En
el tiempo de Cuaresma, especialmente en su fase conclusiva, la
mirada de los fieles se orienta decididamente
hacia la cruz; y es precisamente
mirando al Calvario como se descubre otro aspecto del misterio de la Virgen
que comparte el sacrificio de su Hijo hasta el pie de la cruz.
Estos
tiempos invitan a contemplar a la Madre junto
a la cruz de su Hijo (Jn 19,25-27) y a releer ese dolor en la perspectiva de
la Epístola de San Pablo a los Romanos 8,31-39:
«Dios... no perdonó a su propio Hijo».
En
la aceptación de esa lógica
se comprende la fe de la Iglesia de todo tiempo, que, de pie junto a las cruces
cotidianas de todos sus hijos, canta: «En el peligro invoqué al Señor»,
e
invoca a Maria, «Reina del cielo y Señora del mundo, sufriendo junto
a la cruz del Señor».
En
estas circunstancias se evoca
la figura
de Judit, ya que ayuda a ver a María como aquella que cambió radicalmente la suerte
del pueblo con la valentía que proviene de Dios. La asamblea reconoce
todo eso como don del Señor que «es cariñoso con todas sus criaturas»,
y ante todo con María, que estaba
junto a la cruz, «firme en la fe,
confortada por la esperanza, abrasada por el fuego de la caridad»
Si
miramos ahora la voz orante de la Iglesia, vemos aparecer un cuadro que acentúa
de modo explicito el dolor de la Virgen y al mismo tiempo su papel
de colaboradora en la misión redentora de su Hijo.
La
pasión del Hijo pone de manifiesto la compasión
de
la Madre. Los textos
hablan de «la Virgen Madre dolorosa que estuvo junto a la
cruz de su Hijo moribundo». En
efecto, María aparece como «asociada a la pasión»,
«compartiendo
los dolores» de Cristo, «Madre dolorosa»
y
se
afirma que Dios «ha asociado los dolores de la Madre a
la pasión del Hijo».
La Iglesia reconoce y contempla el
misterio cantando: «Dichosa tu, Virgen María, que, sin morir, mereciste la
corona del martirio junto a la cruz
del Señor».
El
compartir la pasión de Cristo hace que María participe de modo misterioso
y real en la obra salvadora del Hijo. Es esta la realidad que se sintetiza
contemplando a
María «asociada a la pasión redentora de Cristo»:
María
es presentada como la «nueva Eva» que
acompaña y comparte el sacrificio del «nuevo Adán» para «reformar al género
humano»;
su
maternidad divina no terminó con la generación del Hijo, sino que se
prolonga «junto a la cruz» con «dolores inmensos» para nuestra
regeneración; ahí está el misterio de «nuestra redención, en la que cooperó
generosamente
la Virgen, permaneciendo intrépida junto al altar de la cruz».
Los
dos aspectos antes citados -la compasión de la Madre y su papel determinante
en el designio de salvación-acentúan nuevas dimensiones de la ejemplaridad de
la Virgen. Su fidelidad en el momento de la prueba y el compartir
el designio salvífico del Padre ponen a María como renovado modelo
de la Iglesia.
Contemplando
a «la Madre junto a la cruz de su Hijo» ,
la Iglesia es consciente de
tener que seguir su ejemplo, ya que María se convierte en «el modelo
de la Iglesia Esposa, que, como Virgen intrépida, sin temer las amenazas
ni quebrarse en las persecuciones, guarda integra la fidelidad prometida
al Esposo».
En
efecto, en todo tiempo la pasión de Cristo prosigue en «las infinitas penas de
la vida de sus miembros». Y como María y con María la Iglesia pide permanecer
«junto a los hermanos que sufren para darles consuelo y amor».
Como
para María, también para la Iglesia la condición para colaborar en
el designio salvífico del Padre está en la fidelidad en la hora de la cruz; llevando
la cruz de cada día»,
prolonga
«el sacrificio de Cristo, sumo
sacerdote»,
para
que todos reciban «los frutos de la redención». Sólo
así es posible participar plenamente «de la luminosa novedad de
Cristo», cuando todos los que han sido «reunidos por la muerte de
Cristo»
hayan
alcanzado la perfección de su propia filiación en Él.
Meditación
basada en el libro “Con María hacia Cristo” de Manlio Sodi,
volumen 7 de la Biblioteca Litúrgica de Centre de Pastoral Litúrgica,
Barcelona 1997