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La Castidad en la Compañía

     Sobre este tema san Ignacio es decididamente escueto. En las Constituciones de la Compañía, cuando aborda el tema de la castidad, se limita a decir: "y porque lo que toca al voto de castidad no pide interpretación, constando cuán perfectamente deba guardarse procurando imitar en ella la puridad angélica con la limpieza del cuerpo y mente, esto presupuesto, [pasaremos a ver lo que corresponde a la obediencia]". No obstante lo que Ignacio sostiene, la última reunión general de los jesuitas (conocida como Congregación General) decidió referirse al tema debido a la relevancia que tiene en las actuales circunstancias. Es así que ahora nos asomamos desde la perspectiva de esta Congregación General a este tema.

     Ignacio entendió que la Compañía de Jesús tiene su raíz en un desprendimiento fundamental y en la determinación de servir totalmente a Dios. En este sentido, la Compañía había de ser una realización de la vida apostólica: "Señor, lo hemos dejado todo y te hemos seguido" [cf. Lc.18,28]. Para el jesuita esta renuncia abarca "casa, mujer, hermanos, padres e hijos por el Reino de los Cielos" [Lc. 18,19]. Aunque sin ingenuidad reconocemos los aspectos de renuncia que conlleva la castidad, sabemos valorar el hecho de que un profundo amor personal hace posible seguir a Cristo de manera que se le tenga en lugar de todo lo renunciado.

     Lo que Ignacio afirma acerca de la "puridad angélica" debe provocar la hilaridad de algunos y la perplejidad de muchos, sin embargo esto no equivale a que el jesuita haya decidido actuar como si lamentara tener cuerpo. El jesuita está llamado a encarnar en su vida la unidad de visión y la disponibilidad para la misión que según Ignacio tenían los ángeles. Para Ignacio, los ángeles eran "espíritus enviados a servir". Vivían en inmediata familiaridad con Dios y servían como ministros de Dios atrayendo a los seres humanos hacia Él. En su castidad, el jesuita procura realizar en sus acciones y pensamientos una unión con Dios análoga en la oración y el trabajo apostólico.

     A lo largo de su vida, el jesuita derrochará su tiempo y talento en una gratuidad absolutamente desinteresada. No se está montando su propio negocio, ni quiere hacer carrera, ni se está construyendo su propia casa y familia. Su castidad le ha hecho capaz de cultivar la pobreza. Al final de su vida y por su voto de castidad se habrá hecho pobre de una manera que sus dotes naturales y su educación y energía previas hacían imposible. Todo esto pertenece al ayer; lo ha invertido en provecho ajeno. Al fin se ha hecho pobre como Cristo, que "siendo rico se hizo pobre sotros" [2 Cor. 8,9]. Se ha hecho un hombre sin familia ni propiedad que nada ha construido para sí mismo y que mira a Dios para definir su vida. Esta pobreza que brota de su castidad no destruye su vida como jesuita; en muchos aspectos le ha dado plenitud y satisfacción. Pero no debería camuflar el precio de una vida de estas características.