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Breve Selección de Poemas;
BALADA
Él pasó con otra; yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento y el
camino en paz.
¡Y estos ojos míseros le vieron pasar!
El va amando a otra por la tierra en flor.
Ha
abierto el espino; pasa una canción.
¡Y él va amando a otra por la tierra en flor!
El besó a la otra a
orillas del mar; resbaló en las olas la luna de azahar.
¡Y no untó mi sangre la extensión del mar!
El
irá con otra por la eternidad.
Habrá cielos dulces.
(Dios quiere callar.)
¡Y él irá con otra por
la eternidad!
DESOLACIÓN
La bruma espesa, eterna, para
que olvide dónde me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. La tierra a la que vine no tiene primavera: tiene su
noche larga que cual madre me esconde.
El viento hace a mi casa su ronda de sollozos y de alarido, y quiebra, como
un cristal, mi grito. Y en la llanura blanca, de horizonte infinito, miro morir intensos ocasos dolorosos.
¿A
quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido si más lejos que ella sólo fueron los muertos? ¡Tan sólo ellos contemplan
un mar callado y yerto crecer entre sus brazos y los brazos queridos!
Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto vienen
de tierras donde no están los que son míos; y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos, sus hombres de ojos claros
no conocen mis ríos.
Y la interrogación que sube a mi garganta al mirarlos pasar, me desciende, vencida: hablan
extrañas lenguas y no la conmovida lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.
Miro bajar la nieve como el
polvo en la huesa; miro crecer la niebla como el agonizante, y por no enloquecer no encuentro los instantes, porque
la "noche larga" ahora tan solo empieza.
Miro el llano extasiado y recojo su duelo, que vine para ver los paisajes
mortales. La nieve es el semblante que asoma a mis cristales; ¡siempre será su altura bajando de los cielos!
Siempre
ella, silenciosa, como la gran mirada de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa; siempre, como el destino que
ni mengua ni pasa, descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.
AUSENCIA
Se va de ti mi cuerpo
gota a gota. Se va mi cara en un óleo sordo; se van mis manos en azogue suelto; se van mis pies en dos tiempos de
polvo.
¡Se te va todo, se nos va todo! Se va mi voz, que te hacía campana cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se
van mis gestos, que se devanaban, en lanzaderas, delante tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega, cuando te
mira, el enebro y el olmo.
Me voy de ti con tus mismos alientos: como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy
de ti con vigilia y con sueño, y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos que
no nacieron ni en llanos ni en sotos.
Sangre sería y me fuese en las palmas de tu labor y en tu boca de mosto.
Tu
entraña fuese y sería quemada en marchas tuyas que nunca más oigo, ¡y en tu pasión que retumba en la noche, como
demencia de mares solos!
¡Se nos va todo, se nos va todo!
LOS SONETOS DE LA MUERTE
Del nicho helado en
que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, y
que hemos de soñar sobre la misma almohada.
Te acostaré en la tierra soleada con una dulcedumbre de madre para
el hijo dormido, y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño dolorido,
Luego iré
espolvoreando tierra y polvo de rosas, y en la azulada y leve polvoreda de luna, los despojos livianos irán quedando
presos.
Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará
a disputarme tu puñado de huesos!
II
Este largo cansancio se hará mayor un día, y el alma dirá
al cuerpo que no quiere seguir arrastrando su masa por la rosada vía, por donde van los hombres, contentos de vivir...
Sentirás que a tu lado cavan briosamente, que otra dormida llega a la quieta ciudad. Esperaré que me hayan cubierto
totalmente... ¡y después hablaremos por una eternidad!
Sólo entonces sabrás el por qué no madura para las hondas
huesas tu carne todavía, tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.
Se hará luz en la zona de los sinos, oscura: sabrás
que en nuestra alianza signo de astros había y, roto el pacto enorme, tenías que morir...
III
Malas
manos tomaron tu vida desde el día en que, a una señal de astros, dejara su plantel nevado de azucenas. En gozo florecía. Malas
manos entraron trágicamente en él...
Y yo dije al Señor: - "Por las sendas mortales le llevan ¡Sombra amada que
no saben guiar! ¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales o le hundes en el largo sueño que sabes dar!
¡No le
puedo gritar, no le puedo seguir! Su barca empuja un negro viento de tempestad. Retórnalo a mis brazos o le siegas en
flor".
Se detuvo la barca rosa de su vivir... ¿Que no sé del amor, que no tuve piedad? ¡Tú, que vas a juzgarme,
lo comprendes, Señor!
VOLVERLO A VER
¿Y nunca, nunca más, ni
en noches llenas de temblor de astros, ni en las alboradas vírgenes, ni en las tardes inmoladas?
¿Al margen de
ningún sendero pálido, que ciñe el campo, al margen de ninguna fontana trémula, blanca de luna?
¿Bajo las trenzaduras
de la selva, donde llamándolo me ha anochecido, ni en la gruta que vuelve mi alarido?
¡Oh, no! ¡Volverlo a ver,
no importa dónde, en remansos de cielo o en vórtice hervidor, bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!
¡Y
ser con él todas las primaveras y los inviernos, en un angustiado nudo, en torno a su cuello ensangrentado!
PIECECITOS
Piececitos
de niño, azulosos de frío, ¡cómo os ven y no os cubren,
¡Dios mío!
¡Piececitos heridos por los
guijarros todos, ultrajados de nieves y lodos!
El hombre ciego ignora que por donde pasáis, una flor
de luz viva dejáis;
que allí donde ponéis la plantita sangrante, el nardo nace más fragante.
Sed,
puesto que marcháis por los caminos rectos, heroicos como sois perfectos.
Piececitos de niño, dos joyitas
sufrientes, ¡cómo pasan sin veros las gentes!
EL ANGEL GUARDIÁN
Es
verdad, no es un cuento; hay un Ángel Guardián que te toma y te lleva como el viento y con los niños va por donde
van.
Tiene cabellos suaves que van en la venteada, ojos dulces y graves que te sosiegan con una mirada
y matan miedos dando claridad.
(No es un cuento, es verdad.)
El tiene cuerpo, manos y pies de alas y
las seis alas vuelan o resbalan, las seis te llevan de su aire batido y lo mismo te llevan de dormido. Hace más
dulce la pulpa madura que entre tus labios golosos estruja; rompe a la nuez su taimada envoltura y es quien te
libra de gnomos y brujas.
Es quien te ayuda a que cortes las rosas, que están sentadas en trampas de espinas, el
que te pasa las aguas mañosas y el que te sube las cuestas más pinas.
APEGADO A MÍ
Velloncito de mi carne,
que en mi entraña yo tejí, velloncito friolento, ¡duérmete apegado a mí!
La perdiz duerme en el trébol
escuchándole latir: no te turben mis alientos, ¡duérmete apegado a mí!
Hierbecita temblorosa asombrada
de vivir, no te sueltes de mi pecho: ¡duérmete apegado a mí!
Yo que todo lo he perdido ahora tiemblo de
dormir.
No resbales de mi brazo: ¡duérmete apegado a mí!
LA CASA
La
mesa, hijo, está tendida, en blancura quieta de nata, y en cuatro muros azulea, dando relumbres, la cerámica.
Esta es la sal, éste el aceite y al centro el Pan que casi habla. Oro más lindo que oro del Pan no está
ni en fruta ni en retama, y da su olor de espiga y horno una dicha que nunca sacia.
Lo partimos, hijito, juntos,
con dedos duros y palma blanda, y tú lo miras asombrado de tierra negra que da flor blanca.
Baja la mano
de comer, que tu madre también la baja.
Los trigos, hijo, son del aire, y son del sol y de la azada; pero
este pan "cara de Dios" no llega a mesas de las casas;
y si otros niños no lo tienen, mejor, mi hijo, no lo
tocarás, y no tomarlo mejor sería con mano y mano avergonzadas.
* En Chile, el pueblo llama al pan "cara
de Dios."
TODAS
IBAMOS A SER REINAS
Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía
con Efigenia y Lucila con Soledad.
En el valle de Elqui, ceñido de cien montañas o de más, que como ofrendas
o tributos arden en rojo y azafrán.
Lo decíamos embriagadas, y lo tuvimos por verdad, que seríamos todas
reinas y llegaríamos al mar.
Con las trenzas de los siete años, y batas claras de percal, persiguiendo
tordos huidos en la sombra del higueral.
De los cuatro reinos, decíamos, indudables como el Corán, que
por grandes y por cabales alcanzarían hasta el mar.
Cuatro esposos desposarían, por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores como David, rey de Judá.
LA FLOR DEL AIRE
Yo
la encontré por mi destino, de pie a mitad de la pradera, gobernadora del que pase, del que le hable y que la
vea.
Y ella me dijo: "Sube al monte. Yo nunca dejo la pradera, y me cortas las flores blancas como nieves,
duras y tiernas."
Me subí a la ácida montaña, busqué las flores donde albean, entre las rocas existiendo medio
dormidas y despiertas.
Cuando bajé, con carga mía, la hallé a mitad de la pradera, y fui cubriéndola frenética,
con un torrente de azucenas.
Y sin mirarse la blancura, ella me dijo: "Tú acarrea ahora sólo flores rojas.
Yo no puedo pasar la pradera."
Trepe las penas con el venado, y busqué flores de demencia, las que rojean
y parecen que de rojez vivan y mueran.
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