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Rojo carmín, oscuro y bizcoso, su aroma de muerte y locura impregnaba aquel recinto oculto de una fábrica tétricamente abandonada, en las afueras de la ciudad. De su pecho manaba cual torrencial río, cantidad de sangre de un asesino que ahora comprendía no deseaba morir. Hasta hacía dos semanas, daba lo mismo si perdía la vida, pero ahora... cuando por fin había conseguido tener una razón para existir, perdía su vida? Toda su vida parecía girar en una broma macabra, en la cual no tenía ninguna oportunidad de ganar. Y con ello odió aún más su miserable existencia; lágrima tras lágrima de sangre, odio que aumentaba con cada segundo, cada hora, cada día, cada año, así hasta volverse una incontrolable maraja inescrutable que le hacía perder el control en muchas ocaciones, y que casi provocó su ida hacia su mundo interior para nunca más volver. ¿Y qué peor desgracia, a pesar de estar muriéndose, que no poder pedir disculpas y que alguien estuviera a su lado para poder escuchar sus primeros y últimos deseos? Encima, estaba bien oculto en la oscuridad, perdido a su suerte. Al menos el hombre que se encargó de provocarle aquellas heridas mortales no vivió para disfrutar su victoria, yacía a su lado con los ojos fijos en una expresión de terror; por supuesto, saber algo como eso no es un gran consuelo, estar muriendo al lado de un muerto es una propuesta horripilante.

El frío se apoderaba de su cuerpo con suma rapidez, su corazón comenzaba a latir más rápido, buscando una sangre que ya no circulaba por su cuerpo, y descargas de adrenalina le permitieron conocer por primera vez el terror de la idea de morir. Durante mucho tiempo había trabajado como aliado de la muerte, sin compasión blandía su katana en movimientos determinados, evitando cualquier pensamiento en aquellos instantes claves para así no tener remordimientos. En aquellos momentos, en los cuales terminaba con la vida de otro ser humano, ni siquiera podía actuar de juez; conocía todos los pecados del individuo, más no sus virtudes, y era así como había vivido durante demasiados años, ya se había acostumbrado a seguir órdenes sin pensar en las consecuencias, apartando de su mente en los momentos precisos todo lo que sabía de su víctima, viendo en vez del cuerpo de un humano a una marioneta, similares a las que utilizaba cuando jugaba con su hermana.

Su hermana.... qué pasaría con ella? A pesar de que estaba sumida en un coma de por vida, estaba seguro de que una parte de su princesita seguía presente, incluso en aquella impersonal habitación repleta de rosas que él mismo le enviaba cada fin de semana. Estaba seguro de que ella agradecia sus visitas, el aroma de las flores durante las mañanas, el que le contara todas sus penurias inclusive en el silencio. Era tan jóven su hermosa Aya-chan... tan hermosa como pura de corazón, se lo había demostrado cuando aún podía sonreírle con desenvoltura, cuando corría con su falda ondeando al viento, y sus cabellos trenzados volando alrededor de su juvenil rostro... si, la extrañaba como a nadie en el mundo, la amaba incluso más que a sus adorados padres.... si... ¿qué pasaría con ella? ¿quién la visitaría a menudo, trenzándole suavemente el pelo, colocando nuevas rosas rojas en sus jarrones de porcelana?

¿Y qué pasaría con Yohji?

Yohji....

Había aprendido a amar a ése muchacho cassanova en esas dos semanas, cortas pero ardientes... sí que eran ardientes! Tanto aquella presencia juguetona como aquel hermoso cuerpo formado se convirtieron en una droga para él, no podía concebir la idea de mantenerse alejado de aquel cuerpo que olía a escencia marina, a esa risa pícara y melodiosa que hasta aquel momento no había percibido ni podido apreciar, aquellos ojos verdes que significaron tanto para él......

Alzó una de sus manos ensangrentadas, completamente rojas, y la acercó a su cara. Olfateó. Olor a sangre... y a escencia marina. Sonrió debilmente, al menos se llevaría un recuerdo al infinito silencio y soledad. Una lágrima traicionera resbalaba lentamente por su mejilla, dejando un rastro húmedo de limpieza, arrastrando la sangre de su agresor muerto. Tenía el aspecto de un demonio desamparado. Su cuerpo temblaba convulsivamente, ya no le quedaba mucho tiempo, lo presentía; era aquel sentimiento que albergaba en su interior, su mitad demoníaca, que se guiaba más que nada por instinto, y que hacía de su trabajo algo llevadero.

-¡¡¡ABISSINIO!!!- el eco de aquella voz que tanto conocía lo sacó de su ensimismamiento, resonó en sus oídos acostumbrados al silencio como un trueno en medio de una tempestad, y su respiración se agitó aún más, alzó sus brazos hacia el helado cielo estrellado, como si estuviera enviando una señal que llegaría a ser captada por su amante que lo estaba buscando en medio de las penumbras. -MALDICIÓN ABISSINIO, DÓNDE DIABLOS ESTÁS!!!!-.

- aquí estoy...- débil murmurllo- aquí estoy, Yohji...- débil- aquí estoy, Yohji!-

-ABISSINIO!!!-

-Yohji... aquí estoy...-.

Si tan sólo pudiera alcanzar la katana, que estaba a unos miserables centímetro de mi mano, lograría reflejar la luz de aquel farol, la luz de la luna, de cualquier cosa, y guiarlo hacia mí.... Yohji.... aquí estoy.... aquí estoy.... ven por mí.... ven hacia mí como lo hiciste antes... ven y escúchame por última vez y déjame morir feliz entre tus brazos... aquí estoy... aquí estoy.... Yohji....

-¡¡¡YOHJI~~!!!- casi todas sus fuerzas se perdieron en aquel grito desesperado. Al menos quería ver el rostro de su primer y único amor, aunque sea cubierto de lágrimas, cubierto de dolor, de ira, lo que fuera. Quería verlo, quería sentir su voz cerca, su aroma, su calor... ese calor que había derretido su hielo.

-ABISSINIO!- los pasos se acercaban cada vez más, eran más rápidos si es que eso se podía. Aya podía imaginar el rostro de su amante, su frente algo fruncida por la preocupación, su mirada verde demostrando algo de temor, algunas gotas de sudor empapando su delicado rostro, sus piernas llevándolo hacia él lo más rápido que podían. En dos semanas comprendió, entendió cómo era Yohji en realidad. No ese hombre superficial que todos veían, completamente dedicado a las mujeres de cualquier edad, no era aquella delicada mariposa que sólo vivía para posarse en la más bella de las flores. Tras ese manto de egocentrismo se concentraba un alma solitaria, en busca de alguien que lograra llenar aquel espacio vacío que ambos compartían, un espacio en el interior del corazón que sólo podía ser llenado con amor; era una delicada mariposa que se posaba en las flores y apreciaba la textura y el color, el aroma, el sabor. Había descubierto su alma gemela disfrazado de azúcar y sonrisas. Eran lo mismo.

Después de dos noches, en la que se abrió hacia Yohji y le contó la verdad en aquel inolvidable techo añejo, después de haber hecho el amor con Yohji tras 'la cazería diaria' hasta el amanecer, y cuando él por fin había aprendido a confiar, le contó toda la verdad. Su queridísima mariposa negra siempre temió quedarse solo, ser abandonado como sucedió en su niñez, no conseguir ser amado por nadie, ser despreciado a pesar de su rostro bonito. Aprendió a valerse solo desde muy pequeño, aprendió a usar su encanto para su beneficio, aprendió a sonreír y dejar las lágrimas como algo del pasado. Se veía tan pensativo bajo la luz de la luna, en su cuarto helado y desprovisto de cualquier cosa ornamental, con sus cabellos desordenados ocultándo parte de su cara, los dos recostados en la cama, cubiertos solamente con una sábana blanca, mientras las cortinas se mecían suavemente con una briza cálida. Ah, ya no había frío en su habitación desde que la compartía con Yohji, causante de varias sonrisas en los días, risas descontroladas en las noches.

***Aya Flash Back Mode***

"-¿Sabes una cosa, Ran-chan?- él era el único que conocía su verdadero nombre, y el único que vivía para llamarlo con tanta familiaridad todos los días, sin que nadie se enterase, claro.- Cuando murió Asuka, cuando no sabía qué hacer... tienes idea de cuánto odié a aquellos tipos que la mataron, que casi me mataron? Oh, si, no sólo tú conoces lo que es sentir un odio de semejante magnitud, yo también he aborrecido en mi vida, de una manera que no puedes imaginar... pero sí comprender.-

Cada vez que hablaba de aquellas cosas su Yohji se veía como un hombre íntegro, sereno, inclusive sabio. Era aquella faceta que solo le mostraba a él durante las noches, y por ello le consolaba acariciando su tersa espalda lentamente, o jugueteaba con su sedoso cabello indomable, susurrándole cosas bellas.

-También debes saber que fue por ella que intento salvar a cualquier mujer en aprietos...- ahí sonrió, clavó su mirada verde que brillaba en la habitación cual esmeralda al rayo de la luna, rogaba por comprensión, era pena mezclado con melancolía.- Es por eso que estoy siempre rodeado de mujeres, para poder olvidar aunque sea por momentos...-.

El le había regalado en aquella ocación una sonrisa cargada de sentimiento.

-Eres un pequeño!- le dijo, antes de que la expresión de Yohji cambiara radicalmente, dando paso a aquel dios sensual que había sido capaz de capturarlo.

*** Fin del Aya Flash Back Mode***

Una sombra cubierta por un largo saco negro se encontraba ya frente a él. Su silueta era tan perfecta, irradiaba una fuerza y confianza que deseó poseer siempre, aunque sólo dos semanas atrás se había dado cuenta de eso.

-¡¡RAN!!- fue un grito cargado de pánico. Ni siquiera había muerto el sonido cuando Yohji se encontraba arrodillado a su lado, observando con impotencia como su adorado Aya moría. Estaba más pálido de lo normal, su respiración era apenas perceptible, estaba helado... estaba muriendo.

-Te.... est-taba...- el rostro de Aya se contraía por el dolor, como si cada vez que pronunciaba alguna palabra, cada vez que un sonido escapaba de su boca, le causara tremendo daño... como si decir algo acelerara su muerte.

-Ssshh- Yohji gentilmente le colocó un dedo enguantado en los pálidos labios de Ran.-No hables, iré por ayuda...-

-¡No!- la mano ensangrentada se aferró insistentemente en el brazo de su amante.- No te... irás... hasta que ha--ya... terminado de ha--blar...-.

Desconcierto.

-¿Hablar? Ran-kun, morirás si no voy por ayuda ahora!- parecía desesperado, no quería perderlo ahora que se había aferrado tanto a él. Aya fue el único que lo comprendió verdaderamente, a quien le había contado sus secretos más intimos, a quien se había entregado completamente y sin miedos.

-Moriré cuando no... estés...-. Sonrisa valiente, caricia suave. Yohji asintió con la cabeza, lágrimas formándose en sus tiernos ojos; jamás en su vida había imaginado siquiera ver a su Aya en ése estado, tan desamparado, pálido, sereno, sonriente. Jamás había imaginado siquiera que Aya, el jefe del grupo WeiB, el que nunca perdía, qie lograba siempre sus objetivos, moriría. Jamás. Y ahora verlo en aquel estado, era una puñalada directo al corazón. No existía más aquel helado Aya, aquel suficiente hombre detestable, arrogante. Con suavidad, como si el pelirrojo se tratara de una delicada mujercita, lo abrazó con dulzura, aquella cabeza roja de sangre y cabellos, de lágrimas, de dolor. Colocó esa cabeza tierna junto a su pecho, intentado dar calor a aquel cuerpo helado y trémulo. Lo meció con la ternura de una madre y amante, sus cabellos pardos cayéndole con suavidad, sus lágrimas cayendo con suavidad, su aliento, su consuelo. Aya se aferró levemente a aquel cuerpo que le protegía, adoró aún más a Yohji. Lo amaba.

-Te... a...mo...-. Pequeño susurró que no fue escuchado, labios que se partieron imperceptiblemente. Fue simplemente aliento expirado con suavidad, intentando formar sentimientos. Hacía cada vez más frío a pesar del calor de Yohji, tenía cada vez más miedo. No quería morir así, en la oscuridad.- Te... amo!-

La luz de la verdad.

Los ojos de Balines se agrandaron de una manera impresionante por la sorpresa, el helado Aya, asesino perfecto de helada actitud, diciendo un 'te amo' con tanto sentimiento? No, eso no era verdad, había otro Aya, el Ran que había logrado conocer, el que yacía en el suelo con expresión de dolor y miedo, el que se aferraba a él como la balsa que pretendió ser desde un principio. Aunque, en realidad, los dos se sostenían entre sí para llevar a delante sus vidas, no caer nuevamente en la locura. Si, había comenzado a amar a ese muchacho, y fue Ran quien lo dijo primero.

-Gra...cias por tod...o- continuó, lágrimas cual el torrente de sangre manaban de sus amatistas tibias, enjuagando la sangre y el miedo. Había calor. Había compañía... estaba Yohji a su lado.- Cuí... dala en mi ausencia, por favor?-.

No necesitó ser aclarado, Ran le había contado muchas veces la historia de su hermana, la verdadera Aya-chan, la única que merecía los cuidados de una reina. La que recibía decenas de rosas todas las semanas, la que era partícipe de las verdaderas confesiones. El le había prometido cuidarla en caso de que Ran no pudiera, pero no creyó que ese día llegaría tan pronto.

Con cuidado, besó los párpados de Ran. Fue bajando el trayecto de pequeños besos hasta llegar a aquella boca roja, deseable, y fue testigo de aquel último aliento........

Con un odio que amenaba a quebrarle la poca cordura que aún conservaba, se puso de pie. Sus ojos verdes brillaron de furia, por un momento se convirtió en la fiera encerrada dentro de su ser, que había encerrado con esa actitud casi femenina, ocultando su verdadera naturaleza de asesino, de verdugo. La misión había concluído formalmente, pero no quería dejar ningún vestigio de aquel recinto de matones, de hombres que se encargaban de volver la vida de unos cuantos infelices un infierno. Esas personas por la cual Ran perdió la vida, y con ella se murió una parte suya. Ya no quedaba nada, nada de verdad. La realidad que le había golpeado tan duro, tantas veces en la vida, había asestado su golpe de gracia. Pero... había hecho una promesa, había prometido que la cuidaría. Y en ése pacto no contaban los sentimientos personales, así quedaban fuera todo odio, rencor, tristesa o miedo al futuro. Nada. Ella sería feliz en su eterno descanso, y él se encargaría de cuidarla hasta que sea el momento.

Las explosiones provocaron un temblor repentino en medio de la noche, un terremoto a una escala ínfima, un estremecimiento que denotaba el poder del odio. La fábrica se había convertido en humo y fuego, que lamía cualquier superficie, quemaba, ahogaba entre el calor y el pánico. Inclusive los inocentes pagarían, sufrirían por un hombre extremadamente amado que había sufrido tanto como el mismo Cristo, derramarían lágrimas de sangre y dolor, gritarían de pánico, de terror. Saldrían con quemaduras de tercer grado, provocarían más dolor al morir entre nubes negras, asfixiantes. Y un hombre se haría cargo de ello.

Y en medio de aquella noche agitada, donde los bomberos trabajaban asiduamente para apagar aquellas lenguas escarlatas y brillantes, un hombre que había comenzado con todo ése infierno, salía por una puerta trasera que se caía a pedazos. Lágrimas, odios, sus manos temblaban. Sus compañeros de trabajo lo habían dejado solo, luego de enterarse de la muerte de un verdadero compañero. Aquel desquite había sido fenomenal. Las explosiones continuaban, aún habían sitios donde se depositaban municiones cargadas de pólvora, químicos ocultos e ilegales, combustibles altamente explosivos. Bombas, armas... maldito lugar.

Verde esmeralda que iluminaste la oscuridad, que se opacó por la pena... lágrimas brillantes que escapaban, robándose la vida.... El viento asotaba sus cabellos cubiertos de cenizas, su larga gabardina negra, rasgada en muchos lados, volaba como en los viejos tiempos....

***

El esqueleto de la fábrica donde se hospedaban cabrones de primera clase era simplemente un mero recordatorio, sería una noticia que viajaría de boca en boca, siendo deformada por el tiempo, pero que mantendría la escencia. Porque no es la nada lo que desencadena semejante destrucción, y muchos crearán hipótesis, se mentirán, dirán que habría sido una falla técnica, un corticircuito quizá. Los más poetas imaginarían que era una especie de venganza, una que perduraría por siempre, a pesar de que en algún momento se tiren abajo aquellos restos y se construyan nuevas cosas... todo siempre perdura, hay vestigios, hay huellas....

¿Quién lo imaginaría? Los poetas, los escritores, los que no saben mas que de maravillas y cuentos de amor, totalmente despreciados por los científicos que buscan la verdad absoluta, eran los que más cerca de las verdaderas causas estaban. Porque había amor por entre medio.

Pétalos de rosas blancas surcaban el cielo negro envuelto en gritos y miseria......