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Breve Selección de Poemas;
UNA ROSA Y MILTON
De las generaciones de las rosas Que en el fondo del tiempo se han perdido Quiero que una se salve del
olvido, Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara Este don de nombrar por vez primera Esa
flor silenciosa, la postrera Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla O blanca rosa
de un jardín borrado, Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla, Oro, sangre o marfil o tenebrosa Como
en sus manos, invisible rosa.
ARTE POÉTICA
Mirar
el río hecho de tiempo y agua Y recordar que el tiempo es otro río, Saber que nos perdemos como el río Y que los
rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño Que sueña no soñar y que la muerte Que teme nuestra
carne es esa muerte De cada noche, que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo De los días del hombre
y de sus años, Convertir el ultraje de los años En una música, un rumor y un símbolo,
Ver en la muerte el sueño,
en el ocaso Un triste oro, tal es la poesía Que es inmortal y pobre. La poesía Vuelve como la aurora y el ocaso.
A
veces en las tardes una cara Nos mira desde el fondo de un espejo; El arte debe ser como ese espejo Que nos revela
nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios, Lloró de amor al divisar su Itaca Verde y humilde.
El arte es esa Itaca De verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable Que pasa y queda
y es cristal de un mismo Heráclito inconstante, que es el mismo Y es otro, como el río interminable.
A UN
POETA MENOR DE LA ANTOLOGÍA
¿Dónde está la memoria de los días que fueron
tuyos en la tierra, y tejieron dicha y dolor y fueron para ti el universo?
El río numerable de los años los ha
perdido; eres una palabra en un índice.
Dieron a otros gloria interminable los dioses, inscripciones y exergos y
monumentos y puntuales historiadores; de ti sólo sabemos, oscuro amigo, que oíste al ruiseñor, una tarde.
Entre
los asfódelos de la sombra, tu vana sombra pensará que los dioses han sido avaros.
Pero los días son una red de
triviales miserias, ¿y habrá suerte mejor que la ceniza de que está hecho el olvido?
Sobre otros arrojaron los
dioses la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas, de la gloria, que acaba por ajar
la rosa que venera; contigo fueron más piadosos, hermano.
En el éxtasis de un atardecer que no será una noche, oyes
la voz del ruiseñor de Teócrito.
POEMA DE LOS DONES
Nadie rebaje a lágrima
o reproche Esta declaración de la maestría De Dios, que con magnífica ironía Me dio a la vez los libros y la noche.
De
esta ciudad de libros hizo dueños A unos ojos sin luz, que sólo pueden Leer en las bibliotecas de los sueños Los
insensatos párrafos que ceden
Las albas a su afán. En vano el día Les prodiga sus libros infinitos, Arduos como
los arduos manuscritos Que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega) Muere un
rey entre fuentes y jardines; Yo fatigo sin rumbo los confines De esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias,
atlas, el Oriente Y el Occidente, siglos, dinastías, Símbolos, cosmos y cosmogonías Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento
en mi sombra, la penumbra hueca Exploro con el báculo indeciso, Yo, que me figuraba el Paraíso Bajo la especie de
una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra Con la palabra azar, rige estas cosas; Otro ya recibió en
otras borrosas Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías Suelo sentir con vago horror
sagrado Que soy el otro, el muerto, que habrá dado Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe
este poema De un yo plural y de una sola sombra? ¿Qué importa la palabra que me nombra si es indiviso y uno el anatema?
Groussac
o Borges, miro este querido Mundo que se deforma y que se apaga En una pálida ceniza vaga Que se parece al sueño
y al olvido.
EL RELOJ DE ARENA
Está bien que se mida
con la dura Sombra que una columna en el estío Arroja o con el agua de aquel río En que Heráclito vio nuestra locura
El
tiempo, ya que al tiempo y al destino Se parecen los dos: la imponderable Sombra diurna y el curso irrevocable Del
agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos Otra substancia halló, suave y pesada, Que
parece haber sido imaginada Para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumento De los grabados
de los diccionarios, La pieza que los grises anticuarios Relegarán al mundo ceniciento
Del alfil desparejo, de
la espada Inerme, del borroso telescopio, Del sándalo mordido por el opio Del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién
no se ha demorado ante el severo Y tétrico instrumento que acompaña En la diestra del dios a la guadaña Y cuyas líneas
repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso Deja caer la cautelosa arena, Oro gradual que se desprende
y llena El cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana Arena que resbala y que declina Y,
a punto de caer, se arremolina Con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma E infinita
es la historia de la arena; Así, bajo tus dichas o tu pena, La invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene
nunca la caída Yo me desangro, no el cristal. El rito De decantar la arena es infinito Y con la arena se nos va la
vida.
En los minutos de la arena creo Sentir el tiempo cósmico: la historia Que encierra en sus espejos la memoria O
que ha disuelto el mágico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego, Cartago y Roma y su apretada guerra, Simón
Mago, los siete pies de tierra Que el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable Hilo
sutil de arena numerosa. No he de salvarme yo, fortuita cosa De tiempo, que es materia deleznable.
LOS ESPEJOS
Yo que sentí el horror de los espejos No sólo ante el
cristal impenetrable Donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos
Sino ante el agua especular
que imita El otro azul en su profundo cielo Que a veces raya el ilusorio vuelo Del ave inversa o que un temblor agita
Y
ante la superficie silenciosa Del ébano sutil cuya tersura Repite como un sueño la blancura De un vago mármol o una
vaga rosa,
Hoy, al cabo de tantos y perplejos Años de errar bajo la varia luna, Me pregunto qué azar de la fortuna Hizo
que yo temiera los espejos.
Espejos de metal, enmascarado Espejo de caoba que en la bruma De su rojo crepúsculo
disfuma Ese rostro que mira y es mirado,
Infinitos los veo, elementales Ejecutores de un antiguo pacto, Multiplicar
el mundo como el acto Generativo, insomnes y fatales.
Prolongan este vano mundo incierto En su vertiginosa telaraña; A
veces en la tarde los empaña El hálito de un hombre que no ha muerto.
Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro Paredes
de la alcoba hay un espejo, Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo Que arma en el alba un sigiloso teatro.
Todo
acontece y nada se recuerda En esos gabinetes cristalinos Donde, como fantásticos rabinos, Leemos los libros de derecha
a izquierda.
Claudio, rey de una tarde, rey soñado, No sintió que era un sueño hasta aquel día En que un actor
mimó su felonía Con arte silencioso, en un tablado.
Que haya sueños es raro, que haya espejos, Que el usual y
gastado repertorio De cada día incluya el ilusorio Orbe profundo que urden los reflejos.
Dios (he dado en pensar)
pone un empeño En toda esa inasible arquitectura Que edifica la luz con la tersura Del cristal y la sombra con el
sueño.
Dios ha creado las noches que se arman De sueños y las formas del espejo Para que el hombre sienta que
es reflejo Y vanidad. Por eso nos alarman.
LA LUNA (1)
Cuenta la historia que en aquel pasado Tiempo en que sucedieron tantas cosas Reales, imaginarias y dudosas, Un
hombre concibió el desmesurado
Proyecto de cifrar el universo En un libro y con ímpetu infinito Erigió el alto
y arduo manuscrito Y limó y declamó el último verso.
Gracias iba a rendir a la fortuna Cuando al alzar los ojos
vio un bruñido Disco en el aire y comprendió, aturdido, Que se había olvidado de la luna.
La historia que he
narrado aunque fingida, Bien puede figurar el maleficio De cuantos ejercemos el oficio De cambiar en palabras nuestra
vida.
Siempre se pierde lo esencial. Es una Ley de toda palabra sobre el numen. No la sabrá eludir este resumen De
mi largo comercio con la luna.
No sé dónde la vi por vez primera, Si en el cielo anterior de la doctrina Del
griego o en la tarde que declina Sobre el patio del pozo y de la higuera.
Según se sabe, esta mudable vida Puede,
entre tantas cosas, ser muy bella Y hubo así alguna tarde en que con ella Te miramos, oh luna compartida.
Más
que las lunas de las noches puedo Recordar las del verso: la hechizada Dragon moon que da horror a la halada Y la
luna sangrienta de Quevedo.
De otra luna de sangre y de escarlata Habló Juan en su libro de feroces Prodigios
y de júbilos atroces; Otras más claras lunas hay de plata.
Pitágoras con sangre (narra una Tradición) escribía
en un espejo Y los hombres leían el reflejo En aquel otro espejo que es la luna.
De hierro hay una selva donde
mora El alto lobo cuya extraña suerte Es derribar la luna y darle muerte Cuando enrojezca el mar la última aurora.
(Esto
el Norte profético lo sabe Y tan bien que ese día los abiertos Mares del mundo infestará la nave Que se hace con
las uñas de los muertos.)
Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna Quiso que yo también fuera poeta, Me impuse.
como todos, la secreta Obligación de definir la luna.
Con una suerte de estudiosa pena Agotaba modestas variaciones, Bajo
el vivo temor de que Lugones Ya hubiera usado el ámbar o la arena,
De lejano marfil, de humo, de fría Nieve fueron
las lunas que alumbraron Versos que ciertamente no lograron El arduo honor de la tipografía.
Pensaba que el poeta
es aquel hombre Que, como el rojo Adán del Paraíso, Impone a cada cosa su preciso Y verdadero y no sabido nombre,
Ariosto
me enseñó que en la dudosa Luna moran los sueños, lo inasible, El tiempo que se pierde, lo posible O lo imposible,
que es la misma cosa.
De la Diana triforme Apolodoro Me dejo divisar la sombra mágica; Hugo me dio una hoz que
era de oro, Y un irlandés, su negra luna trágica.
Y, mientras yo sondeaba aquella mina De las lunas de la mitología, Ahí
estaba, a la vuelta de la esquina, La luna celestial de cada día
Sé que entre todas las palabras, una Hay para
recordarla o figurarla. El secreto, a mi ver, está en usarla Con humildad. Es la palabra luna.
Ya no me atrevo
a macular su pura Aparición con una imagen vana; La veo indescifrable y cotidiana Y más allá de mi literatura.
Sé
que la luna o la palabra luna Es una letra que fue creada para La compleja escritura de esa rara Cosa que somos,
numerosa y una.
Es uno de los símbolos que al hombre Da el hado o el azar para que un día De exaltación gloriosa
o de agonía Pueda escribir su verdadero nombre.
LA LUNA A María
Kodama
Hay tanta soledad en ese oro. La luna de las noches no es la luna que
vio el primer Adán. Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
LA LLUVIA
Bruscamente la tarde se ha aclarado Porque ya cae la lluvia minuciosa. Cae o cayó. La lluvia es una cosa Que
sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado El tiempo en que la suerte venturosa Le reveló una
flor llamada rosa Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales Alegrará en perdidos arrabales Las
negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada Tarde me trae la voz, la voz deseada, De
mi padre que vuelve y que no ha muerto.
EL GOLEM
Si
(como el griego afirma en el Cratilo) El nombre es arquetipo de la cosa, En las letras de rosa está la rosa Y todo
el Nilo en la palabra Nilo.
Y, hecho de consonantes y vocales, Habrá un terrible Nombre, que la esencia Cifre
de Dios y que la Omnipotencia Guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron En el Jardín.
La herrumbre del pecado (Dicen los cabalistas) lo ha borrado Y las generaciones lo perdieron.
Los artificios
y el candor del hombre No tienen fin. Sabemos que hubo un día En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre En las vigilias
de la judería.
No a la manera de otras que una vaga Sombra insinúan en la vaga historia, Aún está verde y viva
la memoria De Judá León, que era rabino en Praga.
Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones de
letras y a complejas variaciones Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.
La Puerta, el Eco, el Huésped y el
Palacio, Sobre un muñeco que con torpes manos labró, para enseñarle los arcanos De las Letras, del Tiempo y del Espacio.
El
simulacro alzó los soñolientos Párpados y vio formas y colores Que no entendió, perdidos en rumores Y ensayó temerosos
movimientos.
Gradualmente se vio (como nosotros) Aprisionado en esta red sonora de Antes, Después, Ayer, Mientras,
Ahora, Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició de numen A la vasta criatura apodó
Golem; Estas verdades las refiere Scholem En un docto lugar de su volumen.)
El rabí le explicaba el universo "Esto
es mi pie; esto el tuyo; esto la soga." Y logró, al cabo de años, que el perverso Barriera bien o mal la sinagoga.
Tal
vez hubo un error en la grafía O en la articulación del Sacro Nombre; A pesar de tan alta hechicería, No aprendió
a hablar el aprendiz de hombre,
Sus ojos, menos de hombre que de perro Y harto menos de perro que de cosa, Seguían
al rabí por la dudosa penumbra de las piezas del encierro.
Algo anormal y tosco hubo en el Golem, Ya que a su
paso el gato del rabino Se escondía. (Ese gato no está en Scholem Pero, a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando
a su Dios manos filiales, Las devociones de su Dios copiaba O, estúpido y sonriente, se ahuecaba En cóncavas zalemas
orientales.
El rabí lo miraba con ternura Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo) Pude engendrar este penoso hijo Y
la inacción dejé, que es la cordura?
¿Por qué di en agregar a la infinita Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana Madeja
que en lo eterno se devana, Di otra causa, otro efecto y otra cuita?
En la hora de angustia y de luz vaga, En
su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?
UNA ESPADA
Una
espada, Una espada de hierro forjada en el frío del alba. Una espada con runas Que nadie podrá desoír ni descifrar
del todo, Una espada del Báltico que será cantada en Nortumbria, Una espada que los poetas Igualarán al hielo y al
fuego, Una espada que un rey dará a otro rey Y este rey a un sueño, Una espada que será leal Hasta una hora que
ya sabe el Destino, Una espada que iluminará la batalla.
Una espada para la mano Que regirá la hermosa batalla,
el tejido de hombres, Una espada para la mano Que enrojecerá los dientes del lobo Y el despiadado pico del cuervo, Una
espada para la mano Que prodigará el oro rojo, Una espada para la mano Que dará muerte a la serpiente en su lecho
de oro, Una espada para la mano Que ganará un reino y perderá un reino, Una espada para la mano Que derribará
la selva de lanzas. Una espada para la mano de Beowulf.
EDGAR ALLAN POE
Pompas
del mármol, negra anatomía Que ultrajan los gusanos sepulcrales, Del triunfo de la muerte los glaciales Símbolos
congregó. No los temía.
Temía la otra sombra, la amorosa, Las comunes venturas de la gente; No lo cegó el metal
resplandeciente Ni el mármol sepulcral sino la rosa.
Como del otro lado del espejo Se entregó solitario a su
complejo Destino de inventor de pesadillas.
Quizá, del otro lado de la muerte, Siga erigiendo solitario y fuerte Espléndidas
y atroces maravillas.
LOS ENIGMAS
Yo
que soy el que ahora está cantando Seré mañana el misterioso, el muerto, El morador de un mágico y desierto Orbe
sin antes ni después ni cuándo.
Así afirma la mística. Me creo Indigno del Infierno o de la Gloria, Pero nada
predigo. Nuestra historia Cambia como las formas de Proteo.
¿Qué errante laberinto, qué blancura Ciega de resplandor
será mi suerte, Cuando me entregue el fin de esta aventura
La curiosa experiencia de la muerte? Quiero beber
su cristalino Olvido, Ser para siempre; pero no haber sido.
SONETO DEL
VINO
¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa Conjunción de los astros,
en qué secreto día Que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa Y singular idea de inventar la alegría?
Con
otoños de oro la inventaron. El vino Fluye rojo a lo largo de las generaciones Como el río del tiempo y en el arduo
camino Nos prodiga su música, su fuego y sus leones.
En la noche del júbilo o en la jornada adversa Exalta la
alegría o mitiga el espanto Y el ditirambo nuevo que este día le canto
Otrora lo cantaron el árabe y el persa. Vino,
enséñame el arte de ver mi propia historia Como si ésta ya fuera ceniza en la memoria,
EL ALQUIMISTA
Lento en el alba un joven que han gastado La larga reflexión y las avaras Vigilias
considera ensimismado Los insomnes braseros y alquitaras.
Sabe que el oro, ese Proteo, acecha Bajo cualquier
azar, como el destino; Sabe que está en el polvo del camino, En el arco, en el brazo y en la flecha.
En su oscura
visión de un ser secreto Que se oculta en el astro y en el lodo, Late aquel otro sueño de que todo Es agua, que vio
Tales de Mileto.
Otra visión habrá; la de un eterno Dios cuya ubicua faz es cada cosa, Que explicará el geométrico
Spinoza En un libro más arduo que el Averno...
En los vastos confines orientales Del azul palidecen los planetas, El
alquimista piensa en las secretas Leyes que unen planetas y metales.
Y mientras cree tocar enardecido El oro
aquél que matará la Muerte. Dios, que sabe de alquimia, lo convierte En polvo, en nadie, en nada y en olvido.
OTRO
POEMA DE LOS DONES
Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas Por
la diversidad de las criaturas Que forman este singular universo, Por la razón, que no cesará de soñar Con un plano
del laberinto, Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises, Por el amor, que nos deja ver a los otros Como
los ve la divinidad, Por el firme diamante y el agua suelta, Por el álgebra, palacio de precisos cristales, Por las
místicas monedas de Ángel Silesio, Por Schopenhauer, Que acaso descifró el universo, Por el fulgor del fuego Que
ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, Por la caoba, el cedro y el sándalo, Por el pan y la sal, Por
el misterio de la rosa Que prodiga color y que no lo ve, Por ciertas vísperas y días de 1955, Por los duros troperos
que en la llanura Arrean los animales y el alba, Por la mañana en Montevideo, Por el arte de la amistad, Por el
último día de Sócrates, Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron De una cruz a otra cruz, Por aquel sueño
del Islam que abarco Mil noches y una noche, Por aquel otro sueño del infierno, De la torre del fuego que purifica Y
de las esferas gloriosas, Por Swedenborg, Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres, Por los ríos secretos
e inmemoriales Que convergen en mí, Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria, Por la espada y el arpa
de los sajones, Por el mar, que es un desierto resplandeciente Y una cifra de cosas que no sabemos Y un epitafio
de los vikings, Por la música verbal de Inglaterra, Por la música verbal de Alemania, Por el oro, que relumbra en
los versos, Por el épico invierno, Por el nombre de un libro que no he leído: Gesta Dei per Francos, Por Verlaine,
inocente como los pájaros, Por el prisma de cristal y la pesa de bronce, Por las rayas del tigre, Por las altas torres
de San Francisco y de la isla de Manhattan, Por la mañana en Texas, Por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral Y
cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos, Por Séneca y Lucano, de Córdoba, Que antes del español escribieron Toda
la literatura española, Por el geométrico y bizarro ajedrez, Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce, Por el olor
medicinal de los eucaliptos, Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría, Por el olvido, que anula o modifica el
pasado, Por la costumbre, Que nos repite y nos confirma como un espejo, Por la mañana, que nos depara la ilusión
de un principio, Por la noche, su tiniebla y su astronomía. Por el valor y la felicidad de los otros, Por la patria,
sentida en los jazmines O en una vieja espada, Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema, Por
el hecho de que el poema es inagotable Y se confunde con la suma de las criaturas Y no llegará jamás al último verso Y
varía según los hombres, Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos Por morir tan despacio, Por los minutos
que preceden al sueño, Por el sueño y la muerte, Esos dos tesoros ocultos, Por los íntimos dones que no enumero, Por
la música, misteriosa forma del tiempo.
ODA ESCRITA EN 1966
Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete Que, alto en el alba de una plaza desierta, Rige un corcel de
bronce por el tiempo, Ni los otros que miran desde el mármol, Ni los que prodigaron su bélica ceniza Por los campos
de América O dejaron un verso o una hazaña O la memoria de una vida cabal En el justo ejercicio de los días. Nadie
es la patria. Ni siquiera los símbolos. Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo Cargado de batallas, de espadas y
de éxodos Y de la lenta población de regiones Que lindan con la aurora y el ocaso, Y de rostros que van envejeciendo En
los espejos que se empañan Y de sufridas agonías anónimas Que duran hasta el alba Y de la telaraña de la lluvia Sobre
negros jardines.
La patria, amigos, es un acto perpetuo Como el perpetuo mundo. (Si el Eterno Espectador dejara
de soñarnos Un solo instante, nos fulminaría, Blanco y brusco relámpago, Su olvido.) Nadie es la patria, pero todos
debemos Ser dignos del antiguo juramento Que prestaron aquellos caballeros De ser lo que ignoraban, argentinos, De
ser lo que serían por el hecho De haber jurado en esa vieja casa. Somos el porvenir de esos varones, La justificación
de aquellos muertos; Nuestro deber es la gloriosa carga Que a nuestra sombra legan esas sombras Que debemos salvar. Nadie
es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, Ese límpido fuego misterioso.
EL SUEÑO
Si el sueño fuera (como dicen) una Tregua, un puro reposo de la mente, ¿Por qué, si te despiertan bruscamente, Sientes
que te han robado una fortuna?
¿Por qué es tan triste madrugar? La hora Nos despoja de un don inconcebible, Tan
íntimo que sólo es traducible En un sopor que la vigilia dora
De sueños, que bien pueden ser reflejos Truncos
de los tesoros de la sombra, De un orbe intemporal que no se nombra
Y que el día deforma en sus espejos. ¿Quien
serás esta noche en el oscuro Sueño, del otro lado de su muro?
EL MAR (1)
El mar. El joven mar. El mar de Ulises Y el de aquel otro Ulises que la gente Del Islam apodó famosamente Es-Sindibad
del Mar. El mar de grises
Olas de Erico el Rojo, alto en su proa. Y el de aquel caballero que escribía A la vez
la epopeya y la elegía De su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra Cantó a lo
largo de su larga historia, El arduo mar que ensangrentó de gloria
En el diario ejercicio de la guerra. El incesante
mar que en la serena Mañana surca la infinita arena.
EL MAR (2)
Antes
que el sueño (o el terror) tejiera Mitologías y cosmogonías, Antes que el tiempo se acuñara en días, El mar, el siempre
mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento Y antiguo ser que roe los pilares De la tierra
y es uno y muchos mares Y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera, Siempre.
Con el asombro que las cosas Elementales dejan, las hermosas
Tardes, la luna, el fuego de una hoguera. ¿Quién
es el mar, quién soy? Lo sabré el día Ulterior que sucede a la agonía.
MILONGA DE
DOS HERMANOS
Traiga cuentos la guitarra De cuando el fierro brillaba, Cuentos de truco
y de taba, De cuadreras y de copas, Cuentos de la Costa Brava Y el Camino de las Tropas.
Venga una historia
de ayer Que apreciarán los más lerdos; El destino no hace acuerdos Y nadie se lo reproche. Ya estoy viendo que
esta noche Vienen del Sur los recuerdos,
Velay, señores, la historia De los hermanos Iberra, Hombres de amor
y de guerra Y en el peligro primeros, La flor de los cuchilleros Y ahora los tapa la tierra.
Suelen al hombre
perder La soberbia o la codicia; También el coraje envicia A quien le da noche y día. El que era menor debía Más
muertes a la justicia.
Cuando Juan Iberra vio Que el menor lo aventajaba, La paciencia se le acaba Y le armó
no sé que lazo. Le dio muerte de un balazo, Allá por la Costa Brava.
Sin demora y sin apuro Lo fue tendiendo
en la vía Para que el tren lo pisara. El tren lo dejó sin cara, Que es lo que el mayor quería.
Así de manera
fiel Conté la historia hasta el fin; Es la historia de Caín Que sigue matando a Abel.
MILONGA
DE MANUEL FLÓREZ
Manuel Flórez va a morir. Eso es moneda corriente; Morir es una costumbre Que
sabe tener la gente.
Y sin embargo me duele Decirle adiós a la vida, Esa cosa tan de siempre, Tan dulce y
tan conocida.
Miro en el alba mis manos, Miro en las manos las venas; Con extrañeza las miro Como si fueran
ajenas.
Vendrán los cuatro balazos Y con los cuatro el olvido; Lo dijo el sabio Merlín: Morir es haber nacido.
¡Cuánta
cosa en su camino Estos ojos habrán visto! Quién sabe lo que verán Después que me juzgue Cristo.
Manuel Flórez
va a morir. Eso es moneda corriente; Morir es una costumbre Que sabe tener la gente.
LABERINTO (1)
No habrá nunca una puerta. Estás adentro Y el
alcázar abarca el universo Y no tiene ni anverso ni reverso Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que
el rigor de tu camino Que tercamente se bifurca en otro, Que tercamente se bifurca en otro, Tendrá fin. Es de hierro
tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida Del toro que es un hombre y cuya extraña Forma plural da horror
a la maraña
De interminable piedra entretejida. No existe. Nada esperes. Ni siquiera En el negro crepúsculo la
fiera.
EL LABERINTO (2)
Zeus no podría desatar las redes de piedra que
me cercan. He olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado camino de monótonas paredes
que es mi destino.
Rectas galerías que se curvan en círculos secretos al cabo de los años. Parapetos que ha agrietado la usura de los
días.
En el pálido polvo he descifrado rastros que temo. El aire me ha traído en las cóncavas tardes un bramido o
el eco de un bramido desolado.
Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte es fatigar las largas soledades que
tejen y destejen este Hades y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el
último día de la espera.
AJEDREZ
I
En su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas. El tablero los demora hasta el alba en su severo ámbito
en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores las formas: torre homérica, ligero caballo, armada
reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los
haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro es
hoy toda la tierra. Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey,
sesgo alfil, encarnizada reina, torre directa y peón ladino sobre lo negro y blanco del camino buscan y libran su
batalla armada.
No saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta
su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero (la sentencia es de Omar) de otro tablero de negras
noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de
polvo y tiempo y sueño y agonías?
EL CÓMPLICE
Me crucifican y yo debo ser la
cruz y los clavos. Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta. Me engañan y yo debo ser la mentira. Me incendian
y yo debo ser el infierno. Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo. Mi alimento es todas las cosas. El peso
preciso del universo, la humillación, el júbilo. Debo justificar lo que me hiere. No importa mi ventura o mi desventura. Soy
el poeta
AMOROSA ANTICIPACIÓN
Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta ni
la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito de niña, ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o acallamiento serán
favor tan misterioso como mirar tu sueño implicado en la vigilia de mis brazos. Virgen milagrosamente otra vez por
la virtud absolutoria del sueño, quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo, me dejarás esa
orilla de tu vida que tú misma no tienes. Arrojado a quietud, divisaré esa playa última de tu ser y te veré por primera
vez quizá, como Dios ha de verte, desbaratada la ficción del Tiempo, sin el amor, sin ti.
EN VILLA
ALVEAR
La noche es olorosa como un mate curado y es vagancia en las calles y ventura
en los pechos. La tarde fue mi pena. La noche como ensalmo aduna la confianza de los patios abiertos.
Mis pasos
haraganes comprenden bien la calle. Yo fui de este suburbio criollero del oeste; Sé que en los corazones hay la ternura
grave de los tangos antiguos y las tapias celestes.
Igual que una linterna, bamboleándose y hueco, un Lacroze
rezonga la cualquier bocacalle. Su luz rayó las piedras. Con dulzor de recuerdo queda el barrio guarango, corazonero,
suave.
Miren. Esa palmera, conventillo de pájaros, me dio en la resolana vacaciones de sombra. Por este portón
quieto, negro, cicatrizado, sabiendo que era linda pasó una vez mi novia.
Redondeles de lumbre se abren como agua
mansa debajo de los focos en las anchas esquinas. Voy queriendo las verjas, las estrellas, las casas. Un pianito.
Que suerte me hiere en alma viva.
Noche de sola fiesta de soledad y anhelo. Encontronazo dulce de tu tierra y mi
cielo.
1964
I
Ya
no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna Ni los lentos jardines. Ya no hay una Luna
que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías. Adiós las mutuas manos y las sienes Que acercaba
el amor. Hoy solo tienes La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente) Sino lo que no
tiene y no ha tenido Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido. Un símbolo, una rosa,
te desgarra y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas
otras cosas en el mundo; Un instante cualquiera es más profundo Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque
las horas son tan largas, una Oscura maravilla nos acecha, la muerte, ese otro mar, esa otra flecha Que nos libra
del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste Y me quitaste debe ser borrada; Lo que era todo tiene
que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste, Esa vana costumbre que me inclina Al sur, a cierta puerta,
a cierta esquina
DE QUE NADA SE SABE
La luna ignora que es
tranquila y clara Y ni siquiera sabe que es la luna; La arena, que es la arena. No habrá una Cosa que sepa que su
forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas Al abstracto ajedrez como la mano Que las rige. Quizá el destino
humano De breves dichas y de largas penas
Es instrumento de otro. Lo ignoramos; Darle nombre de Dios no nos ayuda. Vanos
también son el temor, la duda
Y la trunca plegaria que iniciamos. ¿Qué arco habrá arrojado esta saeta que soy?
¿Qué cumbre puede ser la meta?
EL INSTANTE
¿Dónde estarán los siglos, dónde
el sueño de espadas que los tártaros soñaron, dónde los fuertes muros que allanaron, dónde el Árbol de Adán y el
otro Leño?
El presente está solo. La memoria erige el tiempo. Sucesión y engaño es la rutina del reloj. El año no
es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo de agonías, de luces, de cuidados; el
rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo. El hoy fugaz es tenue y es eterno; otro
Cielo no esperes, ni otro Infierno.
AUSENCIA
Habré
de levantar la vasta vida que aún ahora es tu espejo: cada mañana habré de reconstruirla. Desde que te alejaste, cuántos
lugares se han tornado vanos y sin sentido, iguales a luces en el día. Tardes que fueron nicho de tu imagen, músicas
en que siempre me aguardabas, palabras de aquel tiempo, yo tendré que quebrarlas con mis manos. ¿En qué hondonada
esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? Tu
ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde.
CERCANÍAS
Los patios y su antigua certidumbre, los patios cimentados en la tierra y el cielo. Las ventanas con
reja desde la cual la calle se vuelve familiar como una lámpara. Las alcobas profundas donde arde en quieta llama
la caoba y el espejo de tenues resplandores es como un remanso en la sombra. Las encrucijadas oscuras que lancean
cuatro infinitas distancias en arrabales de silencio. He nombrado los sitios donde se desparrama la ternura y
estoy solo y conmigo.
DESPEDIDA
Entre
mi amor y yo han de levantarse trescientas noches como trescientas paredes y el mar será una magia entre nosotros.
No
habrá sino recuerdos. Oh tardes merecidas por la pena, noches esperanzadas de mirarte, campos de mi camino, firmamento que
estoy viendo y perdiendo... Definitiva como un mármol entristecerá tu ausencia otras tardes.
EL AMENAZADO
Es el amor. Tendré que ocultarme o huir. Crecen
los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me
servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero
Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los
hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de los muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar
contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta
a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya
lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es
el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los
ejércitos me cercan las hordas. (Esta habitación es irreal, ella no la ha visto). El nombre de una mujer me delata. Me
duele una mujer en todo el cuerpo.
SÁBADOS . Afuera
hay un ocaso, alhaja oscura engastada en el tiempo, y una honda ciudad ciega de hombres que no te vieron. La tarde
calla o canta. Alguien descrucifica los anhelos clavados en el piano. Siempre, la multitud de tu hermosura.
A
despecho de tu desamor tu hermosura prodiga su milagro por el tiempo. Está en ti la ventura como la primavera
en la hoja nueva. Ya casi no soy nadie, soy tan solo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti está la delicia como
está la crueldad en las espadas. Agravando la reja esta noche en la sala severa se buscan como ciegos nuestras dos
soledades. Sobrevive a la tarde la blancura gloriosa de tu carne. En nuestro amor hay una pena que se parece al
alma.
Tú que ayer solo eras toda la hermosura eres también todo el amor, ahora.
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