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Breve Selección de Poemas;
FRONTIS
Lector, vas a beber
en una fuente, donde al bajar el labio y la mirada, encontrarás tu imagen retratada en la seda de su onda transparente;
vas
a beber el agua de un torrente hecha de Todo y en resumen Nada, que sabe de la estrella inmaculada y de la sima negra
y atrayente...
Ese es mi verso; profundiza un poco. No compadezcas mi dolor, si loco te lanza entre la sombra
su saeta;
sigue, a tientas quizás: Jasón perdido, y toparás al cabo sorprendido, el vellocino de oro del poeta.
CANCIONES DE LA VIDA MEDIA
Ahora
vamos de nuevo a cantar alma mía; a cantar sin palabras. Desnúdate de imágenes y poda extensamente tus viñas de
hojarasca.
No adulteres el mosto que hierve en tus lagares con esencias extrañas, y así, te dará un vino sencillo
pero puro, porque es vino de casa.
Anda el viejo camino para que se te vea la intención noble y clara, y
huye de las retóricas travesuras ingenuas que inquietaron tu infancia.
Ya eres vieja, alma mía. Árbol que entra
en la zona de la vida mediada. Como fruta madura te cuelga el sentimiento de la rama más alta.
Rama de
bella fronda que perfumó al canto, ahora se ve pelada... Para cuajar el fruto tuvieron que caerse las hojas de
la rama.
Así estás, alma mía, en tu grave hora nueva, toda desnuda y blanca, erguida hacia el silencio milenario
y profundo de la estrella lejana.
EL RELOJ
Con una incontrastable isocronía canta el
reloj las horas que transcurren, y cual gnomos, por su armazonería, como suspiros, rápidas, se escurren.
Quizá
el tedio lo mata, y a porfía las dos agujas del reloj, se aburren, de estar marca que marca todo el día, arcano idioma
que ellas no discurren.
Mirado desde lejos, tiene aspecto extraño y mitológico, de insecto que ye correr la vida,
indiferente;
y el péndulo, una lengua centelleante, hiperbólicamente jadeante que se mofa del tiempo eternamente.
MATINAL
(Para
Carmelo Obén)
El letargo padece despertamientos; palpita entre las frondas rumor de oleaje, y una llovizna sueña
desgreñamientos de cristales sutiles, sobre el ramaje.
Como un orientalismo de ensoñamientos la neblina recoge
su tul de encaje. ¿Qué efervescencia pone sacudimientos en la pereza rústica del paisaje?
Un trino cristalino
lejano suena, y Polimnia desflora su cantilena en el glú-glú risueño de la fontana:
Febo guiña indeciso detrás
del monte, y explota en llamaradas el horizonte al ósculo candente de la mañana.
GUAYAMESA
Suave
como los tallos del papiro, con una vaga irradiación de fresa es tu talle de egipcia, en el que admiro toda la majestad
de una princesa.
El ensueño y el mar, en el zafiro de tus ojos, se tiñen Guayamesa; y como turquesino es el suspiro, en
tus ojos se baña de turquesa.
Cabellera auroral y frente blanca donde el pudor alguna vez se estanca... cuando
tu cabellera rizos llueve.
Al caer en tu frente ese tesoro, urde un desborde de flamante oro sobre un albino
témpano de nieve.
MATICES
(Para un suave poeta: a Nicolás Blanco)
I
Una
risotada en todas las cosas... sobre la enramada de las pomarrosas;
en el océano que tiembla de gozo, bajo
el beso sano, tibio y amoroso
de la luna llena, que se muestra plena de anhelos febriles,
cuando los
celajes pasan, cual mirajes de cosas sutiles.
II
Anhelo de agua cristalina y pura, bajo
de la fragua que da calentura
del sol irritante que en el cenit brilla como centelleante, pupila amarilla.
Un
hálito de horno agranda el bochorno que en todo se siembra,
y brilla el desmayo al canto de un gallo llamando
a su hembra.
III
Las hojas muriendo pálidas y mustias van al alma hiriendo como haces de
angustias,
y la brisa queda en sus blandos giros un tropel remeda de amantes suspiros.
Mariposa blonda silenciosa
ronda el jardín exiguo,
mientras la memoria recorre la historia de un recuerdo antiguo.
IV
Desprovistos
de hojas los árboles viejos dan al viento dejos de ocultas congojas.
Lentos los salterios vierten su tristeza entre
la pereza de los monasterios...
Bajo la nevada parece que nada de vida palpita,
y fulge la luna como
el alma de una nostalgia infinita.
NEUROSIS
Yo no sé si soy sonámbulo o neurótico; siento
algos en el alma, y no son míos... El ambiente me sofoca, como a exótico en un pueblo enteramente de judíos.
Vivo
en ml y no comprendo; hormigueos van abriendo filtraciones de erotismo en mi pecho, y un enjambre de deseos mancha
ci cisne de mi estricto misticismo.
Poco a poco de mi juicio van comiendo y un volcán de efervescencia promoviendo al
tocar de mis recuerdos el tropel;
que se agitan como cuervos plutonianos, como duendes, como brujas, como enanos del
imperio revoltoso de Luzbel.
MEDIA NOCHE
Este silencio lleno de morfina goza un mareo de profundidades, donde
el alma poética se inclina atisbando soñadas claridades;
y se pierde en la sed, de una divina procesión de simbólicas
beldades: novia blanca, y azul, y cristalina, novia llena de espiritualidades.
Las doce de la Noche. Muy aprisa pasa
el arco invisible de la brisa sobre el cordaje rudo de la fronda;
y el soñador bohemio, bajo una borrachera,
vacua ante la luna que le clava su hostia pura y honda.
LA PIEDRA
En su duro letargo concentrada, redonda,
como el cráneo de un gigante, la piedra en la vereda perfumada es verruga enigmática y punzante.
Quieta, sintió
la alegre carcajada, y el temblor de la carne rozagante, de la muchacha frágil y cansada que llegó con el cántaro
jadeante.
La piedra suda un ansia negra y blonda. En lo profundo de su entraña honda un sueño se arrebuja perezoso.
"¡Moisés,
Moisés, la turba está sedienta; tócame con tu vara, que revienta el manantial de liquido precioso!"
EL
BESO
El champagne de la tarde sedativa embriagó la montaña y el abismo, de una sedosidad de misticismo, y
de una opalescencia compasiva.
Hundiste el puñal zarco de tu altiva mirada en mis adentros, y el lirismo cundió
mi alma de romanticismo: rodó la gema de la estrofa viva.
Entonces gimió el cisne de mi ansia, por el remanso
lleno de arrogancia de tus ojos nostálgicos y sabios;
y la dorada abeja del deseo, en su errante y sutil revoloteo buscó
el clavel sangriento de tus labios.
SABADO DE GLORIA
(Para mi profesor y distinguido amigo
José M. Baba)
Esta mañana loca de campana, y una como alegría retozona, rebosa rica limpidez cristiana en
su franca pureza de madona.
"¡Cristo, Cristo!" resuena en la pradera la elocuencia de Abril. "Toma estas flores; colna
me las brindó en la primavera y ellas pueblan de triunfo mis ardores...
Cristo mira las almas sonriendo; en sus
sonrisas inquietantes, mudas, un calor de entusiasmo se deslíe;
mientras todo ridículo, corriendo sobre un pellejo
hecho pollino, Judas al verse tan estúpido, se ríe.
DIA NUBLADO
Bajo las nubes plúmbeas y
letíferas brinca el recuerdo, fugitivo y rancio, y en las calmas beatas y somníferas palpita una fatiga de cansancio.
Recorta
el monte su silueta bruna en una fiebre mística de asceta, pues lejos de Guayama, goza una hiperbólica paz de anacoreta.
La
conciencia del dombo se ennegrece, cual la de un criminal, y desfallece en la seda de exótico desmayo;
le nacen
al dolor siete raíces, y en la pizarra de los cielos grises Dios escribe su nombre con el rayo.
EL
RIO
El río es una melancolía estirada y sofocante. El río es una irritación de piedras, calcinante. Está
seco, no tiene lágrimas porque el sol quemante lo ha mirado con pupila penetrante...
El río está sediento... rememora
anhelante, cuando espejeó la nieve de un semblante y adormeció a un cuerpo fragante... ¡Oh el perfume en su onda
voluptuosa y palpitante!
Voló a otras regiones el martinete errante; y está marchita en su margen la flor odorante. El
lirio no genuflexiona arrogante...
El río embiste la vista plúmbeo y abrasante; el río es un pesar petrificado y
punzante... El río es una melancolía estirada y sofocante.
LA GUAJANA
Como si una nube se
hubiese dormido sobre la esmeralda del cañaveral, con un gris sedoso, media desteñido la guajana flecha la vista
espectral.
En su pesadumbre de esfuerzo perdido, de una neurastenia lánguida, eternal, tiene la elocuencia sutil
del olvido, y un sugestionismo lúgubre y fatal.
La llanura sufre la calenturienta sensación de un ansia; sobre
ella revienta la guajana coma el copo de amargar,
y en aquella eterna sonata de almíbar, irrumpe la triste lágrima
de acíbar como en la alegría revienta el dolor.
LA CEIBA
La ceiba sobre el cauce se dobla
bondadosa quebrando la afonía de la áfona llanura. Con su voz de matrona, la ceiba caprichosa tiene el ramaje loco
de una rara locura.
Ella entraña el recuerdo recóndito y fragante, de una princesa india de pupila moruna, que
sumergió en el río su cuerpo palpitante bajo la anemia crónica de la pálida luna.
Ella ofrenda su sombra tutelar
al viajero nostálgico de calma; el ruiseñor parlero, entona entre sus ramas fervientes sonatinas;
la ceiba es
una madre, que sobre el río largo expande su paraguas enorme; y sin embargo, la ceiba tiene el tronco pletórico de espinas.
ENSOÑACION
Por
el cuadrado de una ventana de nuestra escuela que de soslayo me ríe toda su claridad, miro el paisaje chillón y viva,
de un azul hondo y una sencilla calma de infante diafanidad.
El cielo limpio, de vez en cuando, se mancha en una de
esas blancuras puras y llenas de santidad, con que el celaje tiñendo el dombo del firmamento risueña el éxtasis con
su ternura de castidad.
Mientras discurre par la pizarra la geometría le nacen alas de ibis al ave del alma mía, y
de la escuela me voy muy lejos, a una región
donde es más fresca la gran mejilla de la mañana, y sollozando sobre
las notas de la fontana, me aguarda inquieta la dulce novia del corazón.
MISTICO
(Para la
muerta niña)
Envuelta en una magia de rosados candores, sobre un reclinatorio de nardos y azahares, tu cuerpecito
lleno de inocentes temblores dormía su narcisismo, ajeno a las pesares.
Velaba tu alma honesta vago romanticismo: doradas
mariposas, quiméricos jardines, fuentecillas gimiendo en su solitarismo como un encantamiento de notas de violines.
Abismada
en el prisma que la niñez ponía ante tus ojos, negros como los sinsabores, tu vida era crátera de rica fantasía.
Y,
núcleo de una alegre cáfila de rumores, eras como el preludio de suave melodía que el céfiro nocturno remeda entre las
flores.
FANTASIA
(Para la amada del haschich)
Bajo la pedrería de la noche estrellada, borracho
en el zafiro de un desmayo amoroso, sueño en las pupilas morunas de mi amada que habita en un castillo lejano y misterioso.
Nos
amamos de lejos, pues un dragón rabioso cuida los movimientos de mi novia encantada, y ella, sin abatirse por su destino
odioso, hila místicamente tranquila y resignada.
¿La fuga? Será noche, cuando la primavera vierta su cornucopia
de luz en la pradera y suene del convento la romántica esquila,
cuando mi amada anónima, que ni una queja exhala, concluya,
con sus dedos delicados, la escala que hace tiempo en la rueca de su silencio hila.
FRUTA PROHIBIDA
(Para
la amada de fuego)
Era la noche plétora de un delirio chispeante, era una indiferencia sonámbula y fragante: la
muda indiferencia de los astros, despiertos como un diluvio de ojos parpadeantes y abiertos.
Era un vaho de perfume
de hembra en los jardines, bajo la enredadera de los blancos jazmines; y aquellas, las estrellas, nos miraban temblando; y
vino el paraíso de anhelos suspirando;
y vino aquel deseo de la mujer primera, y tembló sorprendida la casta enredadera; y
en el febril incendio de nuestra edad temprana,
tú deshecha en querellas, yo en el amor ardiente, probamos los dulzores
de la roja manzana, y vimos como alegre silbaba la serpiente. .
FIEBRE AUTUMNAL
El crepúsculo
finge un hervidero cruento y ardiente... Sobre el mar sonoro resbala el melancólico y postrero lampo de sol, como
una flecha de oro.
El monstruo llora un rictus de armonías y al beso de la luz se congestiona, cual si sangraran
en sus ondas frías las cuatro heridas de Rabí Jeschona.
La ojera del ocaso cobra un vago violeta-oscuro, dándole
al estrago un capricho romántico de rosas;
la noche muestra toda su fortuna, y brota, como un pétalo, la luna envuelta
en santidades vaporosas.
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