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La Obediencia

     Si la Compañía fue fundada para poder colaborar con Cristo en su obra de salvación, lo que va a hacer eficaz esta colaboración será la obediencia de los compañeros.

     La práctica de la obediencia es lo que distingue de manera especial a la Compañía. Es el carisma dado a ella por medio de San Ignacio, a fin de convertirla "en un instrumento más apto de Cristo en la Iglesia para la ayuda de las almas, a mayor gloria de Dios" [NC 149].

     Gracias a ella la Compañía es incondicionalrnente disponible; gracias a ella, la Compañía se puede adaptar y readaptar a cualquier situación o circunstancia -por difícil que sea- para bien de la misión; y gracias a ella, la Compañía puede responder inmediatamente y con presteza, encontrándose en todo momento dispuesta a llevar adelante cualquier misión que la Iglesia -por medio del Papa- le quiera encomendar.

     San Ignacio enfatizó la disponibilidad que ofrece la obediencia, porque convierte a la Compañía en un instrumento enorrnemente útil para el trabajo con el Señor: lo que quiera y a donde quiera. Decía, "todos se dispongan mucho a observarla y señalarse en ella ... teniendo entre los ojos a Dios nuestro creador y Señor, por quien se hace la tal obediencia" [Co. 547], ya que la verdadera obediencia no mira a quién se hace sino por quién se hace [cf. Co. 84].

     La obediencia es una experiencia de fe que supone una gran sensibilidad espiritual: de una parte, supone libertad, por la cual uno reconoce y acepta la voluntad de Dios; y de otra, supone confianza en quien manda, creyendo que a través de él, Dios está manifestando su voluntad. Y esto, no solo en cuanto a la ejecución de lo que se manda (haciéndolo), sino también en cuanto a la voluntad (queriéndolo) y al entendimiento (pareciéndole bien).

     Sin embargo, hay que entender que la obediencia en la Compañía no es militar, en donde uno 'debe hacer' sin preguntar. La obediencia en la Compañía parte de un diálogo cercano y abierto entre el superior y el súbdito, guiados ambos por un mismo y único fin: el bien del prójimo. En este diálogo el súbdito siempre puede presentar los pros y contras que juzgue conveniente, y el superior -escuchados todos los argumentos-- podrá mandar lo que a la luz del Señor juzgue conveniente. El súbdito, sabiendo que es la recta intención lo que mueve al superior (quien además ha debido considerar el bien más universal), y acepta con alegría la decisión del superior por considerarla expresión de la voluntad de Dios.

     Un elemento de principal importancia para las decisiones del superior es la llamada "cuenta de conciencia". Se trata de un acto por el cual el súbdito (bajo secreto de confesión) le descubre toda su conciencia al superior (alegrías, dificultades, tentaciones, consolaciones, luces, sombras, ...); y esto permite al superior saber qué conviene y que no conviene mandar, para que no se haga daño al súbdito y se vea el mayor bien del cuerpo y de la misión.