que era cuestión de tiempo rendir a los remanentes de la guarnición chilena, Lago no contaba con suficientes recursos como para frenar a los enfurecidos guerrilleros. A ellos los chilenos los fusilaban cuando los capturaban, les desconocían su carácter de beligerantes, quemaban sus viviendas y saqueaban sus pueblos. Decenas de ellos yacían muertos en aquel combate; Pagaron con la ley del talión. Ajenos al raciocinio que se pierde en circunstancias tan difíciles como las vividas, se lanzaron sobre los sobrevivientes y ante el horror del vecindario y la impotencia de los oficiales, los ejecutaron (10).

El 10 de julio las fuerzas del general Cáceres reanudaron la marcha sobre Huancayo resueltos a continuar la lucha, pero del Canto había evacuado ya la población dirigiéndose a Jauja, por la cual la capital de Junín fue recuperada por las fuerzas peruanas. Concepción se convertiría sin duda en uno de los incidentes más brutales de la guerra del Pacífico, en el que ambos bandos, en mayor o menor medida, fueron responsables de actos reprobables. Además de los 77 oficiales y soldados chilenos, 291 peruanos rindieron la vida en el combate. En su repliegue, del Canto llegó, como estaba previsto, a Concepción, donde descubrió los cadáveres de sus compañeros caídos. Acto seguido y continuando con la secuela de destrucción vivida en las últimas horas, ordenó que la caballería cargase contra los cerros de Concepción donde yacían heridos los guerrilleros que participaron en el combate. Posteriormente dispuso fusilar a 94 montoneros prisioneros y otros residentes del pueblo. Acto seguido ordenó incendiar el pueblo, el primero de una serie de caseríos y poblados que serían arrasados en represalia en el recorrido hacia Tarma.

El periodista Manuel F. Horta, corresponsal del diario “El Eco” de Junín, quien visitó Concepción después del combate escribió:

“La ciudad de Concepción es una sola ruina. De las manzanas de casas que la formaban, no existe ninguna en pie. Los horrores de la guerra parece que se hubieran aglomerado sobre este infeliz pueblo, para ofrecerse en toda su desnudez, formando un cuadro infernal, propio para conmover a los corazones más empedernidos”

Por su parte, el coronel del Canto, por iniciativa del comandante del regimiento Chacabuco, dispuso que los corazones de los cuatro valientes oficiales fueran retirados de sus cuerpos para ser transportados a Lima (11). Luego concluyó el paso de su ejército por Concepción con la siguiente proclama:

“Soldados del Ejército del Centro: Al pasar por el pueblo de Concepción habéis presenciado ese lúgubre cuadro de escombros y cuyo combustible fueron los restos queridos de cuatro oficiales y 73 individuos de tropa del Batallón Chacabuco Sexto de Línea. Millares de manos salvajes fueron autores de tamaño crimen; pero es necesario que tengáis entendido que los que defendieron él puesto que se les había confiado eran chilenos y que, fieles al cariño de su patria y animados por el entusiasmo de defender su bandera, prefirieron sucumbir todos antes que rendirse. Los que perecieron en Concepción en defensa de nuestra querida patria han obtenido la palma del martirio; pero una i mil veces benditos sean, puesto que su valor y sacrificio les ha dado derecho a la corona de los héroes”.

La batalla de Concepción fue la acción de armas en la Sierra Central en la que más soldados chilenos rindieron la vida. De acuerdo a los partes oficiales chilenos, en el período de la Campaña de la Breña que comprende el primero de julio de 1882 y el primero de julio de 1883 el ejército de ese país sufrió 2,426 bajas. De estas, más de 200 habrían muerto en combate (77 en Concepción) y 603 perecieron por enfermedades, en su mayoría por tifus. Además, unos 1,000 efectivos fueron licenciados por inutilidad física, resultado de las acciones del ejército y los montoneros peruanos, mientras que 674 fueron dados como desaparecidos.

Como del Canto terminó abandonando la sierra, el prestigio del coronel Cáceres alcanzó la cúspide, pues era indudable que había conseguido un triunfo para su país. Incluso en Chile, a raíz de los cruentos resultados en los Andes, comenzaron a sentirse voces pidiendo la desocupación del Perú, por lo menos hasta el norte del río Sama.

La guerra sin embargo, no había llegado a su fín y se prolongaría exactamente, por un año más



LOS ADVERSARIOS Y EL ESCENARIO

Arriba, foto de oficiales (izquierda) y soldados chilenos, captada en estudio, en Lima, poco despues de la captura de la capital. Hombres como estos integraron las divisiones que se internaron en la sierra central para enfrentar a las fuerzas peruanas lideradas por el general Caceres. Disciplinados, bien armados y equipados, contrastaban con la modestia material de las fuerzas peruanas, pobremente equipadas pero igualmente imbuídas de un alto espiritu patriotico. Abajo, una escena de la batalla de la Concepcion.


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