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La Vida Espiritual

     El jesuita es un hombre apasionado por el Señor, que ha decidido seguirlo al modo como lo hace la Compañía de Jesús; y el modo como lo hace la Compañía es fundamentalmente "apostólico".

     Esto significa que el jesuita está llamado a "encontrar a Dios en todas las cosas" y de modo particular, en medio del trabajo y de las actividades diarias; y a verlo presente en el mundo, en donde tiene lugar la continua lucha contra el mal. Esta capacidad de integrar la oración y el trabajo es lo que hace del jesuita un contemplativo en la acción.

     Para ser un "contemplativo en la acción" es necesario poner los medios; y "los medios que juntan al instrumento con Dios ... son más eficaces que los que le disponen para con los hombres" [Co. 813]. Con esto, San Ignacio quiere indicar que los "medios espirituales" son esenciales para los buenos resultados del trabajo apostólico de la Compañía. En consecuencia, será el cultivo de su vida espiritual y de su cercanía con el Señor lo que hará al jesuita apostólicamente eficaz y le permitirá ser un "hombre para los demás".

     El sello espiritual del jesuita está dado por los Ejercicios Espirituales que deberá repetir anualmente, en una experiencia de 8 días. Y entre los medios espirituales que se trabajan en los Ejercicios, y que usa la Compañía para hacer del jesuita un contemplativo en la acción, tenemos:

  1. La oración diaria. El "compañero de Jesús" es un hombre fundamentalmente unido a Dios por la oración; y la práctica regular de ella es lo que lo hace alegre, optimista y valeroso para hacer frente a lo que se opone a Dios, en su constante esfuerzo por llevar a los hombres de vuelta al creador. Es práctica de la Compañía que el jesuita dedique una hora diaria a la oración personal.
  2. La Eucaristía diaria. El centro de la vida religiosa del jesuita es la celebración diaria de la Eucaristía. Al compartir el cuerpo del Señor y al celebrar su victoria sobre la muerte, el jesuita se llena de la fuerza necesaria para continuar, gozoso, su trabajo por el Reino.
  3. El examen de conciencia. El examen de conciencia es una revisión periódica de la manera como uno va haciendo la voluntad de Dios en su vida; y, a través del "discernimiento espiritual", poder saber qué hacer para cumplirla como lo hizo Jesús.

     Es posible saber qué hacer gracias a que el discernimiento es un arte espiritual que nos ayuda a escoger la alternativa que Dios desea. De hecho, al realizar el trabajo apostólico, siempre vemos obligados a tomar decisiones; y esta toma de decisiones produce en nuestro interior una serie de pensamientos y sentimientos que nos llevan a inclinarnos por una alternativa o por otra. ¿Cuál escoger? ¿Cuál es la voluntad de Dios? El discernimiento consiste en separar -gracias a la ayuda de ciertas reglas de observación personal- los pensamientos y sentimientos que vienen de Dios de los que no vienen de Dios. Esta separación nos permite saber, al momento de elegir, en cuál de las alternativas que tenemos por delante se encuentra la voluntad de Dios.

     Para que podamos aprender este arte espiritual, San Ignacio dejó una serie de orientaciones que sacó de su experiencia personal y que se encuentran en los Ejercicios Espirituales.

     La práctica constante del discernimiento hace que uno llegue a ser capaz de unir la oración y el trabajo, la contemplación y la acción, la gloria de Dios y el servicio al prójimo, la fe y la justicia. Gracias a ello es posible escuchar a Dios en medio del mundo, descubrir su actuar entre los hombres, y ver si lo que estamos haciendo es lo adecuado.

     Además de los medios espirituales mencionados, el jesuita se va a valer de cualquier otro medio espiritual que lo una más a Dios y le permita trabajar mejor por el prójimo. Por ejemplo, a nivel comunitario, el jesuita acostumbra participar de una breve oración comunitaria diaria y, cuando la comunidad acuerde, de un retiro o jornada comunitaria.