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TOMA EN CONSIDERACIÓN DE PROPOSICIONES DE LEY:

— DEL GRUPO PARLAMENTARIO FEDERAL DE IZQUIERDA UNIDA, SOBRE LA INCLUSIÓN DEL ACOSO PSICOLÓGICO COMO INFRACCIÓN LABORAL EN EL ESTATUTO DE LOS TRABAJADORES

(Número de expediente 122/000249)

El señor PRESIDENTE: Se abre la sesión. Punto I del orden del día:

Debates en torno a la toma en consideración de las proposiciones de ley, que comienzan por la del Grupo Parlamentario Federal de Izquierda Unida sobre la inclusión del acoso psicológico como infracción laboral en el Estatuto de los Trabajadores.

Para su defensa y presentación tiene la palabra, en nombre del grupo proponente, la diputada doña María Jesús Aramburu.

La señora ARAMBURU DEL RÍO: Señor presidente, señorías, la proposición de ley que traigo hoy a esta Cámara se refiere a la inclusión del acoso psicológico como infracción laboral en el Estatuto de los Trabajadores. Voy a tratar de razonarles y defender lo que esta diputada considera elemental, y además tiene la esperanza de llamar la atención para la consideración su aprobación.

Se trata, una vez más, de radiografiar la realidad y cambiarla, cuando es injusta. En este caso les hablo de lo siguiente. Como saben ustedes, el ámbito laboral y el ámbito doméstico son los dos escenarios clasificados como centrales para que las relaciones de poder actúen en la configuración de los microclimas que formatean una sociedad de desiguales, y es con la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, aunque de forma paulatina y en precario, cuando se agudiza la existencia de ciertos comportamientos, cuyos protagonistas pertenecen a los puestos de mando en general. Lo trágico es que sólo cuando el acoso entra en la sustancia de lo sexual, cuando tiene perfil, es visible y verificable, entonces es denunciable y está tipificado, pero hay otro tipo de acoso tan nocivo para la dignidad como el sexual y que denominamos acoso psicológico. Este tipo de acoso consiste, señorías, en diversos procedimientos insidiosos de destrucción, reiterativos, de jefe a subordinado o subordinada. Se trata de tiranos impecables, sin pudor para llegar al asesinato psicológico, acosadores morales intrínsecamente perversos, como los define Mary France Irigoyen, especialista en victimología. Señorías, las víctimas de estos personajes llegan a sufrir verdaderas depresiones que en múltiples ocasiones acaban en suicidio, lo que ha provocado que en países como Suecia, Noruega, Suiza o Canadá se hayan aprobado leyes contra estos personajes que asesinan amablemente y sin compasión. Tratan de aislar y descalificar, se utiliza el comentario, la tergiversación, la rumorología, hasta conseguir neutralizar la defensa del contrario, no reconociendo el agresor, jamás, el conflicto en cuestión, según la psiquiatra francesa. Señorías, estos individuos, que suelen ser siempre jefes de algo, son expertos en enfrentar a unos contra otros y cualquier intento de rebelión acaba en marginación.

Hay un psicólogo y escritor español llamado Francisco Gavilán, autor del libro Toda esa gente insoportable, que cuenta cómo el acosador carga casi siempre a sus empleados, empleadas de horas y horas de trabajo, de deberes por hacer, y los mantiene en vilo con exigencias incongruentes, empeñado siempre, además, en demostrar la inferioridad de quienes los rodean.

Señorías, estudios recientes de diferentes universidades de los Estados Unidos sobre esta rama de la criminología que analiza las secuelas psíquicas, las personas que han sufrido agresiones de esta magnitud, refieren cómo el agresor es un individuo, hombre o mujer, frágil, sin mucha personalidad y con un gran terror a perder el poder, y para asegurárselo necesitan el permanente recurso del autoritarismo, de la vejación y la humillación. Son criminales enmascarados, generalmente bien adaptados, profundos conocedores de las reglas y saben que no pueden sobrepasarse públicamente. Señorías, atiendan y escuchen, porque un perverso no se apiada nunca, porque no tiene conciencia. El agresor tiene dos armas fundamentales: desestabilizar al contrario y evitar la comunicación directa, destruyéndolo poco a poco hasta anularlo. Sería francamente peligroso que en este tiempo en el que se valora profesionalmente la ausencia de sentimientos se impusiera esta patología de impostores patrimonializando el poder, las direcciones empresariales, etcétera, al módico precio de dejar algunos cadáveres psicológicos en el camino.

Señorías, la violencia en el puesto de trabajo, física o psicológica, ha alcanzado dimensiones mundiales, rebasando fronteras, entornos de trabajo y grupos profesionales. En un reciente informe de la OIT se afirma que algunos lugares de trabajo y profesiones se han hecho de alto riesgo y que las mujeres son especialmente vulnerables. Investigaciones llevadas a cabo, por ejemplo, en el Reino Unido han demostrado que el 53 por ciento de los trabajadores, las trabajadoras han sido víctimas de coacciones y el 78 por ciento han sido testigos. Según un estudio realizado en Finlandia, los efectos de las coacciones producen, por ejemplo, en los trabajadores municipales, un 40 por ciento de víctimas extraordinariamente estresadas, un 49 por ciento anormalmente fatigadas y el 39 por ciento se sentían consantemente nerviosos o nerviosas.

Señorías, el acoso moral o psicológico ya constituye un problema creciente en países como Australia, Austria, Dinamarca, Alemania, Suecia, el Reino Unido y los Estados Unidos. Sería incorrecto, además políticamente incorrecto, y defensivo, sobre todo defensivo, vanalizar este fenómeno reduciéndolo a conflictos individuales de agravios o frustraciones personales.

Señorías, Vitori di Martino, que es coautor —como ustedes saben— del informe de la OIT, nos comenta cómo la violencia psicológica, además de la destrucción del supuesto contrario, erosiona a corto y largo plazo la organización y el entorno general del trabajo. Sobre la empresa recaen los costes directos del tiempo de trabajo perdido y del reforzamiento de las medidas de seguridad; los costes indirectos comprenden la reducción de la eficiencia, la productividad, la disminución de la calidad del producto, el deterioro de la imagen y la reducción de la clientela. Es más, señorías, para que se ilustren y conozcan la envergadura de la iniciativa, que no es testimonial ni futurista, pero tampoco se contempla en nuestro ordenamiento, debo decirles que una encuesta realizada en los Estados Unidos por el Instituto Nacional de Seguridad en el Trabajo da que los costes totales ocasionados por la violencia en las empresas de este país en 1992 supusieron 4.000 millones de dólares y, según la junta de indemnización por accidentes de trabajo, de Columbia Británica, en Canadá, las reclamaciones por pérdidas de ingresos salariales, deduciendo las causas de actos violentos, se ha incrementado en un 88 por ciento desde 1985. Una última muestra más de lo que trato de decir: en una empresa alemana, con una plantilla de 1.000 trabajadores, el coste directo de la violencia psicológica se ha calculado en 112.000 dólares anuales y los costes indirectos han sido estimados en 56.000 dólares. Dinero, señorías.

Hoy en esta Cámara estamos ante un problema profundamente real, no subsumido en ningún articulado, con profundas reticencias porque nadie, señorías, quiere moverse, porque estamos construyendo una sociedad del sálvese quien pueda, y si además las agresiones son aparentemente invisibles, las víctimas no encuentran cómo defenderse, ni siquiera en sus leyes democráticas.

Lo que les estoy pidiendo es que el tema, estadísticamente demostrado, deje ser objeto de estudio para convertirse en objeto de actuación. En este sentido, es necesario incluir un capítulo donde se subraye la importancia de abordar la violencia en el trabajo con criterios preventivos, considerando clave la configuración de una respuesta eficaz tanto en la acción inmediata como en la asistencia a largo plazo de las víctimas de la violencia.

Señorías, este tiempo de precarización y de regulación en el trabajo hace más inseguro y débil al trabajador, a la trabajadora y consiente cada vez más los abusos del poder. La violencia en el trabajo también se ha globalizado y tiene los siguientes nombres, señorías: intimidación, amenazas, ostracismo, mensajes ofensivos, lenguaje soez, gritos, apodos, indirectas, silencio despreciativo, golpes, daño moral, acoso psicológico, en definitiva, señorías.

Yo animo a los sindicatos, a las organizaciones empresariales y a las fuerzas sociales a recuperar la cultura de la denuncia, y emplazo a esta Cámara a desempolvarse, a dar amparo a las víctimas, a prevenir los conflictos y a legislar para todos y todas, las trabajadoras incluidas, por tanto, las mujeres cuando están doblemente afectadas.

Efectivamente, en diciembre de 1998 se ha venido a recoger en el artículo 96 del texto refundido de la Ley del Estatuto de los Trabajadores, aprobado por Real Decreto Legislativo de 1/1995, de 24 de marzo, la figura del acoso sexual como infracción muy grave y, por tanto, sancionable. Igualmente, es necesario introducir y equiparar el acoso psicológico cuando se produzca dentro del ámbito a que alcanza la facultad de dirección empresarial con un nuevo apartado, con el 15, en el artículo 96 del mencionado texto.

Termino, señorías, diciéndoles lo siguiente: que cuando el trabajo resulta peligroso en un país hay que decidirse entre barbarie o civilización, y que demasiadas mujeres y demasiados ciudadanos víctimas de abusos están siendo hoy golpeados en este país y aquí en esta Cámara nunca pasa nada. Yo considero esta iniciativa humildemente histórica y, por decirles algo más que remueva sus conciencias, les recuerdo que la violencia psicológica o el llamado acoso moral es la causa del 15 por ciento de los suicidios en este país, y quizá a ustedes les parezca sólo algo novedosa, compleja para su abordaje. Señorías, suelten lastre y decídanse, decidámonos a ser útiles a esta sociedad.

Nada más. Muchas gracias.