Nos despedimos de O Cebreiro con una mañana de sol expléndido, mientras podíamos ver un mar de nubes que cubrían todos los valles que se divisaban. La bajada, muy rápida, pronto nos hizo perder de vista el sol y sumergirnos en una capa de niebla que, combinada con el viento de la velocidad de bajada, nos metió el frío en el cuerpo.
Pasamos por varios albergues de una red que se ve fué construída con ocasión del Jacobeo 93. En general parecen estar todos muy bien, pero cerrados a cal y canto hasta las 4 de la tarde, con lo que no pudimos sellar las credenciales en ninguno. Se ve que la Xunta lo tiene todo un tanto "funcionarizado".
El joven jefe de turno nos impuso "pizza" como almuerzo, desoyendo algunos conatos de protesta por parte de las alas más radicales. Terminamos pronto el trámite y nos vimos en la carretera a las 4 de la tarde, con los nublados totalmente despejados y un sol muy serio, así que, evitando que se nos fundieran las seseras, escogimos una plácida pradera al pie de unos robles centanarios y nos sacudimos un siestón que tembló todo el misterio.
Los últimos kilómetros los conseguimos cumplir a base de Almax y mucho coraje, así que llegamos pronto a Portomarín, curioso pueblo reubicado en los años sesenta por la construcción de un pantano. La iglesia fue trasladada piedra a piedra, de lo que aún dan fe las numeraciones que aún se pueden distinguir.
Aunque por kilómetros podríamos dar por concluído el viaje mañana mismo, hemos decidido partir la última etapa en dos, de modo que podamos llegar a Santiago a media mañana y aprovechar bien el día.
A última hora de la tarde hemos tenido ocasión de ver un espectáculo muy poco habitual en nuestros días: un peregrino a caballo, llamó a un herrador ambulante para calzar al animal, operación que desarrolló frente al albergue y que hizo las delicias de todos los presentes. Por cierto que el caballo lleva encima, según afirma su dueño, 2.800 kilómetros de marcha, desde Alemania. Fue todo un espectáculo.
Incidencias:
La cubierta de la rueda trasera de Víctor estaba tan gastada que se veía la luz a su través, así que decidió, con buen criterio, intercambiarla con la delantera, que siempre sufre menos.