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UNO

El extranjero, bien guapo y alto, tocó a la puerto de la gran hacienda. La casa se pareció como algo de un cine. Fue temprano, pero el hombre sabía que la vida en las estancias empezó a la madrugada. Esperaba que podía conseguir al dueño de la estancia a la casa, antes de que salió para su trabajo del día.

Doña Helena abrió la puerta, limpiando sus manos en su delantal. Tenía un pedacito de harina en su cara, y el hombre sonrió al verlo. Su aparencia fue casí perfecta, menos que eso.

"¿Tiene un problema, señor?" ella preguntó. "¿Porqué sonrie tanto?"

No deseando decirle la verdad, él contestó, "Es porque usted es tan hermosa. Me gustaría hablar con el deuño, por favor. ¿Está aquí?"

Sonriendo a él, tambien, ruborizandose como una joven, Doña Helena dijó, "Sí, señor. Señor Mendoza está en casa, pero está desayunando al momento. No le gusta que nadie le interrumpe, a lo menos no hasta que ha tomado su café."

Doña Helena notó que se vió un poco triste al oír eso, y dijó, "Pero usted puede entrar y sentarse hasta que termine, si quiere."

Aceptó la invitación, y se sentó en una silla de madera, en vez de la sofa or las otras sillas mas elegantes.

Doña Helena salió de la sala, y el hombre dió vueltas a su sombrero, la clase que se llevaba cada gaucho. Aunque se pareció como un gaucho típico, su manera de hablar fue un poco diferente.

Al entrar a la cocina, Doña Helena dijó al Señor Mendoza del hombre que estaba esperandole en la sala.

"Probablamente quiere trabajo," dijó Señor Mendoza. "Cada cual que viene quiere trabajo. Algún día se acabará el trabajo. ¿Qué harán cuando sucede eso?"

Doña Helena rió. El idea del Señor Mendoza sin propiedad fue la cosa mas absurdo que podía imaginar. El era dueño de mas que setente mil acres de tierra, y se aumentó casí cada día.

Al terminar su desayuna, Señor Mendoza fue a la sala, donde le estaba esperando el hombre, todavía dando vueltas a su sombrero.

"Me dice Doña Helena que quisiera hablar conmigo. Estoy a su órden."

"Es yo que quisiera servir a usted, señor," dijó el extranjero. "Trabajo bien duro, y me gustaría conseguir una posición aquí en su estancia."

Señor Mendoza estudiaba al hombre con mucho cuidado. Su ropa fue lo de los gauchos. Tenía un bigote como todos los gauchos. Su cabello fue bien negrito, como todos los gauchos. Pero, sentío el dueño, fue algo un poco diferente. ¿Qué fue?

"¿A dónde ha trabajado antes?" le preguntó.

"En muchas otras estancias," contestó el extranjero. "Muchas que son bastante lejos de aquí." Esperando que no tendría que decir demasiado de si mismo, dijó de prisa, "Pero todo el país sabe del gran Señor Mendoza. Se dice que usted tiene la estancia mas magnífico en toda Argentina. He tenido muchos sueños de poder trabajar en su estancia, Señor Mendoza."

"¡Ay, Dios mio!" exclamó Señor Mendoza. "Un hombre bien inteligente!" dijó con una sonrisa bien grande. "Seguro que reconoce una cosa buena al verla. Halagos le sirven bien."

Señor Mendoza notó el accento del hombre. Aunque habló el español muy facilmente, oyó que había un poco del italiano mexclado con su español.

"¿Quiere decir que ya tengo la obra?" dijo el hombre. Al ver la inclinación de la cabeza del Señor Mendoza, tiró su sombrero al aire, sonó con un taconazo, y gritaba "¡Yippee!"

Moviendo la cabeza en incredulidad, Señor Mendoza dijó, "De todos los gauchos que he visto, usted tiene que ser lo mas raro. ¡Habla español, pero con un accento italiano, y grite en inglés—como un yanqui! ¿Cómo se llama?"

"Raul Escobar," le dijo, dandole la mano. "Con mucho gusto."

* * *

Ahora, fue como eso fue ayer, pero en realidad habóan pasado ya un poco mas que cinco años. En otras maneras, fue si siempre había sido asi, lo mismo como hoy. Como si nunca sería diferente de un dia al próximo.

* * *

Raul estaba pasando por las pampas, hacinedo la inspección diaria de las ovejas. Oyó un caballo, acercandole bien rapidamente. Por algúna razón, le gritaba de peligro. Dando la vuelta para ver quien fue, le sorprendió al ver a Doña Helena. Raul corrió hacia Doña Helena, tan rapido como podía.

"¡Raul! ¡Apúrate! Es el Señor Mendoza!"

Cuando Raul estaba suficiente cerca a ver a la cara de Doña Helena, ella fue tan blanco como si habia visto a una fantasma.

"¿Qué le pasa?" Raul le preguntó ansiosamente.

"Es el Señor Mendoza," Doña Helena le contó mientras que segiuan corriendo hacia la hacienda. "Yo pienso que tenía un ataque del corazón."

Seguieron en silencio, ambos orando y esperando contra todo que el hombre que los dos amaron tantisimo que él estará allá a darles saludos al llegar a la casa.

Bajaron de los caballos y corrieron a la puerta, que estaba todavía abierta, como la habia dejado Doña Helena cuando salió. Al entrar, vieron al Señor Mendoza en el piso, su cabeza en la almohada seda.

"No se ha movido," dijo Doña Helena, una lágrima cayendo de su ojo.

Raul trató de dar le resperación boca a boca, pero no le hizo nada. Trató de tomar su pulso, pero fue muy débil.

"¡Apúrate!" Raul gritaba a Doña Helena. "¡Llame al Doctor Peréz! ¡Dígale que venga—ya pronto!"

Doña Helena fue a la escritoria y sacó el librito que contenía el número del doctor y casi lo marcó antes de que llegó el auricular a su oído.

"Hola," dijo el doctor.

"Hola," respondió Doña Helena. "¿Doctor Peréz? Soy Doña Helena, de la estancia del Señor Mendoza." No esperaba por el doctor a responder, pero seguía. "Creo que él ha sufrido de un ataque del corazon. ¿Puedes venir, ahorita?"

Ella fue a la sofa y se sentó, poniendo su cabeza en sus manos. No dijó nada.

"¿Bueno?" le preguntó Raul.

"Ah, ya viene," ella le contestó, "pero probablamente será casi una hora hasta que llegue."

Se arodilló al lado del Señor Mendoza, y Raul se le puso al otro lado del gran señor de la estancia. Fue muy obvioso la preocupación de ambos por mirar a sus caras.

"¿Le amaba a él tambien, verdad?" le preguntó a Raul.

No le contestaba, pero las lágrimas en sus ojos casi gritaba a Doña Helena. Ella podía ver a su corazon. Le dolía por el hombre que amaba como un padre.

Sus pensamients pasaron por toda su vida. Nunca conoció a su propio padre. Su mamá no contó a Raul y su hermano casi nada de su papá. Raul sabía que habia trabajado con la mafia. Cuando amanezeron a su familia, él no haría lo que querían, y le mataron. Su mamá les dijó que le amaba a los muchachos muchisimo. Todavía, fue un amor que nunca conoció Raul ni su hermano.

Hasta que conoció a Pancho Mendoza…

Raul usó a un nombre nuevo cuando llegó en Argentina, ya hace seis años. Tenía mucha verguenza en su papá, asi no quería que nadie sepa de que fue un italiano. Señor Mendoza anotó del principio que tenía un accento, pero despues de aquel primer tiempo, nunca jamás lo mencionó. Raul tenía muchas cosas que esperaba que nadie descurbiera. Aunque fueron como compadres, Señor Mendoza sabía mas que preguntarle de tales cosas—cosas que no le importaban.

* * *

Alguien tocaba a la puerta. A Raul no le daba cuenta de cuanto tiempo había pasado mientras que le arrodillaba al lado del hombre—tan duro y fuerte a como se vió, pero tan simpático del corazon.

Mientras tanto, Doña Helena había decedida a seguir con las cosas en la casa que le llamaron. Al oír alguien a la puerta, corrió a contestarla.

"¿Dónde está?" preguntó el Doctor Peréz, empujando a Doña Helena al lado, buscando el Señor Mendoza. Al verle en el piso, le acercaba y empezó a examinarle.

"Raul," dijó el doctor en una voz bien calladita, "favor de moverse un poco. Tengo que examinarle, y es mejor si usted no está aquí. Si le necesito, o tan pronto como termino con el examen, le llamaré para contarle de lo que averiguo."

Raul se levantó, negó la cabeza a mirar una vez mas al pobre hombre, y salió, aunque no quiso salir.

Dr. Peréz movió muy rapidamente, tomando el pulso del hombre tan poderoso, quien ahora fue completamente inútil. Sacó su estetoscopio de su maleta médica. Lo puso en sus oídos, lo calientó, y lo puso en el pecho del Señor Mendoza. El latido fue muy débil. El doctor puso un mano encima del otro y empezaba a poner suficiente fuerza para que empezará a latir de nueva. Trabajó bien duro en el cuerpo, que casi no tenía vida ninguna. El doctor fue un hombre bastante pequeño, pero se pareció como un gigante, poniendo todo del si mismo en lo que estaba haciendo.

Despues de quince minutos, Raul no aguantaba y entró a la sala, pensando que mandaría a una explanación de lo que estaba sucediendo.

El cuerpo del Señor Mendoza fue brincando violentamente en el piso. Dr. Peréz estaba tratando a controlarlo, pero no pudo.

"¡Venga! ¡Agarre a su brazo mientras que sigo trabajando en su córazon!"

Raul corrió a su lado y puso uno de sus brazos—bien grande y fuerte—en cada de los brazos del Señor Mendoza. Trató de mantanerle calmo, pero no podía. Dr. Peréz seguió trabajando, y al fin el cuerpo se puso sin movimiento.

Sentiendo alivio, suspiró y puso su cabeza en sus manos.

"Por fin está bien," dijo.

Dr. Peréz miró a Raul. No dijó nada. Puso el estetoscopio en el pecho del Señor Mendoza y escuchaba. El silencio del momento llenó el cuarto. Lo quitó y lo puso en su maleta.

"¿Está bien ahora, verdad?" Raul le preguntó. Su cara mostró unos millónes de preguntas que no podía dar la voz. Si todavía necesitaba mas ayuda, seguramente del doctor haría algo.

Dr. Peréz se levantó y dió la mano a Raul.

"Lo siento mucho, Raul. Yo hize todo lo posible…" Miraba a la cara—tan duro del clima y de vida misma—que fue lleno de lágrimas cayendo.

"¿Qué quiere decir?" mandó Raul. "No puede ser…" No podía decir mas—a poner las palabras en el aire.

"Lo siento mucho, Raul," Dr. Peréz dijó otra vez. "Le amaba mucho, verdad?"

Raul no dijo nada. No podía hablar. Abrió su boca, pero su garganta fue tan seco que las palabras no pasaban. Quería decirle a lo menos "Gracias."

"Yo te mandaré el certificado de muerte mas tarde," dijó Dr. Peréz.

¡Fue tan definitivo!

Raul se arrodilló al lado del cuerpo. Fue hace unos pocos horas que desayunaron juntos. Su amigo fue tan lleno de vida—tan entusiástico. Y ahora… Fue imposible a creer que fue el mismo hombre. ¿Cómo fue posible que cosas pueden cambiar tan rapido? ¡Tan estúpido! No debe ser.

* * *

Los próximos dias pasaron tan despacio. Había muchas cosas que hacer, pero Raul no tenía ganas de hacer casí nada. Mientras tanto, Doña Helena le puso a ella misma encargada de todas las cosas en cuanto el funeral, notificando a la prensa y los amigos del Señor Mendoza, y arreglando todo para las visitas de la gente que vendrían a la estancia, seguramente enjambrando como un grupo de abejas enojadas.

Las noticias pasaron por el radio y la televisión que el Señor Mendoza se murió. La gente que habían trabajado por él, los que le conocieron en sus negocios, sus abogados, sus amigos, sus enemigos, los poderosos de muchos países, todos vinieron a la hacienda para recordarle el dia del funeraria.

La única cosa que faltaba fue miembros de su familia. Entre toda la gente, pareció que el hombre fue muy solo. Nunca se casó, sus padres se murieron hace muchos años, y su único hermano se murió hace unos años ya en un choque de un avión.

* * *

Al terminar las honras, el mayor abogado del Señor Mendoza acercaba a Doña Helena y le habló. Cada ojo en la sala les miraba, susurrando entre uno y el otro. Lo que sucedería con la herencia del Señor Mendoza había estado el tópico de muchas conversaciones durante los últimos dias. De veras, fue el asunto mas importante a los casinos en Mar del Plata, llamados por muchas "Las Vegas de Argentina."

Doña Helena acercó a Raul. Todos le miraban, esperando a ver que dirían. Sin una sola palabra a la gente, los dos desaparecieron a la biblioteca personal del Señor Mendoza. El abogado acercaba a dos otros hombres quienes habían trabajados de él por muchos años. Ellos tambien entreraron a la biblioteca. El abogado tambien entró, sin mirar a la gente alla fuera, ni diciendoles nada.

* * *

"Yo sé que ustedes amaron al Señor Mendoza muchísimo," el abogado dijo. "Señor Mendoza lo sabía, tambien. Yo he recibido unas instrucciones de Pancho unos pocos dias antes de su muerte en cuanto su propiedades, que me dijó que debo de cuidar tan pronto como ya ha pasado las honras. Así, vamos a empezar."

Los cuatro miembros de la "familia" le miraban fijamente. No tenien ningun idea que recibieron algo de la amistad del Señor Mendoza. Habían recibido muchas cosas de él durante su vida, y ahora, aún mas en su muerte.

"Doña Helena," el abogado dijo, siguiendo, "usted será la unica dueña de la hacienda—la casa propia. Además, tendrás suficiente ingrosos del rancho por todo su vida."

Le estudiaba cuidadosamente mientras le informaba de las noticias del testamento del Señor Mendoza. Ella inmediatament empezaba a llorar. No tenía palabras a expresar a cómo se sentía.

"Hay una cosa mas," el abogado dijo. "Tu tendrás que seguir llenando las obligaciones del rancho, exactamente como siempre has hecho para el Señor Mendoza."

El abogado dió una vuelta para que podía ver a uno de los gauchos. "Y tu," dijo, "recibirás los quinietos acres en la parte mas al este del rancho. Tambien, tienes que cuidarlos como hizo el Señor Mendoza."

Mirando hacía el otro gaucho, el abogado dijó, "Y tu, a la vez, recibirás los quiniento acres en la parte mas al oeste del rancho. Tambien, tienes que cuidarlos como hizo el Señor Mendoza."

Pausó momentariamente, entonces preguntó, "¿Hay algunos preguntos?" Nadie dijó nada.

Empezando a hablar de nuevo, dijo, mirando directamente a Raul, "Todo lo demas de lo que tenía el Señor Mendoza ya pertenece a ti. Hay miles de acres del rancho mismo, tambien las viñas allá en el estado de Mendoza. Yo tengo unas instrucciones detalladas en mi oficina. Tu vas a pensar que él mismo está mirandole. Los traeré por la mañana."

Raul miraba fijadamente, pero no vió nada. ¿Cómo fue posible? El muchacho de las calles de Nueva York—de prisa era un millionario. Debe sentirse como el hombre con mas suerte de todos hombres en el mundo. Pero, la verdad fue que ahorita, mucho mas preferiera tener el Señor Mendoza aqui en el cuarto con ellos.

Mirando a los otros hombres—y a Doña Helena—fue obvioso que ellos pensaron la misma cosa. Todos tenían lagrimas en sus ojos. Nadie dijo nada, ni una palabra. No fue necesario.

Al fin, habló el abogado de nuevo. El silencio fue casí santo, y el idea de hacer un chiste fue imposible, aunque una sonrisa pasó por su cara.

"Ah, una cosa mas," dijo, mirando directamente a Raul. "Dijo Señor Mendoza que tu tendrás que decidir de donde vas a vivir. No puedes vivir en la hacienda con Doña Helena. Es decir, menos que si te casas."

Todos del grupo rieron bien duro. Si tenian que escoger una sola cosa del Señor Mendoza que le amaba lo mas, fue su buen humor. Ahora, aun despues de su muerte, fue muy evidente. Seguramente, él quiso que no les pongan triste.

"Si te casas," siguió el abogado, "puedes moverse a la hacienda—si Doña Helena es agradable."

La gente afuera en la sala fueron nerviosos y ansiosos. Todos fueron calladitos. Todos tenían su atención bien pegado a la puerta de la oficina. Los ojos se abrieron al oír la risa de adentro.

"¿Qué clase de chiste ha hecho el viejito?" Fue el Embajador Whitfield que habló. Muchas veces él había servido al ranchero muy bien. Le ayudaba juntar su fortuna. No fue justo que no estaba allá en la oficina con los otros. ¡Fue enojadísimo! Pareció como un extranjero. Probablament sabía mas de la propiedad del viejito que todos los demás de la gente allá presente. Jeremy David Whitcomb, embajador de los Estados Unidos al país de Argentina, debe recibir lo que le debía. Por muchos años, el tenía tanto poder; ahora fue sin poder completamente. ¡Fue un sentido muy desconocido, y uno que no le gustaba—ni un poquito!

* * *

La próxima mañana Doña Helena oyó alguien tocando a la puerta. Fue bien tiemprana. Le asustó a ella. Al abrirla, vió al abogado.

"¿Dónde está Raul?" le preguntó sin esperar por un saludo.

"¿Raul?" preguntó Doña Helena con sorpresa. "Usted debe saber, mas que nadie, que no puede estar en la hacienda." Le dió una sonrisa. "Yo supongo que está en la casita, con los otros gauchos. ¡Imagínase! Un millionario, y durmiendo alla, como siempre."

El abogado volvió a sonrierse. "El Señor Mendoza estaría bien contento al saber eso. Dijo que podía poner su confianza en Raul. Dijo que el único hombre en que podía depender que no le echaría a perder de todo su propiedad fue Raul. De veras, dijo que podía imaginarle viviendo en la casita por toda su vida."

"Bueno," admitió Doña Helena, "la verdad es que le invité a venir a la hacienda a desayunarse. La hacienda parece muy vacía esta mañana."

"Si no le importa," siguió el abogado, "le esperaré aquí. Tengo algunas cosas que tengo que discutir con los dos de ustedes."

"Ven a la cocina," le invitaba. "Tendremos café." Esperaba por un momento, y añadió, "Señor Mendoza siempre tomó una taza de café aún antes de desayunarse. Dijo que fue como un oso grande antes de tomar su café. Pero nunca le oí decir ni una palabra en contra de nadie."

La puerta en la cocina abrió, y entró Raul, gritando en voz bien alta, "¿Dónde está mi café?" Dió un golpe bien duro a la mesa. "¡Tu sabes que no puedo hacer nada hasta que he tenido mi café! ¡Traígame mi café, mujer!"

Rió Doña Helena estreptosamente. La imitación que hizo Raul del Señor Mendoza fue casi perfecto.

"¿Bueno?" le preguntaba. "¿Cómo hice?"

"Si tenía mis ojos cerrados, seguro que hubieramos pensado que le resurigió de la muerte."

Sin esperar un momento mas, Doña Helena puso una tasa de café en la mes delante de Raul.

Mirando hacía el abogado, dijo, "Buenos dias, señor. ¿Porqué es que ha llegado a la estancia tan temprano? Yo pensaba que la gente como usted durmió hasta como las siete de la mañana, a lo menos."

El abogado sonrió. "Aprendes muy rapidamente, como me dijo Pancho. Tu hablas tan cínico como me explicó. De veras, yo estoy en mi oficina antes de las siete casi cada dia. Ahora, vamos a discutir lo necesario."

El agaró a una caja grande que estaba a su lado, puesto en el piso. Lo resbaló hacía Raul y le dijo, "Aquí tienes todo. Hay las escrituras para las propiadades que ahora son las tuyas."

Raul respiró con fuerza. Nunca jamás había visto a una escritura, mucho menos sentido una en sus propias manos. ¿Ahora, todas esas le pertenecieron a él?

Por la primera vez en mas que seis años, le permetió a sus pensamientos volver a su mamá. Había puesto a ella bien lejos de su mente. ¿Porqué entró ella a tal tiempo como éste? De prisa, quiso ver a ella. Quería compartir su fortuna con ella. Ella siempre trabajó tan duro para dar a Raul y su morocho lo que necesitabamos durante su niñez. Quería saber, tambien, por la primera vez en muchimos años, de ¿dónde estaba su hermano, y que estaba haciendo?

Volviendo a la vida presente, puso tales pensamientos bien lejos de su mente, decidiendo a olvidar de ellos de nuevo. Fue una parte de sus pensamientos muy incómodo. No quiso vivir allá.

"Bueno," dijo Raul, "puedes guardarlas para mi. Yo imagino que usted hizo todas esas cosas para el Señor Mendoza. ¿No fue así?"

"Sí," le contestó. "Estoy a su órden para lo que quieres, Señor Escobar."¡Señor Escobar! ¡Sonó tan formal! Lo odiaba, pero le dió cuenta que tenía que aceptar un papel nuevo. Bueno, lo había hecho mas antes. Le hizo Raul; le pondría a hacer Señor Escobar. El cambio fue una cosa en que fue un experto.

* * *

Doña Helena oyó a alguien a la puerta de la hacienda. Ella se corrió a ver quien fue.

"¿Está aquí el Señor Escobar?" preguntó un gaucho.

"Sí. Pase adelante," le invitó cariñosamente.

"Le esperaré aquí," le contestó. "Yo tengo algo para el." Signalando atras, mostró a una dozena ovejas.

Raul, oyendoles, vino a la puerta. El abogado le seguió. Fueron lleno de curiosidad.

"A su órden," dijo Raul. "¿En que puedo servirle?"

"No, Señor. Es yo que viene a servir a usted. Yo he oído que usted es el dueño nuevo de la estancia. Deseo dar a mis respectos al Señor Mendoza. Me ayudaba comprar los primeros acres de mi ranchito. He venido a pagar la deudo le debo. Le traigo doce ovejas que puede añadir a las suyas. Buenos dias, Señor Escobar."

Los tres se quedaron, mirando al uno al otro. El hombre salió tan rapidamente, fue casi como desapareció.

"Bueno, Raul, es seguro que tienes las mismas características como Pancho. ¿Sabías que él empezó en la misma manera? Cuando vino aquí de Mendoza, un hombre llegó a la estancia con unas ovejas como un regalo. Seguro que vas a lograr a tener buen éxito, hombre. Buen éxito, de veras."

Los tres volvieron a la cocina. El abogado dijo a Doña Helena, "Yo espero que eres lista a preperar por la fiesta."

"¿Fiesta?" ella gritó. "¿Cúal fiesta? Señor Mendoza se acaba de morir, y ¿usted quiere una fiesta? ¡No puede ser!"

"Lo siento mucho que piensas así," le contestó. "Fue el deseo del Señor Mendoza que tengan una fiesta dentro de una semana despues de su muerte. La razón fue para informar a todo el mundo del dueño nuevo de la estancia. Todos están hablando de que va a suceder con toda la propiedad. Es una parte del testigo. No hay que hacer otra cosa."

Raul frunció el ceño. No le gustaba la publicidad. ¡Ni un poquito! "Pero yo no sé como producir una fiesta. No puede ser."

"No hay problema," dijo Doña Helena. "Yo tengo los nombres de los visitantes de todas las fiestas del pasado. El señor nunca hizo nada menos que asistirlas. Yo siempre hizo todo el trabajo. Puedo hacer lo mismo para ti. Y como siempre, tu ganarás toda la gloria. Ya lo veo," le dijo, su voz lleno del sarcasmo, "Señor Raul Escobar, el nuevo dueño de la estancia del Señor Pancho Mendoza, presente a una gran fiesta en la tradición Mendoza." Rieron bien duro. Sabían que seguramente el Señor Mendoza estaba riendose con ellos. Casí sentieron su presencia en medio de ellos.

VIENE PRONTO

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