| CUENTOS DE MISTERIO
Por: José Alfredo Gonzalez Celdrán Escritor. |

Una densa oscuridad envolvía la calle cuando Pedro se detuvo a la entrada de su edificio buscando las llaves. Por más que hurgaba en los bolsillos, no acertaba a encontrarlas y maldijo airadamente la torpeza de sus manos. Creyó notar algo metálico al fondo del derecho, bajo el pañuelo, y se esforzó por acariciarlo con la punta de los dedos. Finalmente se hizo con ellas, seleccionó la que correspondía al portal y, antes de que pudiera introducirla en la cerradura, el llavero se le resbaló y cayó al suelo. Volvió a maldecir en voz baja y se agachó a recogerlo. Cuando se puso en pie sintió de nuevo el repentino azote del viento sobre el cuello, pero un viento débil, tan débil, que había sido incapaz de mover una sola hoja de los árboles. Aturdido aún por la embriaguez, subió tambaleante las escaleras del primer rellano y entró en el ascensor. No podía afirmarlo, porque sus reflejos se hallaban mermados, pero estaba seguro de que él no había apretado el botón del quinto piso y, sin embargo, se encontraba subiendo precisamente allí, como si el ascensor conociera a los vecinos y supiera a dónde debía conducirlos. O tal vez la orden había sido suya pero no lo recordaba por culpa del alcohol. Pedro maldijo ahora su afición a la bebida, se restregó los ojos con fuerza y extendió el brazo para salir cuando la máquina se detuvo. Percibió el frío tacto del metal sobre su piel, aunque no tuvo conciencia de haber hecho la presión necesaria para que se abriera y, sin embargo, se abrió. Quizá el alcohol le proporcionaba una fuerza sobrehumana, pensó divertido, y con un soplo era capaz de mover objetos pesados, con un sencillo soplo, con un soplo...como el que volvió a sentir en su cuello cuando abrió la puerta de su casa y apagó la luz del pasillo. Algún día la junta de la comunidad debería convenir en la necesidad de que la iluminación del edificio fuera automática. Había inquilinos muy descuidados que la dejaban encendida, como si el contador no existiera. Y a saber quién habría sido el cretino que se las había dejado ahora.
Él había entrado a oscuras y no había escuchado pasos o ruido alguno que delatara la presencia de nadie más. Bueno, qué demonios, pudo ser cualquiera mientras él iba en el ascensor. De todas maneras le venía bien; así no tendría problemas para entrar en casa. Bastante esfuerzo le costaba mantenerse derecho. Lo que no se explicaba era de dónde procedía aquella corriente de aire que le golpeaba la nuca sin cesar. No había ventanas abiertas y lo mismo ocurría con la puerta de abajo, que además estaba a una distancia de cinco pisos. Miró por todos lados buscando una rendija, hizo una mueca de extrañeza al no encontrarla y entró en casa.
La idea de arrojarse en el sofá era una constante en su vida, como si se tratara de la tierna esposa que lo recibía con los brazos abiertos, y, así, dejó caer su peso bocabajo sobre el indefenso mueble y respiró confortado. La cabeza le daba vueltas y pensó que no importaba si aquella noche la pasaba durmiendo en el salón en vez de en el dormitorio. Ni siquiera se cambiaría de ropa. ¿Para qué? ¿Le iban a echar en cara su dejadez por la mañana? ¿Ante quién tenía que responder de su habitual caos doméstico? Nadie, por desgracia, pensó echando un vistazo alrededor suyo. Nadie me aguarda cuando vuelvo por la noche, nadie me saluda interesándose por mi jornada, nadie me abraza ni me besa con afecto, nadie... Pedro se incorporó en el sofá sobresaltado. Se había excedido con el güisqui, es cierto, y puede que la cabeza le diera vueltas y le distorsionara la percepción, de acuerdo, pero no le cabía duda: alguien le había besado en la mejilla mientras soñaba precisamente con que alguien lo hiciera. Había notado el roce y la humedad de unos labios por unos instantes y eso no debía de ser una alucinación. Era real, un beso frío, pero beso, a fin de cuentas, y no obstante imposible, porque Pedro estaba solo en casa. O tal vez no. Mientras reflexionaba sentado en el sofá, su cuello recibió un poco de la brisa que le venía acosando desde que salió del bar. Ahora la percibía con mayor claridad. No se trataba del aire exterior que invadiera su hogar desde la calle a través de algún resquicio en las ventanas o en las paredes, porque en la calle reinaba el frescor otoñal y aquello que le atosigaba la nuca era muy cálido. Más bien parecía...como si estuvieran respirando a sus espaldas y le echaran el aliento encima, como si un intruso detrás suyo se mantuviera escondido pero tan cerca, que pudiera alcanzarlo con su respiración. Llevado por ese temor, Pedro se giró velozmente y encaró el final de la estancia con ánimo agresivo. Buscó en la oscuridad un relieve inusual, un bulto que se moviera, para arrojarle el cenicero que había cogido de la mesita. Pero no vio nada. El salón estaba vacío y silencioso, turbado apenas por el motor de los coches que cruzaban la carretera. Y, sin embargo, notaba la presencia de un extraño junto a él, a su lado, a sus espaldas, vomitándole sin cesar un aliento pegajoso sobre el cuello, un aliento que lo acompañaba desde hacía una hora y cuya boca no podía descubrir. Volvió a girarse, blandiendo todavía el pesado cenicero, y preguntó en voz alta si había alguien allí. La pregunta se repartió por toda la casa pero no obtuvo respuesta. En unos segundos, Pedro dejó de experimentar la desagradable sensación del aire caliente y suspiró aliviado, culpándose a sí mismo de la patológica atracción que lo apresaba en la bebida y lo condenaba a tener visiones y casi enloquecer sin motivo alguno.
Lleno de rabia, maldijo
una vez más su desventura y cogió una botella de licor para
verter su contenido en el lavabo. Así, al menos por esta noche,
no lo probaría.
Una vez en el cuarto de baño
desenroscó el tapón y vació el güisqui directamente
en el desagüe. Mientras lo hacía volvió a sentir
el tacto de una incómoda brisa sobre la nuca y hubo esforzarse en
no encarar lo que se hallara a sus espaldas, ante la certeza de que en
realidad no había nada, sino las brumas del alcohol jugando con
sus sentidos. Tras vaciar la botella, Pedro abrió el grifo
y se agachó. En tanto el agua le resbalaba por la cabeza,
se libró del acoso de aquella agobiante respiración, lo que
afirmó su sospecha de que todo había sido producto de su
media embriaguez. Ahora que se notaba más despejado podría
descansar un rato frente al televisor y conciliar el sueño.
Cogió la toalla a su derecha y, aún sin erguirse, miró
fugazmente el espejo. Un pequeño círculo de vaho se
estaba formando a la que vendría a ser la altura de sus ojos, o
quizá algo más abajo, más bien...a la altura de su
cuello. Sacudido por un escalofrío, Pedro dejó caer
la toalla en el lavabo y enderezó su postura sin atreverse a levantar
la vista. Como imaginaba, su cuello experimentó de nuevo la
repulsiva presión de aquel aliento viscoso babeándolo sin
cesar. Tras unos segundos de indecisión, Pedro abrió
los ojos y miró. La imagen que le devolvía el espejo
tras el vaho era la suya, pero una segunda imagen se reflejaba detrás
de ella, la imagen de un hombre que se encontraba a sus espaldas y le escupía
el aliento de manera más premiosa que antes, casi entre jadeos.
Pedro salió corriendo del baño, tropezando con los muebles,
y se encerró en la habitación. Descolgó el teléfono
de la mesilla y marcó un número, pero la línea estaba
cortada. En el apartamento no había ruidos, no se escuchaban
pasos ni se advertían señales de que hubiera un intruso.
Pedro se frotó el cabello con fuerza y volvió a repetirse
que nada era real, que tanto el aliento como la visión eran alucinaciones
provocadas por el alcohol, que todo cesaría cuando consiguiera dormir
un poco. Haciendo acopio de valor, Pedro abandonó la habitación
y se internó en la semioscuridad de su sala de estar y regresó
al cuarto de baño. Nadie se encontraba allí, ni siquiera
en el espejo. Pedro suspiró aliviado y abrió de nuevo
el grifo pero, en cuanto puso las manos bajo el agua, un débil cosquilleo
le arremolinó el cabello de la nuca, un cosquilleo cada vez más
intenso y familiar que se fue convirtiendo en un cálido soplo. Lleno
de temor, alzó lentamente la vista hacia el espejo y vio reflejado
tras sí al mismo hombre, siempre inmóvil, siempre arrojándole
el aliento como una sombra húmeda clavada en sus espaldas.
Pedro estranguló un grito y corrió por segunda vez a la habitación.
Sin saber qué hacer ni qué decisión tomar, abrió
finalmente la ventana y miró hacia abajo para comprobar la altura.
Si podía, escaparía por allí y, si hacía falta,
se descolgaría con sábanas, como en el cine. El aire
fresco de la calle lo despejó un poco y, al ver la tranquilidad
que reinaba en el exterior, renovó sus censuras contra la debilidad
de su carne y se autoimbuyó confianza para no desplomarse como un
neurótico obsesivo. Entonces se escucharon unos golpes en
la puerta seguidos de unos arañazos, como si alguien acariciara
la madera groseramente. No pudiéndo resistirlo más,
Pedro se acercó al armario y abrió las hojas para extraer
cuantas sábanas y cosas parecidas pudiera encontrar. Comenzó
a anudar dos de ellas y, cuando estaba apretando el lazo, se dio cuenta
de que la hoja que tenía frente a él soportaba un espejo
de vestidor en el que podía verse a sí mismo fabricando la
escala y detrás de él a un hombre en pie con la boca entreabierta
y los brazos extendidos para hacer una presa en su cuello. Pedro
sintió un vuelco en el corazón, abandonó las sábanas
en el suelo y, gritando como un loco, se arrojó al vacío
por la ventana.
Una hora después,
la policía había acordonado el lugar del accidente y registraba
la casa en busca de pruebas que ayudaran a encontrar una explicación.
Se supo que lo había abandonado su mujer hacía cuatro meses
en los que, según afirmaban los vecinos, tomó una excesiva
afición a la bebida. En apariencia, un caso claro de suicidio
por depresión. No había señales de violencia
ni de robo, tan sólo un cenicero caído por el suelo y un
par de muebles cambiados de posición. La botella vacía
que se encontró volcada en el lavabo permitía sospechar una
cierta embriaguez en el individuo, que, por otro lado, despedía
un fuerte olor a güisqui.
El inspector dio por finalizado el registro cuarenta y cinco minutos después, sin encontrar indicios de que se hubiera producido un asesinato o de que se hubiera impelido a la víctima a quitarse la vida por cualquier medio. Fue una decisión propia basada en un impulso irracional. Eso era todo. Lo único que le extrañaba era la presencia de un cerco de vaho en el espejo del baño cuando ya se debería haber evaporado, pero a él le pagaban para resolver crímenes y no problemas de física. Ahora le bastaba con salir de aquella casa y protegerse de la corriente, porque hacía ya rato que sentía por la cabeza una brisa cálida o, quizá mejor, no una brisa, sino, más bien como...como si alguien a su espalda estuviera continuamente echándole el aliento en el cuello.

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