¿Son estos los caminos de Dios?



A la orilla de un bosque y apartado de la gente, vivía un ermitaño entregado a reflexiones espirituales; pero cuanto más consideraba lo que ocurría en este mundo, menos comprendía el trato de dios con los hombres, lo cual lo tenía muy perplejo y lo confundía cada vez más.

Un día meditando en esto, se durmió y tuvo un sueño de lo mas extraño y aleccionador.
Soñó que debía hacer un largo viaje a través del bosque y se hallaba preocupado acerca de como llegar a feliz destino. En esas circunstancias se le acerco un hombre, le dijo, sígueme Andrés, tu solo no hallarías el camino a través del bosque, yo te lo indicaré.

Impresionado por la amabilidad del personaje y la autoridad con la que le hablaba; Andrés se fue con él.

Al anochecer llegaron a una casa, cuyo dueño los recibió cordialmente. Les dio una rica cena y les preparo una cómoda cama.

Este ha sido un día especial, uno de los más felices de mi vida y debemos celebrarlo, mi enemigo se ha reconciliado conmigo y en prenda de su amistad me ha regalado esta copa de oro, que guardaré entre mis mas preciados tesoros, les dijo.

A la mañana siguiente, se levantaron temprano para continuar su camino, le agradecieron su atención y le desearon bendición de Dios por su hospitalidad. Pero antes de despedirse, Andrés notó que su compañero tomaba secretamente la copa de oro y se la guardaba entre sus ropas. Quiso reprocharle su ingratitud, pero el extraño le dijo: silencio, estos son los caminos de Dios.

Al mediodía llegaron a otra casa, la de un avaro que les negó hasta el agua para beber y los llenó de burlas para alejarlos de su casa.

Pasemos mas adelante, le dijo su acompañante, pero primero sacudamos el polvo de nuestros pies; y al decir esto, se sacó la copa de oro y la entrego al avaro, quien la recibió con sorpresa y codicia. ¿Qué haces?, pregunto intrigado Andrés, pero su compañero poniéndose el dedo sobre los labios le respondió, "Silencio, estos son los caminos de Dios"; y siguieron andando.

A la caída de la noche, golpearon a la puerta de una choza miserable, era de un hombre pobre que luchaba contra la adversidad, que parecía ensañarse contra él, a pesar de todo su trabajo; había tenido que vender su propiedad, parcela por parcela y lo único que le quedaba era esa choza. "Soy muy pobre", les dijo el hombre, "pero no puedo permitir que continúen el camino hasta mañana, la noche es fría y oscura y la senda peligrosa a estas horas, pasen a compartir con mi familia lo poco que tenemos". A la mañana siguiente le agradecieron su amabilidad y se despidieron. "Dios te ayudará" le dijo el compañero de Andrés, pero cuando el hombre se dio vuelta para llamar a su esposa, el extraño colocó secretamente en el techo un fuego que media hora después habría de reducir a cenizas la choza y todo cuanto en ella se hallaba.

"No seas perverso", casi le gritó al oído Andrés, al mismo tiempo que trataba de retener su mano, pero el extraño le respondió: "Silencio, estos son los caminos de Dios".

Al anochecer del tercer día, llegaron a la casa de un hombre que les recibió cortésmente pero que parecía preocupado y taciturno, ausente de lo que pasaba a su alrededor, no mostraba alegría sino ante la presencia de su hijo único, un muchachito inteligente y despierto. Al otro día al despedirse los acompañó un trecho del sendero, pero luego les dijo, los acompañaré solo hasta aquí, mi hijito les mostrará el camino hasta el puentecillo del torrente, su corriente es rápida y profunda, les ruego que cuiden de él, para que no le suceda algún desagravio. Dios velará por su bien le respondió el extraño personaje, estrechando la mano del padre. Cuando llegaron al puente, el niño quiso volverse, pero el misterioso compañero de Andrés, le ordené, "pasa delante de nosotros", y cuando el niño estuvo en a medio del puente lo hizo caer a la espumosa y fuerte corriente. Andrés grito desesperado: "prefiero morir perdido en el bosque antes que dar un solo paso mas contigo; ¿son estos los caminos de Dios que quieres mostrarme?". En este instante el misterioso compañero se transformo en un ángel de luz y le dijo: "escucha Andrés, la copa que sustraje al hombre hospitalario estaba envenenada, al avaro en cambio de sus pecados y de su inutilidad en el mundo, beberá en ella su propia muerte, el pobre y trabajador, removerá los escombros para levantar de nuevo su casa y hallará bajo las cenizas un tesoro que lo salvará a él y a su familia de la miseria, de aquí en adelante; el hombre cuyo hijito hice caer en el torrente, proyectaba un asalto en el camino mañana, y pensaba llevar por primera vez a su hijo para que aprendiera a ser salteador, así el muchacho habría llegado a ser un asesino, la pérdida del hijo lo hará recapacitar y lo inducirá a buscar el buen camino. Mientras que el niño murió en estado de inocencia y se salvará. Si no te hubiera revelado no podrías comprender los propósitos de Dios en esta serie de hechos inexplicables a tu manera, has tenido un ejemplo de los caminos del Señor. Ahora no te preocupes mas por ellos en el porvenir". Con esto, el ángel desapareció y el ermitaño despertó curado de todas sus perplejidades.

Aunque esta leyenda supone que es Dios quien inflige el dolor y las desgracias, cuando en realidad es Satanás el causante del sufrimiento, con todo sirve perfectamente para demostrar como obra Dios, en medio del mal que acarrea el pecado, para el bien de sus criaturas amadas. Nuestra mente finita no puede comprender todas los designios del creador, porque como nos lo dice por medio del profeta Isaías: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Yahveh. Como son mas altos los cielos que la tierra, así son mis caminos, más altos que vuestros caminos; y mis pensamientos mas que vuestros pensamientos (Isaías 55, 8-9)



Dr. Cirilo Toro Vargas
Publicado en el Internet:  15 de julio de 2000.