3 Jun 2000 Luz Desconfiación A mí me han engañado todas las veces, y aun esta, y por tanto me he vuelto sumamente desconfiada, aunque eso no sirva de nada. Es algo así como un gesto estético, magnífico: el movimiento que hace mi mente o lo que sea al desconfiar se me presenta como gesto absoluto, absoluto todo, absolutamente inútil también. Pero sin embargo no puedo dejar en ningún instante mi desconfianza de lado: es algo que me repito a mí misma todas las mañanas: no puedes evitar que te engañen todo el tiempo, pero puedes tener la consciencia tranquila: no ha pasado un minuto sin que estuvieras desconfiando a diestra y siniestra. Ah, qué actividad tan gozosa, desconfiar. Claro que yo no pierdo de vista que me fui conviertiendo en una especie de adicta a la desconfianza. Si por algún motivo el día se pasa sin una dosis adecuada desconfianza, por la noche me da una crisis de abstinencia que ahhhh! Entonces rápidamente debo intentar estabilizar mi organismo desconfiando, pero si llega ese caso tengo que desconfiar en una concentración enorme, una especie de agujero negro de desconfianza, pues ya no puedo esperar que la desconfianza se desarrolle en el tiempo. Tiene que estar ahí toda la desconfianza necesaria, en una concentración casi imposible. De otra manera, no me parece posible la sobrevida. No siempre resulta fácil lograr una acumulación de desconfianza adecuada en un lapso de tiempo pequeño, o mejor un pequeño lapso de tiempo, el lapso máximo del que dispongo con frecuencia. Pero con la práctica, cada vez logro desconfiar simultáneamente de más cosas-gente-saberes. No es para nada una cuestión de enumeración: "mira, en este momento estoy desconfiando de Zutanito y de toda su familia, también de la gramática generativa, de las bondades de este jabón de tocador, de la hermenéutica y de la empresa proveedora de electricidad". No, no, que eso es muy fácil pero totalmente ineficaz. No se trata de un listado, un decir, sino de una aplicación única a la vez que múltiple del movimiento de desconfianza. Como si uno tuviera una máquina para desconfiar que procesa una cosa por vez. No se puede meter 10 cosas a esa máquina, porque no se está desconfiando bien, eso lo sé yo, quizás dolorosamente. Lo que hay que hacer era tener 10, 15, 1000 máquinas que puedan desconfiar simultáneamente. 10, 15, 1000 mentes o lo que sea, delegadas cada una a desconfiar de una cosa-gente-saber en particular. Como bien se sabe, el organismo se acostumbra y exige dosis cada vez más altas de lo que sea. Eso es indiscutible, miren que hasta el pelo se acostumbra al champú! Por eso a veces resulta muy difícil salir de esas crisis: porque desdoblarse requiere su tiempo, y hay veces en que no sé si emplear el tiempo desconfiando intensivamente o desdoblándome para tener más encargados de desconfiación. La elección con frecuencia se vuelve difícil, sobre todo porque no puede perder tiempo decidiendo. Entonces paso meses dedicada a desconfiar mis desconfianzas atrasadas, y eso parece no acabar, cada vez más atrasada estoy, porque mientras desconfío por anteayer, no desconfío por hoy, cosa que tendré que hacer la semana entrante, y así. Tengo sí, vacaciones de desconfiar, en las cuales por supuesto que sigo desconfiando pero atrasado. Así adelanto mucho, y llegado el fin de las vacaciones, me encuentro con la desconfianza al día. Lo malo es que esas vacaciones de desconfiar no son muy seguidas: ocurren cada 29 de febrero, siempre y cuando algún cometa pase por aquí cerca de mi casa. La verdad, la verdad, todavía no he tenido vacaciones, pero así me han dicho que ocurre, y desconfiar de eso también, bueno, ya es un exceso. Lo que sí es cierto es que mientras duermo no es necesario que desconfíe tanto, y entonces ahí sí puedo adelantar un poquito. A veces ocurre que me quedo desconfiando mucho dormida, algunos fines de semana, para poder adelantar. Luego dicen que soy un poco dormilona. Pero no! Estoy desconfiando! Además, ocurre que me da por desconfiar que estoy durmiendo, y también que en los sueños, si eso son, estoy en horario de desconfianza alta, y entonces tengo que desconfiar, desconfiar. Ah! Ya no sé qué hacer! Tengo todavía desconfianza atrasada de cuando tenía 10 años. Cierto que algunas desconfianzas caducan: por ejemplo, la desconfianza por la muñeca tal, bueno, ya no importa. Se desintegró la muñeca, o vaya a saber uno dónde puede estar, en tal caso, que desconfíe otro de ella. Pero otras desconfianzas no, son más perdurables que el plástico con ojos de colores y rizos. Sobre esas hay que actuar, inexorablemente desconfiando.