Julio Llinás   

Crepúsculo en América (2000)

 

 

L’annonce faite à la ville

 

Desde la cumbre del aire,

suspendido en la barca de los cielos

y viendo arder el mar de la bahía,

sus mórbidas arenas y sus navegaciones,

con la ciudad colosal

entre los labios,

sólo deseo caer desde lo alto,

girando con el tiempo que se va

y el tiempo que retorna.

El estallido solar en la penumbra,

la quemadura natal de la ciudad,

se descomponen en rostros milenarios,

¿habrá algún alma detrás de esas miradas

yertas? ¿habrá algo más que un jergón

para mis huesos? ¿para el amor otro sepulcro?

¿para mis labios otros labios?

Ciudad, ciudad, estoy llegando,

gran Capital del mundo del final,

ciudad, ciudad,

estoy llegando a ti,

¡escucha!

tienes el alma que te infundió el gran viejo

cuando eras cándida aún,

¡delicadamente con la flauta, óyeme!

¡ay si te amara con mi voz y con la voz del Padre,

ciudad, ciudad de picaportes de oro,

estoy llegando a ti,

estoy llegando

a ti!

 

 

 

No llores, América

 

No llores, América, no llores

por la sangre vertida en las esquinas

del Sur, no llores por los hijos

de tus mercenarios, no llores

por tus bombas, tus cohetes, tu napalm,

tus viajes a la luna, tus calles de navaja,

tus dólares amargos, tus negros de precinto

con sus bastones relucientes como krugers

golpeando a sus hermanos de algodón,

no llores por los amos de Wall Street,

su polvo del mejor, sus trajes bien cortados,

sus tiradores de pelo de gacela,

no llores América, no llores,

tu atronadora voz es la más bella

entre los tules del sol,

no llores, dueña del mundo,

amada América, no llores,

irás al cielo cuando mueras,

tienes los ojos azules como Dios.

 

 

 

Telemacus

 

Desde la isla de pájaros de lentes

y corbata de lazo,

la tonta dama francesa de cincuenta metros

gobierna la ciudad de bocadillos de pastrami

y coca cola

en los carteles de Times Square.

Sin vagabundos o putas no hay ciudad,

dice Telemacus Malone, que nutre las palomas

con veneno para ratas.

Ha sobornado a un oficial de policía

Que le permite el juego

y hace la vista gorda ante el rimero

de palomas muertas.

Esto es Nueva York,

fornicador de tu madre,

dice Malone arrobado.

Aquí se puede vivir con poca cosa

y ser feliz con casi nada. Mírame a mí sino,

jodido pálido.

Telemacus murió una madrugada congelado,

cobijado en sus cartones y sus plumas de paloma.

 

 

 

Walt Whitman

 

¡Oh mayordomo

de los campos

de cristal y acero,

jinete de mulatos,

enlazador de niños!

¡Basta de torpes

disfraces y tonadas

para flauta

subiendo y bajando

por los tensores

del puente

como una comadreja

perseguida por Dios!

Fascinante profeta, día del fin,

estás herido de vergüenza

y bien lo sabes;

muchas jornadas se han ido

con la nieve, la vieja nieve negra

de las alcantarillas,

todo lo sabes de tí mismo

y de los otros fantasmas

de las rocosas calles

y de los grandes vientos,

y del marinero

recién degollado.

Eres la América que crece

en el silencio,

gran viejo no viril,

tu larga barba de amores apretados

por efebos sin raza,

la vieja culpa de tu sexo

atravesado por la aguja

que denunció Federico

y la bufanda de tu barba

conquistando el mundo.

 

Money

 

Cuando los dedos del oro apretaban mi garganta

con su invencible vigor como una dulce farsa,

bebiendo margaritas, bladimeris, piscosauers,

y recibiendo caricias de gráciles langostas,

se deslizaba por mis muslos en el Oyster Bar

esa preciosa hoguera de mujeres delgadas

como hierbas

sin bragas ni sostenes ni pechos ni caderas,

vestidas solamente con sus adormideras blancas,

y proyectando sus ansiosas lenguas serpentinas

en los lugares correctos de mis trajes

de dos mil quinientos dólares.

Cuando los dedos del oro apretaban mi garganta,

mis genitales danzaban su Chopin

con una gracia altiva –quiero creerlo-

y las muñecas de nácar y honorarios pagos por los amos

proyectaban

sus ansiosas lenguas serpentinas

más allá de mis trajes de Armani y de Versace,

más allá también de mis deseos,

hurgando entre mis dientes de mil dólares.

Luego pagaban la cuenta con grandes billetes

ocultos en sus ligas, para no ofenderme,

y me llevaban borracho hasta mi suite

con vista al Parque,

me desnudaban con manos liberales

y me bañaban con sus miradas de conejo.

Los amos del pastel decían con astucia

que yo era el tipo más canalla

de la Avenida Madison

y el hombre más feliz del Plaza Hotel.

 

 

 

La chica de Park Avenue

 

 

Caminaba por Park Avenue

con un zapato rojo en una mano

y el otro puesto en un pie;

era una forma pintoresca de cojera

que reservaba

para los barrios elegantes

a las tres de la mañana

en el verano.

En el Hotel Park Lane hay una fiesta

de hombres solos, le había dicho

el portero a su rufián, Rick el Podrido.

Ve allí a las tres,

le había dicho Rick, y haz ese truco

del zapato.

Ella cojeaba

con su zapato rojo en una mano

pensando en deshacerse del Podrido,

para pasar a las huestes

del piojoso Murray, que no era

tan jodido con la mierda.

¿Se te ha roto el tacón?, le pregunté.

Me llaman Dolly la Vaca, dijo ella;

te contaré mi historia: es fascinante,

y tomamos un coche de caballo.

Era una noche de luna,

y en el Central Park bailaba el aire

con su pie descalzo.

 

 

 

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