Julio Llinás   

 

Entrevistas

 

 

ENCUESTA DE LA REVISTA  "LA GUACHA"

 

¿Porqué somos necesarios los poetas?

Los poetas no somos necesarios. Somos cualquier cosa menos necesarios.

 

¿Cuál es el grado de influencia de los poetas en la sociedad actual?

No sé qué es la sociedad actual a esos efectos. Me parece una abstracción inaplicable a una cuestión concreta como la poesía. Detesto esos juegos verbales arbitrarios, esos poemas que no hablan de nada. Si se quiere, soy un reaccionario, aunque no pedestre. La poesía tiene venas y por ellas corre sangre.

Los años me han vuelto intolerante. He llegado a un punto en el que lo he abandonado todo y sólo quiero comprender mi vida, evocar mi infancia, mis mujeres, mis caballos. Mi modesta carrera ya está hecha y por fortuna no soy notorio. Tengo un minúsculo grupo de lectores fervorosos. Supongo que habrá un grupo algo más amplio de lectores indiferentes y otro bastante mayor de no lectores compradores de mis libros para olfatearlos. Lo cierto es que todo eso me tiene bastante sin cuidado.

La poesía es necesaria para mí. La mía y alguna otra también, pero particularmente la mía. Nada puede estar por encima del designio de trascender la existencia. Ciertos poetas rozan áreas de mi vida. Yo, por mi parte, con mayor o menor fortuna literaria, intento navegar por ella. No podría vivir sin escribir poesía. En mi poesía está mi muerte.

 

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ENTREVISTA DEL DIARIO "LA PRENSA"

 

Entre los demás está uno mismo

-Julio Llinás, usted parece vivir retirado en esta casa de barrio (San Telmo). ¿Está conectado con el ambiente literario local?

Muy poco. En general vivo aislado. Amo esta casa y en ella trabajo todo el día. Hago muy pocas salidas. Tengo algunos amigos escritores, pero son muy contados. Estuve hace años en el grupo surrealista, que era muy excluyente, con poetas como Pellegrini, Madariaga, Latorre, Molina. Algunas actitudes de ese grupo llevaron a muchos escritores a que me ubicaran –sin leerme- en filas enemigas. Lo cierto es que no era un grupo complaciente, como tampoco lo era Oliverio Girondo, nuestro gran amigo. Siempre digo lo que pienso y eso resulta insoportable. No suelo hacer "relaciones públicas" con nadie y menos aun con los directores de los suplementos literarios, devotos cultores del "amiguismo", ni ese tácito comercio con los colegas del tipo: si me elogias, te elogio. Algunos me consideran un hombre soberbio y acaso lo sea. Tengo una capacidad extraordinaria para suscitar enconos espontáneos e incomprensibles para mí, aunque acaso ello se deba a que mi obra denuncia a mucha gente ante sí misma. El diario de mayor tiraje del país, hace decenios que no publica una línea sobre mí. El director del suplemento literario de otro importante diario, a quien no conozco y que no me conoce, opina que soy "demasiado soberbio" y, claro está, hace todo lo posible por ignorarme. Ninguno de estos personajes ha dicho nunca que mi obra fuera mala o que yo fuera un mal escritor, pero tal vez a causa de ellos, sea un escritor oculto, poco divulgado, si bien mi agente literaria, Carmen Balcells, es la mejor del mundo. Un hecho que me resulta muy extraño es que ningún crítico ilustrado –de esos que cuando se refieren a mi obra no dejan de mencionar a Proust, "salvando las distancias", claro está, (confieso, hélas!, que no he leído a Proust), que ninguno de ellos –decía- haya percibido que mi obra está presidida por el humor y que, a pesar de las grandes diferencias existenciales que me separan del ignorado y denostado Alfred Jarry (una cosa, sin duda, consecuencia de la otra), conservo de él la influencia patafísica de mi juventud. Más aún, me atrevería a decir que Jarry y Joyce, son los autores que más influencia ha tenido sobre mí.

 

 

 

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